Tribuna

Religiosas desarmadas, no dóciles

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En la época en que, tras la muerte de Dios, el atributo de la omnipotencia se ha trasladado al ser humano (en concreto al hombre) la palabra tiende a convertirse en una auténtica arma: de ataque, preventivo, antes que de defensa. Ya no somos capaces de dialogar en parte porque no soportamos el silencio, que nos enfrenta a nosotros mismos antes incluso que al otro y constituye la condición necesaria para la escucha.



Contrariamente a lo que parece evidente, el primer movimiento de la comunicación es la escucha, donde el silencio prepara el espacio para el encuentro en lugar de para el enfrentamiento. Las mujeres llevan ventaja porque están acostumbradas a escuchar las señales de su cuerpo o a percibir las de las criaturas que han llevado o llevan en su seno. Y no es un discurso esencialista, sino simplemente situado, porque existimos en un cuerpo.

La segunda razón depende del individualismo radical, esa abstracción que nos arranca de las relaciones que nos constituyen y de la que está impregnada la cultura dominante. Mientras incluso la ciencia, desde la biología hasta la física cuántica, nos dice que todo está conectado, seguimos pensando incluso nuestra libertad en términos de separación y, peor aún, en términos de soberanía del yo.

Monja arrodillada frete a policía

La hermana Ann Nu Thawng, arrodillada ante la policía de Myanmar, suplicándoles que no dispararan a los manifestantes. Foto: Archivo Vida Nueva

Aunque incluso Hannah Arendt declaró que el mayor error de la filosofía política era superponer libertad y soberanía, seguimos pensando en estos términos doblemente falaces: el yo, un individuo separado, es soberano. El lenguaje de la soberanía es la guerra, el choque de soberanías. Y esto se aplica tanto a las relaciones interpersonales como a la geopolítica. Dentro de este marco, el diálogo no puede sino polarizarse, volverse belicoso, orientado a destruir o deslegitimar al otro en lugar de comprenderlo.

Hoy, con la tecnología digital, creemos que la inteligencia artificial puede resolver disputas, dado que ya no somos capaces de llegar a un acuerdo. El sueño del filósofo y matemático Leibniz se está haciendo realidad. A principios del siglo XVIII declaró: “Llegará un día en que ya no diremos ‘discutamos’, sino ‘¡calculemos!’”. Y, en efecto, ‘Google’ ha inventado la ‘máquina Habermas’, llamada así en honor al gran filósofo que dedicó su obra al estudio de la racionalidad comunicativa. No le haría ninguna gracia ver que lo más verdaderamente humano que hay en nosotros se delega en un dispositivo.

No resignarnos

¿Debemos resignarnos? Absolutamente no. ¿Por dónde empezar? Las palabras desarmadas son un buen comienzo. El desarme nunca es una rendición, sino una subversión del paradigma acción/reacción, destinado a escalar y a dejar siempre muertos y heridos. Es la propuesta, plasmada en un gesto y no solo en un programa, la que inaugura un nuevo marco relacional. Se necesita valentía para rechazar las armas y sentido de los límites, sin el cual los delirios de omnipotencia se propagan con sus desastrosas consecuencias. Porque el yo soberano omnipotente solo puede ser violento.

La palabra más desarmada de todas es la oración. Nace precisamente de nuestro sentido de precariedad, de nuestra no autosuficiencia, de la conciencia de nuestra fragilidad y de la necesidad de confiar.

E incluso para dar gracias. Pensemos en el canto del ‘Magnificat’ y en la fuerza que no proviene de la coerción, sino de la deponentia, de la aceptación de las propias limitaciones, acompañada de una actitud de disponibilidad activa y responsabilidad. Porque entre la arrogancia del poder y la angustia de la impotencia se encuentra un tercer camino que rechaza todo dualismo: el de la deponentia. Una forma tomada del latín, donde algunos verbos tienen una forma pasiva y un significado activo, indicando la mezcla esencial de actividad y pasividad, elección y aceptación, que caracteriza nuestras vidas como humanos. La palabra desarmada es deponente.

Romper con el molde

El desarme no es docilidad, aceptación pasiva, sino la capacidad de actuar de manera diferente, de romper con el molde de la opresión. El desarme es arrodillarse ante soldados armados listos para disparar. Un gesto que no es desafiante, sino una invitación a abandonar la violencia, santificando el valor de la vida, incluso a costa de perderla. Desarmada es la palabra poética que, como escribe el poeta Mahmud Darwish, dice la verdad sin proclamarla. Sin imponerla, sin pretender poseerla.

Desarmada es la palabra que acepta cierta opacidad y misterio, que prefiere aludir a definir, que reconoce que siempre hay más allá de lo que logramos decir. Hoy el lenguaje, imitando al de la ciencia, pretende poseer la realidad en la transparencia, en el dominio de aquello que por definición siempre escapa. El ideal del lenguaje hoy es la datificación, la traducción (y reducción) de todo lo que existe a un lenguaje que nos permite controlar y manipular la realidad (y a las personas).

Florece la esperanza

La palabra desarmada es la palabra de la esperanza, que no dice “todo irá bien”, sino “vale la pena comprometerse”, decir sí, a pesar del resultado. La palabra desarmada florece en el terreno de la fraternidad y la sororidad. Nace de la conciencia de que todos estamos en relación y de que “cada palabra que damos al mundo se escribe sobre la carne de alguien” (Francesca Mannocchi). La palabra desarmada desarma, invita a abandonar la confrontación para abrazar el encuentro y lo hace dando ejemplo, corriendo riesgos y haciendo sagrado el gesto y lo que lo motiva.

Las palabras de Simone Weil, Madeleine Delbrel, Etty Hillesum, Margherita Guidacci, Mariangela Gualtieri, Chandra Livia Candiani y tantas otras mujeres que han captado la esencia y la han expresado con sinceridad, son palabras desarmadas.


*Artículo original publicado en el número de junio de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva

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