Tribuna

Una brújula en la tormenta

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Recientemente entré a mi biblioteca con la intención de poner un poco de orden. Aunque siempre lo hago con la mayor disposición, a menudo ocurre que me tropiezo con algún libro que comienzo a hojear, luego me quedo enganchado y dejo la ordenación para otro día. En esta oportunidad, el libro que me saltó al paso fue Máxima de Perfección Cristiana de Antonio Rosmini.



Un librito tan pequeño que alcanza a esconder muy bien toda la profundidad de sus páginas. Siempre que nos encontramos, suelo quedarme en la misma máxima, la cuarta, es decir: Abandonarse totalmente a sí mismo en la divina Providencia.

Me gustaría mencionar, creo que no se ha hecho lo suficiente, que Antonio Rosmini no fue solo un filósofo de una profundidad abismal; fue, ante todo, un hombre que buscó la santidad en la coherencia entre el pensamiento y la acción. Aparece, según la Enciclopedia Católica, como fundador de una obra religiosa y también como pensador cuya influencia intelectual se extendió con fuerza, pero que no estuvo exento de controversias.

Las controversias recayeron, fundamentalmente, en su pensamiento reflejado en alguno de sus libros. Este pensamiento suscitó largas discusiones y debates en el seno de la Iglesia que culminaron en condenas y decretos que afectaron la recepción de parte de sus obras.

Abandonarse totalmente a sí mismo en la divina Providencia

Un modo clásico de comprender la Providencia, en la tradición espiritual católica, es verla como la acción de Dios que abarca los momentos, incluso cuando no se ve su lógica. Jean-Pierre de Caussade formula que solo la paz llega cuando se somete uno a los decretos de la Providencia, y afirma que en la vida habría que evitar «anxiedades, decepciones y presagios» si uno adoptara esa actitud razonable y cristiana.

Para el beato Antonio Rosmini, el abandono a la Providencia no es una resignación perezosa ni un fatalismo espiritual. No es decir que pase lo que tenga que pasar mientras nos cruzamos de brazos. No se trata de eso, sino de, paradójicamente, un estado de máxima alerta y disponibilidad.

Rosmini, siguiendo un poco la huella de san Ignacio de Loyola, advierte que la anatomía del abandono comienza a gestarse en las tres máximas anteriores: desear única e infinitamente agradar a Dios, orientar todos los propios pensamientos y acciones al incremento y a la gloria de la Iglesia de Jesucristo, y mantenerse en una tranquilidad absoluta sobre todo lo que sucede por disposición divina.

El abandono rosminiano se fundamenta en la indiferencia santa, al modo expuesto por san Ignacio. Lo cual no significa que nada nos importe, sino, más bien, que nada nos perturbe tanto como para alejarnos de la paz de Dios. Rosmini explica que la Providencia es el hilo conductor de la historia; nosotros solo vemos un nudo en el reverso del tapiz, pero Dios está tejiendo la imagen completa. El acto de abandonarse es el acto de confiar en que el Tejedor sabe lo que hace, incluso cuando el hilo parece enredado.

Orar

Abandonarse en esta era líquida

Zygmunt Bauman definió nuestra era como líquida. Una sociedad donde las estructuras sólidas se han disuelto, donde nada es permanente y la incertidumbre es la única constante. Muchas cosas cambian rápido, se vuelven reversibles, se percibe la mente obligada a estar siempre actualizada, y el corazón se acostumbra a vivir en una especie de provisionalidad perpetua.

En este escenario, el consejo de Rosmini de abandonarse parece, a primera vista, una locura. Sin embargo, como él mismo lo señala: «Tal vez no haya otra máxima que contribuya más que ésta a obtener la paz del corazón y la constante serenidad propia de la vida del cristiano».

Frente a la ansiedad por el futuro, descansar en la confianza en que el hoy contiene la gracia necesaria. Frente al afán y necesidad de control, reconocer que somos instrumentos, no directores de orquesta. Frente a la pavorosa fragilidad de los vínculos, ver a los demás como parte del diseño de Dios para nosotros. Llevar esto a la vida diaria no significa evadir el dolor y el sufrimiento, sino entender que nada es accidental.

Si perdemos un empleo, si una relación se rompe o si un proyecto fracasa, Rosmini recomienda no desesperar. Se pregunta: «Señor, ¿qué me estás diciendo a través de este evento?». El abandono nos libera del peso insoportable de creer que el mundo descansa sobre nuestros hombros. Nos permite caminar ligeros, sabiendo que, aunque el escenario sea líquido y cambiante, la roca sobre la que estamos parados —la voluntad de Dios— es inamovible. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela