Luis Marín: “No es aceptable cualquier paz en Ucrania”

El prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad analiza para ‘Vida Nueva’ su reciente viaje al país europeo, cuando se van a cumplir cinco años desde la invasión rusa

Luis Marín, en Ucrania. Foto: Vatican Media
Comparte:

Acompañar y abrazar el dolor del pueblo ucraniano para transformarlo en esperanza. Ese ha sido el eje vertebrador del viaje del arzobispo Luis Marín de San Martín a Ucrania entre el 27 y el 30 de octubre. El limosnero de León XIV y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad ha conocido desde el terreno el sufrimiento y las reivindicaciones de la población. Y ha redoblado el compromiso de la Santa Sede con los cristianos que están trabajando para salir al rescate de los más vulnerables y para ser aliento de paz. El agustino español comparte con ‘Vida Nueva’ cómo ha afrontado esta peregrinación al país en guerra, casi cinco años después de la invasión rusa.



PREGUNTA.- Ha recorrido más de 2.800 kilómetros en cuatro días, visitando las ciudades de Kiev, Zaporiyia, Brovary, Poltava y Fastiv. ¿Cuál es el sentimiento que se ha traído en la mochila?

RESPUESTA.- El viaje me ha permitido conocer de primera mano la realidad de un pueblo profundamente herido por la guerra. En febrero de 2022, Ucrania sufrió una agresión militar por parte de Rusia, que atentó directamente contra su soberanía e integridad territorial. Sin embargo, las raíces de este conflicto se remontan a años anteriores, especialmente a 2014, cuando Rusia se anexionó Crimea. Desde entonces, el país vive bajo las devastadoras consecuencias de un conflicto que ha dejado tras de sí un profundo sufrimiento humano y cuyas heridas siguen abiertas.

Mi sentimiento después de este viaje es variado. Lo resumo en tres palabras: cercanía, dolor, agradecimiento. En primer lugar, he podido poner rostro a las necesidades. Visitar tantos lugares significativos, centros de acogida, parroquias, encontrar directamente a las personas, mirarlas a los ojos y escuchar sus historias, me ha permitido pasar de “saber” cosas a conocer desde la experiencia. Y así he podido abrir el corazón. También hay un evidente dolor por las terribles consecuencias de la guerra en las personas, las familias y la sociedad. Cómo no conmoverme. Es un dolor solidario (brota de esa sintonía que hace compartir el sufrimiento del otro, aun en mínima parte) y también un dolor indignado (toda esta tragedia ha sido causada por decisiones humanas, por opciones de egoísmo y muerte). Y, por fin, agradecimiento. Este horror hace brotar también lo mejor del ser humano como respuesta. El trabajo social tiene un gran desarrollo y es admirable la implicación de tantas instituciones y estructuras al servicio de los más desfavorecidos. Verdaderamente son muchos los “santos de la puerta de al lado”.

P.- Ha conocido de primera mano muchos proyectos, tanto de Cáritas como de diócesis, de los salesianos y de las misioneras de la Caridad… A pesar de este despliegue eclesial, supongo que será insuficiente en medio de las necesidades…

R.- Las necesidades son enormes, tan grandes que pueden paralizarnos al darnos cuenta de que sobrepasan, con mucho, nuestras fuerzas y posibilidades. Pero esta es una postura equivocada. Debemos hacer aquello que podamos, dar los pasos que nos resulten posibles. Con generosidad y constancia. La pregunta es: ¿qué puedo hacer yo en concreto para responder a las necesidades de los ucranianos, para paliar las heridas de la guerra? Es necesario que cada uno de nosotros, delante del Señor, nos enfrentemos a nuestra propia responsabilidad. El cristiano no puede quedar indiferente ante el dolor y las necesidades de nuestros hermanos. La guerra de Ucrania, y todas las guerras, no son solo argumento de noticiarios o tema de análisis académico. Afectan a seres humanos con rostro e historias, proyectos e ilusiones, y al horizonte de felicidad al que tiene derecho toda persona. ¿Cómo puedo ayudar yo? La reflexión urgente, a realizar en el propio corazón, es sobre la misericordia.

También creo que debemos procurar ser efectivos y evitar la dispersión, el aislamiento y la desunión. Para ello es necesario precisar las urgencias; después, disponer y organizar las acciones y, siempre, trabajar en red, unir esfuerzos. Así lograremos una mayor eficacia.

En todo este tema es muy importante la solidaridad internacional. Nosotros, en el Dicasterio para el Servicio de la Caridad, enviamos regularmente ayuda. Se trata, sobre todo, de medicinas, ropa y alimentos. Se hacen llegar por carretera a través del convenio TIR, que permite mover mercancías en camiones o contenedores precintados a través de múltiples fronteras, con procedimientos aduaneros simplificados y un sistema de garantías internacionales. También se conceden subvenciones a proyectos presentados a través de la Nunciatura. Agradezco a los donantes su solidaridad. También ha sido muy significativa la gran participación de los empleados del Vaticano en la reciente campaña de recogida de materiales para Ucrania.

Luis Marín, en Ucrania. Foto: VM

P.- Más allá de la ayuda material que ha llevado como enviado del Papa, supongo que el consuelo espiritual es el otro «cargamento» de un valor incalculable…

R.- Me he encontrado con personas muy heridas. En general, deben vivir en la inseguridad y la angustia. Los ataques con drones y misiles son una triste realidad. En Zaporiyia me despertó una aplicación del móvil que anunciaba un ataque con drones; en Kiev, desde la ventana de la Nunciatura, he escuchado el ruido de los misiles. He visto edificios destruidos, los zarpazos de la guerra. ¿Cómo viven nuestros hermanos esta realidad en el día a día?

Están también las personas más vulnerables: los ancianos y los enfermos, para quienes la escasez de recursos se convierte en un drama permanente. Están los niños, que crecen con la soledad y el miedo marcando sus vidas. Las madres que han perdido a sus hijos en el frente, las familias desgarradas por la separación y la pérdida, los proyectos de vida que quedan truncados. Todo esto forma parte de la realidad de la guerra. Porque la guerra trae consigo un sufrimiento silencioso que atraviesa la vida y deja heridas difíciles de cerrar.

Luis Marín, en Ucrania. Foto: VM

Por eso he querido acercarme a las personas. Para que los ucranianos sintieran que no están solos en su dolor, que la Iglesia está con ellos. El Papa y todos nosotros les somos cercanos. Esto es lo que he querido expresar, lenguaje sin palabras, con una caricia o un abrazo, cuando he bendecido, trazando una cruz en la frente de la persona que tenía delante, o cuando he escuchado historias de dolor y muerte, tomando unas manos ajenas entre las mías. He procurado llevar consuelo. Creo que es el primer paso hacia la esperanza.

P.- Era la primera vez que visitaba Ucrania como limosnero. ¿Qué es lo que más le ha impactado respecto a lo que conocía de esta guerra sobre el papel?

R.- No debemos frivolizar sobre ella. Me ha impactado su brutal realidad en medio de la vida cotidiana, sus efectos, que desgraciadamente se prolongarán en el tiempo, y la urgencia por revertirlos o paliarlos.

También me ha hecho reflexionar sobre la responsabilidad humana. Después de un siglo XX terrible, cabría pensar que habríamos aprendido la lección y que no volveríamos a cometer los mismos errores. Pero no ha sido así. Reaparecen los odios, se intensifica la polarización, resurgen la agresividad y las ambiciones desmedidas, y vuelve a imponerse un inquietante afán de destrucción. Es la marca del pecado. Debemos estar muy atentos para no dejarnos arrastrar. Como cristiano, en primer lugar, me ha hecho crecer en la oración, me ha reafirmado en la centralidad de la caridad, y me ha ayudado a profundizar en el sentido de Iglesia. En estos días intensos he podido valorar el precioso servicio que llevan a cabo los obispos y los sacerdotes, sobre todo los párrocos, en circunstancias muy difíciles, con recursos a veces muy escasos. Les estoy muy agradecido.

P.- Estamos camino de cumplir cinco años desde la invasión rusa. ¿Nos hemos acostumbrado, como ciudadanía, a esta guerra y a dejarla como un asunto más en la agenda?

R.- Seamos claros. Uno de los grandes peligros que nos acechan es el egoísmo que anida en el corazón humano. Sentimos la fuerte tentación de apartar de nuestra mirada todo aquello que pueda perturbar nuestra tranquilidad, inquietarnos o sacudir nuestro confort. Preferimos no ver, para no sentirnos interpelados ni responsables. Así, corremos el riesgo de convertirlo todo en espectáculo, en mero entretenimiento, sin permitir que el drama de la guerra y sus terribles consecuencias toquen nuestro corazón. Con demasiada frecuencia, tendemos a relegar a los pobres, a invisibilizar a las víctimas de la guerra y a apartar de nuestra conciencia todo aquello que nos resulta incómodo o desagradable. Frente a esta tendencia, debemos reaccionar con firmeza. No podemos resignarnos a la deshumanización ni permitir que la indiferencia nos envenene. Que el Señor cambie nuestro corazón de piedra por un corazón de carne (cf. Ez 36, 26) capaz de conmoverse ante el sufrimiento ajeno, de reconocer el dolor de los demás y de asumir responsablemente el compromiso de la solidaridad. Es una opción de vida.

