La paz suele gustarnos mientras no nos obliga a cambiar nada. Mientras permanece en el terreno de las declaraciones solemnes, de las fotografías oficiales, de los minutos de silencio y de las palabras que todos podemos compartir sin demasiado esfuerzo, resulta difícil discutirla. Nadie quiere declararse enemigo de la paz. Otra cosa sucede cuando la palabra abandona la ceremonia y entra en contacto con la realidad, cuando debe medirse con las fronteras, con los intereses económicos, con las desigualdades, con las doctrinas de seguridad, con la memoria de los conflictos y con la forma concreta en que nuestras sociedades distribuyen el miedo, la protección, la esperanza y las oportunidades. En ese momento la paz deja de ser un valor abstracto y comienza a convertirse en una pregunta incómoda, porque ya no se trata de proclamarla, sino de decidir qué estamos dispuestos a sostener para que sea posible.
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Cada 21 de septiembre recuperamos un vocabulario conocido. Hablamos de concordia, convivencia, fraternidad, diálogo y tolerancia. Son palabras necesarias, pero también palabras sometidas a un desgaste enorme, porque se pronuncian tantas veces que corren el riesgo de quedar reducidas a una liturgia civil sin consecuencias. La paz, sin embargo, no es una disposición sentimental ni una decoración moral para sociedades que desean verse a sí mismas como razonables y civilizadas. La paz es una arquitectura política, social, económica y moral. Exige instituciones, límites, justicia, reconocimiento, memoria, redistribución de oportunidades y una idea del poder capaz de aceptar restricciones incluso cuando dispone de fuerza suficiente para imponer su voluntad.
La historia internacional está llena de paces que fueron, en realidad, simples aplazamientos. Se firma un tratado, se modifica una frontera, se detiene una ofensiva, se retiran tropas y se da por cerrado un conflicto, aunque debajo permanezcan intactos el resentimiento, la humillación, la pobreza, el deseo de revancha o la convicción de que la injusticia continúa. Después pasan los años y alguien se sorprende cuando reaparece la violencia, como si las guerras nacieran de repente y no existiera siempre una larga prehistoria de agravios, propaganda, miedo, exclusión y memoria herida. La geopolítica conoce bien este mecanismo. Los Estados hablan de paz mientras calculan capacidades militares, alianzas, corredores energéticos, materias primas, profundidad estratégica, control tecnológico y zonas de influencia.
La verdadera cuestión aparece cuando la seguridad se convierte en una palabra capaz de justificarlo casi todo. Vivimos una época atravesada por la seguridad militar, energética, alimentaria, fronteriza, tecnológica y económica. Es comprensible. El mundo no es un espacio inocente. Existen guerras, tensiones entre potencias, crimen organizado, ciberataques, desplazamientos forzados de población, dependencia energética y una competencia cada vez más intensa por los recursos estratégicos. Pero toda política de seguridad debería empezar por una pregunta elemental: seguridad para quién. Una frontera segura para quien vive dentro puede convertirse en una frontera mortal para quien intenta atravesarla. Una economía eficiente puede sostenerse sobre trabajos que apenas permiten vivir. Una ciudad ordenada puede conseguir su limpieza desplazando la pobreza hacia lugares donde ya no moleste. Una sociedad puede ser extraordinariamente eficaz protegiendo a unos y, al mismo tiempo, mantener a otros en una inseguridad permanente.
La paz necesita futuro
Por eso la paz tiene también una dimensión material que solemos ocultar detrás de las grandes palabras. La paz necesita futuro. Una persona que no sabe dónde vivirá dentro de seis meses mira el mundo de una manera distinta. Una familia que trabaja y aun así no llega a fin de mes vive una forma concreta de inseguridad. Un joven que estudia, trabaja y descubre que no podrá acceder a una vivienda escucha de otro modo los discursos sobre estabilidad y progreso. Nada de esto conduce de manera automática a la violencia, y sería irresponsable establecer una relación mecánica, pero una sociedad que acumula frustración, desigualdad, soledad y falta de expectativas termina debilitando los vínculos que permiten a personas muy diferentes reconocerse como parte de una misma comunidad.
Ese es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: el debilitamiento del nosotros. No hablo del nosotros identitario, tribal o excluyente, construido siempre frente a alguien, sino de algo mucho más difícil y profundamente democrático: la conciencia de que personas muy distintas tendrán que seguir viviendo juntas. Una sociedad plural necesita asumir que el adversario político seguirá existiendo después de las elecciones, que quien piensa de otra manera continua siendo ciudadano y que ninguna mayoría posee el derecho moral de expulsar al discrepante de la comunidad. Buena parte de nuestra conversación pública se está alejando de esa idea. Ya no basta con discutir una propuesta o rebatir un argumento. Hay que desacreditar a quien lo sostiene, revisar su biografía, localizar una contradicción, rescatar una frase y utilizarla como definición absoluta de una persona. La complejidad molesta porque obliga a pensar y a matizar; la etiqueta, en cambio, simplifica y ahorra trabajo.
