Comenta Max Picard que el vivo resplandor que rodea la verdad es la belleza. Un resplandor que anuncia el deseo de la verdad de extenderse por todas partes como corresponde a todo resplandor. El resplandor de la belleza prepara con discreción el camino de la verdad; señala, es su guía. Este resplandor de la belleza acude a nuestros sentidos en el corazón del silencio.
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De allí proviene, puesto que en la caricia del silencio el hombre se ubica nuevamente frente al origen de las cosas. Nada hay detrás del silencio, señala Picard, salvo el propio aliento del Creador mismo. Un poco, debo suponer, siguiendo a Heidegger, quien intuía al silencio como una forma superior de atención. ¿Atención amante? Esa atención tan particular según la cual el silencio es desnudado como el único lugar donde lo místico se manifiesta sin ser corrompido.
La belleza de una costura cuidadosa en una camisa, escribe Rumi, es la paciencia que contiene. Cada elemento de la creación es un vestigium Dei, o huella de Dios. El silencio permite al observador dejar de ver una cosa (un árbol, una piedra, un lobo) para empezar a ver un hermano, así como acontece en la florecilla del lobo de Gubbio.
La paciencia del silencio teje las condiciones para que la verdad se transforme en el andamio de la palabra y esta pueda expresar un ser, una totalidad. La palabra tiene en sí misma tanto de ser que hasta lo crea. La paciencia del silencio ilumina al resplandor de la verdad, puesto que aleja al hombre de los ruidos exteriores que distorsionan la realidad para que veamos, incluso, el mal en el propio bien.
La belleza en lo pequeño
Una de las características de la mística medieval era buscar a Dios huyendo del mundo. San Francisco de Asís muestra otro camino que derivó de su experiencia con el silencio y la búsqueda de la verdad. Va a proponer un nuevo camino a partir de su relación con todas las criaturas, puesto que pareció comprender a la creación como un espejo de la bondad divina.
La humildad será, en este caso, el vehículo que le permitirá adentrarse en esta nueva dinámica existencial: haciéndose pequeño y silencioso, el hombre renuncia a su pretensión de dominio sobre la realidad. Solo desde la humildad de quien no quiere poseer, la belleza se revela en su estado más puro. Humildad que reconoce que somos criaturas contingentes, frágiles y capaces de error, pero aún así, amados por Dios y habitados por Él.
Sobre estas cosas nos adelanta mucho san Buenaventura en su ‘Itinerario de la mente a Dios’. En sus páginas intenta explicar que la ascensión hacia lo absoluto empieza por una observación sensible del mundo, producto del silencio del espíritu, que, en definitiva, es lo que parece permitir que el hombre no se quede en la superficie de las formas. Plotino, de alguna manera, ya había dado pasos al respecto sosteniendo que la belleza física es solo un reflejo; la belleza verdadera es silenciosa porque es espiritual y trasciende la forma.
Andar en verdad
“La humildad es andar en verdad”, sostuvo santa Teresa de Jesús en ‘Las Moradas’. Para ella, la verdad no se trataba de su asunto intelectual, de un concepto más o menos afortunado, sino de una forma de vida basada en una honestidad radical ante uno mismo y ante Dios. Muy probablemente, santa Teresa profundizó en un pasaje de las cartas de san Juan en el cual se lee: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad” (3 Jn 1,4). Ser humilde es no pretender ser más de lo que se es, pero tampoco menos, pues negar los dones de Dios en uno mismo sería una forma de orgullo disfrazado: “Soy tan solo lo que soy ante Dios”, sentencia san Francisco de Asís.
Comprendió santa Teresa que, al andar en verdad, no solo posibilita una más profunda experiencia ética y religiosa, sino que, al mismo tiempo, tendrá un impacto directo y profundo en nuestra capacidad de estimar y reconocer la belleza. Al afirmarlo, intenta describir un estado de transparencia mental y espiritual que transforma por completo cómo percibimos el mundo, limpio de prejuicios, comparaciones o en la necesidad de impresionar, muy próxima a la satisfacción del ego. Andar en la verdad, según lo postula santa Teresa, nos abre el corazón a la aceptación de nuestras imperfecciones y, desde una conexión profunda con ella, poder conectar con la belleza ajena. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela
Foto: SkarlyTours