El poeta, crítico y teólogo inglés, Matthew Arnold, señaló que la literatura y la cultura eran el antídoto contra la barbarie y el mecanismo principal para alcanzar la perfección humana. En este sentido, puso mayor peso en el valor de los clásicos para tal fin, dado que ellos son dulzura y luz que elevan nuestra naturaleza humana por encima de nuestros instintos animales.
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En El canon occidental, Harold Bloom sostiene que ciertas obras literarias poseen una fuerza estética capaz de expandir la conciencia individual, pues nos otorgan más y mejor vida. Me recuerda, por supuesto, al poeta inglés Percy Shelley, quien concluyó que «los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo».
Para muchos poetas, críticos y estudiosos, como podemos notar, los escritores son quienes moldean la ética y la estructura espiritual de la humanidad hacia un estado superior. No sabría si compartir plenamente tal afirmación, ya que podemos acceder a listas de nombres de novelistas y poetas que no tuvieron ningún reparo en pactar con espíritus muy oscuros tratando de hallar el cumplimiento de una utopía social. Lo que sí me gustaría reconocer es que, en el acervo histórico de la literatura universal, existen ejemplos claros de obras que, no solo fundaron el testimonio literario humano, sino que se buscó alcanzar una plenitud ética que ayudara a la feliz convivencia entre los hombres.
Ecos de virtudes ancestrales
En cierta medida, la literatura nos muestra cómo el ser humano ha intentado, a veces con poco éxito, domesticar sus instintos. Cuando nos adentramos en las densas páginas de muchas obras fundacionales del discurso literario, nos damos cuenta de que no son meros relatos poéticos, mitológicos o simples listas de reglas, sino mapas éticos que convergen en un propósito común: establecer el orden frente al caos y definir qué significa ser un buen hombre dentro de la sociedad y el cosmos. Obras fundacionales como la Epopeya de Gilgamesh, las Instrucciones de Shuruppak (Mesopotamia), las Máximas de Ptahhotep (Egipto) y el Ramayana (India) son claros ejemplos de ello.
Dice Samuel Noah Kramer que, si hemos de creer las crónicas sumerias, ellos apreciaban mucho la bondad y la verdad, la ley y el orden, la justicia y la libertad, la rectitud y la piedad y la compasión. Obras como Instrucciones de Shuruppak y la epopeya de Gilgamesh parecen dejar constancia al recomendar la prudencia, el respeto al otro, la responsabilidad, señalando, por ejemplo, que el buen rey o líder es aquel que acepta sus límites y protege a su pueblo, dejando un legado de obras en lugar de destrucción física y moral. En ambas obras, se estimula a evitar el conflicto y apostar siempre por la cohesión comunitaria como camino expedito para la supervivencia social.
Silencio, armonía y deber
Mientras Mesopotamia luchaba contra un entorno hostil, Egipto escudriñaba en su universo simbólico para reflejar la armonía eterna de sus ciclos naturales. Las Máximas de Ptahhotep son el compendio de este pensamiento. La ética no es desnudada solo en el ámbito social, sino cósmico. Abren a nuestros ojos el concepto de la Ma’at, que representa la verdad, la justicia y el orden cósmico, y que el hombre moral es aquel que se sintoniza con este orden. Nos presenta como modelo al hombre que sabe escuchar y controlar sus impulsos. Señalando que la verborrea es caos, mientras el silencio reflexivo es orden.
El Ramayana, por su parte, introduce una complejidad ética rigurosa a través del concepto del dharma, que representa el deber y la rectitud. Postula el sacrificio del yo por un bien mayor. Rama, protagonista de la obra, acepta el exilio sin protestar para honrar la palabra de su padre. Por otro lado, apunta a una confección del rol social que despierta mucho interés: cada personaje debe cumplir su papel a la perfección para mantener el equilibrio del mundo. El mal, encarnado en Ravana, se presenta como rostro del egoísmo y la violación de los límites sagrados. Estas obras son una muestra muy clara de que la verdadera civilización no se construye con ladrillos, sino con la capacidad del individuo de refrenar sus deseos en favor del bien común, la justicia y la verdad. Nos muestran que el desarrollo y el progreso sin transformación interior realmente no conducen a nada. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela