Accidente de tren en Adamuz (Córdoba)
España entera se encuentra conmocionada desde que, en la noche de ayer, domingo 18 de enero, tuviera lugar un grave accidente ferroviario a la altura de Adamuz (Córdoba). El mismo se produjo tras descarrilar un tren Iryo, de alta velocidad, y chocar con un Alvia. Un accidente que derivó en una grave tragedia, que por ahora ha dejado 39 víctimas mortales y 73 heridos, 24 de ellos en estado grave.
En estas duras horas, Vida Nueva ha podido contactar con una de las supervivientes, Sara Marín. Aún claramente conmocionada (“no proceso lo que ha pasado”), siente un profundo dolor en el alma: “Era como una guerra… El olor a sangre… La garganta llena de polvo…
La angustia”.
Ella, junto a su marido, Nico, iba “sentada en el tercer vagón, en el asiento 20B”. Nadie podría suponer en ese momento que, al poco, se verían abocados a la peor experiencia de su vida. “Nunca me hubiera imaginado eso”, insiste. Pero lo cierto es que, echando la mirada atrás, reconoce que “es verdad que el tren se movía un montón… Vamos, temblaba”.
Su asiento iba “a contramarcha, con mi espalda pegando a la cafetería. Entonces, empecé a marearme porque iba al revés y se lo dije a Nico. Una chica que estaba sentada frente a mí me ofreció un Ibuprofeno, lo que le agradecí mucho. Me levanté y me fui a la cafetería, que estaba a un metro de mí. Le pedimos una botella de agua a los camareros que estaban allí y les pregunté que cómo podían trabajar así, con ese con ese movimiento del tren. Los dos, de broma, me dijeron: ‘Vamos a echar ya los papeles para que nos echen ya’”.
Al volver al vagón, “vimos que había dos asientos libres que no iban a contramarcha. Y le pedí a Nico que nos sentáramos allí, al menos hasta que llegáramos a Córdoba y viéramos si entraba gente a esos sitios. Al cambiarnos, el padre de la mujer que me dio el Ibuprofeno me pidió permiso y se colocó donde yo estaba sentada hasta hace un momento, frente a ella”.
De repente, “entraron dos hombres y, estando de pie, se dirigieron a un chico que estaba sentado justo delante de mí. Por lo visto, eran profesores de una escuela de oposiciones. Al fijarme en uno de ellos, pensé que era el tío de una amiga mía. Justo en lo que le estaba escribiendo y le decía que le iba a mandar una foto de su tío… chocamos”.
Ahí, la escena se acelera y a ella misma, muy emocionada, le cuesta describir lo que pasó: “Lo siguiente que recuerdo es a mi marido dándose un gran golpe contra el techo. Tras un gran ruido, todo se quedó oscuro. Yo le llamaba: ‘Nico, Nico, Nico… Nico, por favor, respóndeme. Nico, Nico’. Y no me respondía. Creía que estaba muerto y entonces yo pensé que me quería morir… El vagón se llenó de hierro y había humo. Tragamos mucha arena o polvo, no sé qué era. Y olía mucho a sangre… Empecé otra vez a gritar: ‘¡Nico, Nico, por favor, Nico!’”.
Poco a poco, “fui gateando, pese a tener una herida fuerte en la rodilla. Hasta que al fin llegué donde estaba mi marido. Nada más verle, me dijo: ‘Estoy aquí, estoy aquí’. Quité unos barrotes de hierro, o una maleta, no lo sé, y le vi. Le toqué la cabeza para saber si tenía algún corte o algún agujero, algo, y no tenía nada. Y él me tocó a mí y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, salvo la pierna, que me dolía mucho. Me tocó y vio que tengo tengo un hematoma bastante grande, pero no la tenía rota”.
Lo siguiente que Marín recuerda es “ver un móvil en el suelo y cogerlo para llamar al 112, pues seguía pensando que no estábamos a salvo, ya que se escuchaban como golpes y hierro. No sabía incluso si había sido un atentado… Al cogerlo, les dije: ‘Estamos en un tren y hemos tenido un accidente. Mandad a alguien, que hay mucha gente herida’. Ellos me respondieron que teníamos que hacer contrapeso. El vagón estaba doblado, como para caerse para el otro lado. También nos dijeron que teníamos que romper los cristales y salir, pues el tren podía empezar a arder”.
Pero era difícil, pues “había mucha gente. Al hombre que se sentó a mi lado le había caído algo en la cabeza y la tenía completamente rota. Echaba mucha sangre por la nariz y, aunque no lo sé porque no se veía bien, tenía una especie de palo clavado en las costillas. Era un hombre mayor y le pregunté si estaba bien. Me dijo que no, pero solo quería que ayudara a su hija, que estaba justo enfrente de él y que estaba en el suelo. Tenía la pierna rota en dos, pero era corpulenta y yo no podía cogerla sola”.
Su marido, en ese momento, “estaba rompiendo el cristal con un martillo, pero no terminaba de romperse y entonces se puso a darle puñetazos con los nudillos. Gritaba ‘tenemos que irnos, tenemos que irnos’, pero a mí me angustiaba dejar a la gente allí sola. Había mucha gente herida y teníamos que ayudar. Por lo menos, pude hacerlo con la mujer, a la que levanté. Cuando, finalmente, rompimos el cristal, cogimos móviles para poner la linterna. Fue ahí cuando vimos que había un montón de cuerpos en el arcén, en la vía”.
La mujer a la que había ayudado rogaba: “Por favor, mi cuñada”. Y es que “sus cuñados habían estado en la cafetería… Pero la cafetería no estaba. No había cafetería, solo era hierro, todo hierro. No había nada. Yo preguntaba: ‘¿Hay alguien ahí, alguien ahí?’. Y nadie contestaba. Después vi que la cafetería tampoco estaba en la vía. Pero es que no lo sé… Era como que no era un tren; era una cosa rara”.
Ahí ya “entré en una crisis de pánico y me hice pis encima, pero me di cuenta luego, cuando llegamos al polideportivo donde nos pusieron a todos. En ese momento, solo pensaba en que no me quería morir y en que me angustiaba no poder ayudar a la gente. Me aterrorizaba salir del vagón y dejar ya a esa gente ahí, a los que estaban heridos. Y mi marido me decía: ‘Tienes que pensar en ti. Escúchame, tienes que pensar en ti. Mírame, mírame, mírame. Tenemos que salir, tenemos que salir’”.
Cuando quisieron saltar por la ventana, vieron que no podían, “pues estaba muy alto; era por lo menos cuatro metros. Mi marido no tenía zapatos y a mí me dolía mucho la pierna”. Al final, “alguien, por detrás, vio que había un hueco y pudimos salir por ahí”. Cuando fue a ver al hombre y le habló, “este ya no me contestaba. Estaba con la cabeza ya totalmente para adelante. Lo miré, lo toqué y le puse un abrigo por encima porque su ventana estaba reventada y entraba mucho frío”.
Tras lograr salir, “nos tuvimos que poner en la vía, pero alejados porque el tren podía volcar. Había allí una familia: una abuela, un chaval de veintipocos años y dos niñas con dos peluches. Estaban rezando”.
Presa de la crisis de pánico y del frío, “temblaba mucho. Como no tenía abrigo, Nico cogió uno. Había un montón de ropa tirada por el suelo… Me lo puse y la abuela me dio una pastilla y me dijo: ‘Mírame, mírame, estamos vivos. Tenemos que dar gracias, tenemos que dar gracias’”.
Lo siguiente fue “andar durante unos 45 minutos, guiados por un hombre de Protección Civil que iba con una linterna”. Hasta que llegaron a la estación: “Había mucha gente. Muchos estaban llorando, con brechas en la cabeza o heridas en el brazo, la mano o el pie, pero estaban bien”. Como “ya no había autobuses, nos llevaron a un polideportivo. Ahí me miraron la costilla, porque tengo un hematoma, y ya me trajeron al hospital”.
Veinticuatro horas después, Martín, que se declara “creyente, pero no en la Iglesia católica”, interpreta desde una perspectiva espiritual que hoy estén con vida: “Creo que mi suegro, ya fallecido, nos guio. Sé que nuestro camino no acababa ahí. No sé por qué nosotros, pero nuestro ángel de la guarda nos guio y nos protegió. Viendo cómo quedó mi vagón, era imposible salir ilesos… Pero salimos”.