El inmigrante, el preso, el pobre, el rico, el rojo, el facha, el delincuente, el privilegiado o el radical se convierten así en categorías cómodas detrás de las que desaparece la persona. Cada época fabrica sus propias formas de simplificación moral. Cuando desaparece el nombre, disminuye también la obligación de comprender. La deshumanización casi nunca comienza con una gran proclamación. Suele empezar mucho antes, en el lenguaje. Antes de excluir a alguien físicamente resulta útil haberlo reducido a una amenaza, una carga, un problema o una cifra. Las palabras preparan la distancia, organizan el desprecio y nos permiten acostumbrarnos a la idea de que determinadas vidas pesan menos que otras.
Sociedad del miedo
Por eso una verdadera cultura de paz no puede limitarse a enseñar buenas maneras. Debe enseñar a resistirse a la simplificación, a desconfiar de los relatos que necesitan siempre un enemigo perfecto, a identificar los discursos que convierten el miedo en mercancía política y a comprender que ninguna sociedad está vacunada contra la tentación de definir su identidad a partir de aquello que excluye. La paz tampoco significa ausencia de conflicto. Donde hay libertad existen desacuerdos, intereses contrapuestos, heridas, memoria, desigualdades y visiones diferentes de la justicia. Una sociedad sin conflicto sería una sociedad sin libertad o una sociedad gobernada por el miedo. La cuestión no está en eliminar el desacuerdo, sino en aprender a tramitarlo sin convertirlo en una guerra de eliminación moral.
Muchas de las conquistas que hoy consideramos elementales nacieron precisamente del conflicto. Los movimientos contra la esclavitud, las luchas obreras, las reivindicaciones por los derechos civiles y la resistencia frente a sistemas de segregación alteraron profundamente el orden de su tiempo. Provocaron huelgas, enfrentamientos, protestas y una enorme incomodidad. Quienes defendían aquel orden podían acusarlos, y de hecho lo hicieron, de romper la convivencia. Conviene recordar esa historia cuando la palabra paz se utiliza para pedir paciencia siempre a los mismos. La estabilidad es una palabra hermosa para quien está bien situado dentro de ella, pero puede resultar insoportable para quien sabe que ese equilibrio descansa precisamente sobre su renuncia.
También sería demasiado cómodo hablar solo de estructuras, gobiernos y sistemas y salir nosotros intactos de la reflexión. La violencia se aprende también en lo cotidiano. Se aprende cuando la humillación ajena se convierte en espectáculo, cuando disfrutamos de la caída de alguien, cuando la crueldad genera aplausos y cuando la discrepancia necesita transformarse en desprecio para resultar satisfactoria. Hay algo profundamente inquietante en la facilidad con la que nuestras sociedades han convertido el escarnio en entretenimiento. Y esto importa porque una cultura que se acostumbra a humillar termina perdiendo sensibilidad ante formas más graves de deshumanización.
El respeto
No existe una frontera absoluta entre la conversación pública y la vida privada. El desprecio circula, se aprende, se repite y se normaliza. Quien pasa horas reduciendo a los demás a caricaturas difícilmente puede desconectar después ese mecanismo al salir de una pantalla. Por eso la paz internacional y la convivencia cotidiana están más relacionadas de lo que solemos admitir. Ambas empiezan por una decisión semejante: reconocer límites a nuestra capacidad de imponernos. A escala internacional hablamos de derecho, diplomacia, proporcionalidad, negociación, garantías e instituciones multilaterales. En la vida corriente utilizamos una palabra más sencilla: respeto. Pero respetar no significa dar la razón. Significa reconocer que el otro posee derechos, dignidad y existencia al margen de nuestra aprobación.
Esta idea se vuelve especialmente incómoda cuando entramos en el terreno del castigo. Pocas cosas revelan mejor la calidad moral de una sociedad que su relación con quienes han cometido un delito. La justicia debe proteger a las víctimas, reconocer el daño, exigir responsabilidad y sancionar cuando corresponde. No hay cultura de paz posible si se niega el sufrimiento de quien ha sido herido. Pero la justicia tampoco puede convertirse en una biografía eterna. Una persona cumple una condena y llega un día en que sale de prisión. Entonces aparece una cuestión decisiva: qué queremos que ocurra después. Si seguimos tratándola únicamente como aquello que hizo, la reinserción deja de ser un principio y se convierte en una palabra administrativa.
La dignidad humana solo significa algo si estamos dispuestos a reconocerla cuando resulta difícil. Defenderla en quien admiramos es sencillo. La prueba empieza con quien ha fallado, con quien ha dañado, con quien despierta rechazo. Ahí se decide si creemos que la dignidad pertenece realmente a la persona o si, en el fondo, la consideramos una recompensa por buena conducta. Reconocer humanidad no significa negar responsabilidad. Significa negarse a identificar para siempre a alguien con su peor acto y aceptar que la justicia puede ser firme sin convertirse en venganza. Ese equilibrio es una de las tareas más difíciles de cualquier cultura de paz.
Justicia sin humillación
La misma lógica vale para los conflictos internacionales. La historia demuestra que una victoria militar no garantiza una paz política y que derrotar a un enemigo no resuelve necesariamente las causas que produjeron el conflicto. Hay tratados que resuelven fronteras y dejan intactas humillaciones. Hay victorias que contienen desde el primer día el germen de la próxima guerra. Una paz duradera necesita algo más complejo que vencedores. Necesita un futuro imaginable para quienes pierden, justicia sin humillación, memoria sin culto permanente al agravio y seguridad sin deshumanización, porque la humillación posee una enorme capacidad de convertirse en combustible político.
Pero sería demasiado cómodo dejar esta reflexión en los mapas y en las cancillerías. Nosotros también administramos pequeñas dosis de humillación cuando hablamos a alguien como si su trabajo valiera menos porque está peor pagado, cuando juzgamos una vida entera a partir de un error, cuando despreciamos un barrio, un acento o una procedencia, cuando creemos conocer a alguien porque sabemos qué vota o cuando tratamos a una persona como si su pasado hubiera cancelado cualquier posibilidad de futuro. Esa violencia cotidiana casi nunca tiene titulares, pero prepara un terreno moral en el que ciertas exclusiones dejan de parecernos graves.
Vivimos, además, en una época paradójica. Nunca habíamos tenido tanto acceso al sufrimiento ajeno y quizá nunca habíamos desarrollado tantas defensas para no sentirnos responsables. Podemos contemplar una guerra en directo, una ciudad destruida, una familia huyendo o una frontera colapsada desde una pantalla que llevamos en el bolsillo. La información puede producir conciencia, pero también saturación. Después de contemplar durante meses imágenes terribles, el horror empieza a formar parte del paisaje. Pasamos de una guerra a otra como cambiamos de noticia. Ese es uno de los grandes riesgos morales de nuestro tiempo: acostumbrarnos, no tanto a la violencia como a su contemplación.
Cultura de la paz
Por eso una cultura de paz empieza también por negarse a considerar normal aquello que no debería serlo. No podemos evitar todos los conflictos ni resolver todas las injusticias, pero sí podemos decidir qué cosas no estamos dispuestos a aceptar como inevitables. La humillación, la exclusión, la mentira convertida en herramienta política, el odio convertido en identidad, la pobreza transformada en paisaje, la soledad tratada como un problema privado, la reinserción reducida a una formalidad burocrática o el sufrimiento ajeno convertido en espectáculo no deberían formar parte del mobiliario moral de una sociedad que quiera llamarse civilizada.
La paz exige instituciones, educación, política y recursos, pero también exige carácter. Obliga a soportar la complejidad cuando otros ofrecen culpables sencillos, a defender límites incluso cuando el poder nos favorece, a reconocer humanidad en quien no nos gusta y a aceptar que nosotros también podemos equivocarnos. Obliga, en ocasiones, a renunciar a la satisfacción de ganar, a tener la última palabra, a humillar o a sentirnos moralmente superiores. Esa puede ser una de las formas más difíciles de desarme, porque no todas las armas están en los arsenales. Algunas se llaman prejuicio, miedo, orgullo o desprecio, y aunque no provoquen explosiones preparan un terreno en el que la violencia se vuelve más fácil.
Por eso una cultura de paz no se construye solamente en las cancillerías, en las cumbres internacionales o en las mesas de negociación. También se construye en una prisión, en una escuela, en un hospital, en una empresa, en una conversación familiar, en la forma en que una ciudad trata a quien no tiene nada y en la manera en que miramos a una persona cuando creemos que nadie está observando. Ahí termina la retórica y empieza el compromiso, porque la paz no se mide solo en grandes decisiones históricas, sino también en la capacidad de una sociedad para no abandonar a quienes tienen menos poder, menos voz o menos posibilidades de ser escuchados.
Un alumno del Colegio San Agustín de Ceuta colorea un dibujo con la palabra ‘paz’. Foto: Agustinos
Cuando llegue otro 21 de septiembre volveremos a escuchar discursos, declaraciones solemnes y palabras necesarias. Después se apagarán los micrófonos, se recogerán las banderas y cada uno regresará a su vida. Entonces empezará la verdadera prueba. No consistirá en saber cuántas veces hemos pronunciado la palabra paz, sino en saber qué hemos hecho para que alguien viva con menos miedo, qué prejuicio hemos sido capaces de revisar, qué humillación hemos decidido no tolerar y qué persona hemos vuelto a mirar como persona.
Las guerras no empiezan cuando cae la primera bomba. Empiezan mucho antes, cuando una sociedad aprende a convivir con la idea de que algunas vidas importan menos que otras, cuando acepta que determinados seres humanos pueden ser reducidos a una cifra, una amenaza o un problema y cuando la dignidad deja de entenderse como algo inherente a toda persona para convertirse en una concesión que otorgamos según nuestra conveniencia.
La paz empieza exactamente en el lugar contrario: cuando nos negamos a aceptar que alguna vida pueda ser tratada como sobrante.