Luis Marín, en Ucrania. Foto: VM

Otro peligro es la rapidez con la que unas noticias desplazan a otras, relegándolas poco a poco al olvido. Los medios de comunicación tienden a centrarse en lo inmediato, y lo que ayer ocupaba las portadas pronto deja de ser noticia. Una tragedia sucede a otra y termina por desplazarla de nuestra atención. Cuando se trata de una guerra que se prolonga en el tiempo, el interés informativo disminuye y el sufrimiento de sus víctimas corre el riesgo de volverse invisible. Así sucede, por ejemplo, con tantas guerras olvidadas en África, con la tragedia que sigue viviendo la población de Gaza o con la guerra de Ucrania. Ante esta realidad, los cristianos no podemos permanecer indiferentes. Tenemos la responsabilidad de mantener viva la memoria del sufrimiento, de dar voz a quienes no la tienen y de convertirnos en altavoces de su grito de dolor. No podemos permitir que el paso del tiempo o el cambio de la actualidad nos hagan olvidar a quienes siguen sufriendo.

P.- ¿La paz llegará a Ucrania o es una utopía?

R.- La guerra terminará y la paz llegará. De eso no cabe duda. La guerra de Ucrania acabará, como han acabado, de una forma u otra, todas las guerras a lo largo de la historia. Ninguna es eterna. La verdadera cuestión es a qué precio se alcanzará esa paz. Porque no es aceptable cualquier paz. No puede serlo la que nazca de la opresión y el sometimiento de todo un pueblo, ni la que se imponga por la fuerza de las armas, pisoteando el derecho internacional y los principios más elementales de la justicia. Debemos trabajar por una paz justa, una paz que no se limite a silenciar las armas, sino que siente las bases de una convivencia duradera. De lo contrario, las semillas de futuros conflictos seguirán ahí, esperando el momento de germinar. Y lo que hoy se presente como el final de la guerra no será más que una tregua, más o menos prolongada, antes de que la violencia vuelva a estallar. Tenemos muchos ejemplos.

Invito a releer y meditar la encíclica Pacem in terris, del papa san Juan XXIII. Resulta actualísima. En ella se advierte que la paz auténtica no debe entenderse simplemente como la ausencia de guerra, sino como el resultado de un orden basado en cuatro pilares fundamentales: la verdad, que implica unas relaciones entre los Estados fundamentadas en el respeto mutuo, la sinceridad, la transparencia y el reconocimiento de la dignidad de las personas; la justicia, que lleva al reconocimiento efectivo de los derechos y al cumplimiento de los deberes de cada individuo, así como a una distribución equitativa de las responsabilidades y los recursos; la caridad, que impulsa a sentir como propias las necesidades ajenas, a compartir los bienes y a fomentar la solidaridad; y la libertad, que supone actuar con responsabilidad y de acuerdo con la recta razón, haciendo posible que las personas y los pueblos tomen decisiones propias y busquen su pleno desarrollo integral.

Pero la paz la construimos con nuestras opciones y decisiones. Existe una incuestionable responsabilidad personal y social. Esta es nuestra tarea.

P.- Supongo que son muchos los rostros que le han conmovido, pero ¿cuál es la mirada y el nombre que le han dejado especialmente preocupado?

R.- Como ya he señalado, durante mi visita he procurado hacer llegar la cercanía y el afecto de León XIV a un pueblo herido, especialmente a quienes más sufren y más necesitan consuelo y esperanza. He tenido ocasión de encontrarme con numerosas personas, escucharlas, interesarme por sus preocupaciones y conocer de cerca sus necesidades más urgentes, tanto materiales como espirituales. Son muchos los rostros que permanecen grabados en mi memoria y en mi corazón: madres, ancianos, sacerdotes, profesores, personas pobres y excluidas, religiosos y agentes sociales. En unos he visto resignación, en otros, resentimiento, en algunos desconcierto, en no pocos una admirable fortaleza y determinación. Pero en casi todos he reconocido una misma huella: la del dolor. Ciertamente me he sentido muy conmovido.

Luis Marín, en Ucrania. Foto: VM

Pero, entre todas las miradas que he encontrado, hay una que me ha impresionado profundamente y que me ha dejado una especial inquietud: la de un grupo de niños que, en Zaporiyia, aguardaban su turno para recibir el pan y los alimentos que se distribuían aquella mañana. Estaban solos, en silencio, formando una fila, cada uno con su bolsa en la mano. No hablaban entre ellos. Me sobrecogió la dureza de sus miradas, su tristeza, aquella expresión apagada, tan ajena a la que debería ser propia de su edad. Eran rostros de niños en los que la guerra había dejado ya las huellas de una vejez prematura, como si la infancia se les hubiera marchitado antes de tiempo. Sus ojos reflejaban profundas heridas del alma, necesitadas de cuidado para sanar. No he podido dejar de preguntarme: ¿qué futuro les espera? Porque las heridas de la guerra no desaparecen cuando callan las armas. Permanecen, a veces durante generaciones, en la memoria y en el corazón de quienes las han sufrido. Los niños de Zaporiyia están en mi memoria y en mi oración.

Que el Señor bendiga a Ucrania. Ojalá llegue pronto el don de la paz. Lo pido con todas mis fuerzas.

 

 

Noticias relacionadas