Ralph Waldo Emerson es uno de los pensadores más importantes del siglo XX y líder de la corriente trascendentalista. Escribió un poema llamado Agua en el cual resalta cómo el agua puede ser tanto una fuente de vida como un agente de destrucción. En los primeros versos se la describe como algo bello y refrescante, que “empapa mi pie, pero con belleza” y “refresca mi vida, pero con ingenio”. Esto subraya su capacidad para embellecer y revitalizar, mostrando una interacción armoniosa con la humanidad. Sin embargo, en el primer verso señala que “el agua entiende bien a la civilización”.
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Los versos de Emerson nos ayudan a contemplar la naturaleza, en particular el agua, como una fuerza con inteligencia propia. Nos sensibiliza ante la idea de que el agua entiende la civilización, sugiriendo que la naturaleza observa el progreso humano, pero, al mismo tiempo, que acompaña desde su silencio todo el proceso histórico humano. En los versos del poema, Emerson delinea una especie de ética del uso. El agua tiene la capacidad de “adornar y duplicar la alegría” si se integra con respeto y armonía, pero posee una fuerza destructiva natural si se maltrata. Versos que me ponen en sintonía con la solicitud que el Papa León XIV para nuestras oraciones en septiembre.
Por una gestión justa y sostenible del agua
En su agenda de intenciones de oración para 2026, el Santo Padre ha dedicado específicamente el mes de septiembre a la gestión justa del agua como un recurso vital y compartido. En el marco del Día Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación (1 de septiembre) y el Tiempo de la Creación (1 de septiembre al 4 de octubre), León XIV nos invita a vivir ese tiempo como peregrinos de la esperanza, donde la oración va unida a decisiones y acciones concretas. Ha subrayado que la destrucción de la naturaleza y las injusticias afectan primero a los pobres y excluidos, y señala explícitamente los conflictos por fuentes de agua y la distribución desigual de recursos como heridas producidas por el pecado. Por eso, el mes de septiembre funciona como una llamada a pedir a Dios un corazón nuevo y a buscar justicia.
León XIV ha sido muy insistente en dinamizar el espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia en la realidad que vivimos y, como sabemos, ella parte del principio de la dignidad de la persona. En tal sentido, el derecho al agua se funda justamente en la dignidad del ser humano, no en valoraciones meramente cuantitativas o mercantiles. Por eso, la Iglesia insiste en que el agua segura para beber es un derecho universal e inalienable. Por otro lado, el Compendio de la Doctrina Social enseña el principio de la destinación universal de los bienes aplicado al agua; como don de Dios y elemento vital esencial para la supervivencia, el acceso debe guiarse por las necesidades de todos, especialmente de los que viven en pobreza, porque la falta de agua segura causa enfermedad, sufrimiento, conflictos, pobreza e incluso muerte.
Recordando a Francisco
En Laudato si, el papa Francisco advirtió que, aunque el agua disponible disminuya en calidad, crece la tentación de privatizarla convirtiéndola en una mercancía sujeta a leyes de mercado. Contra eso, afirma con claridad que el acceso al agua potable segura es un derecho humano básico, condición para otros derechos, y que el mundo tiene una deuda social con los pobres que carecen de ella. Continuando esa línea, León XIV vincula la gestión del recurso con la paz: sin el respeto debido a la creación y a la vida, la paz se debilita. El texto de Laudato si señala que incluso donde hay abundancia, el agua se desperdicia; y esto es parte de un problema educativo y cultural, es decir, una falta de conciencia sobre la gravedad de comportamientos en contextos de gran desigualdad. Por eso, la Iglesia no separa la oración de la conversión del corazón y de los hábitos.
En Laudato si se entiende el respeto por el agua como parte de una nobleza cotidiana. Una nobleza que Emerson desnuda en su poema al advertir y recordarnos el acompañamiento del agua en la historia humana. En tal sentido, nos invita a cuidar la creación con acciones pequeñas diarias. Y la encarnación de esa educación se ve en hábitos concretos y muy puntuales como reducir el consumo de agua, evitar el desperdicio y vivir con sobriedad, porque esos actos expresan convicciones y actitudes que realmente protegen el ambiente. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris
