Tribuna

¿Para qué sirve un santo?

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Esta palabra de cinco letras es muy poderosa. Puede simbolizar un carnet de entrada a la Vida Eterna, una manifestación de poder de la Iglesia, una persona tan virtuosa como inalcanzable, un sinónimo de impecabilidad o una imagen de alguien mirando el cielo entre ángeles. El papa Francisco en su última Exhortación nos habla de la santidad, allí nos dice que el vecino de al lado puede ser un santo. Nada tan distante de mi descripción inicial.

Varias preguntas pueden surgir en torno a la palabra santo, por ej. ¿Qué se entiende por santo? En líneas generales es una persona buena, capaz de heroísmos gratuitos y silenciosos. La religión los destaca, respondiendo a la voz del pueblo que extiende su buena fama de modo contagioso. ¿Y para qué sirve? Un santo marca caminos más allá de la fe, su aporte a la sociedad consiste en darle pinceladas de ética, le marca rumbos que la humanizan. Así todo aquel que busque insistentemente un mundo mejor, sin considerar su propia fama, está en el camino de la santidad. Y me atrevo a decir que muchos fuera de la Iglesia son santos, por ej. Gandhi y varios más anónimos o conocidos.

Estas personas, los santos, nos dan permiso para arriesgarnos, para dar pasos más allá de nuestras fuerzas, nos agrandan el corazón y alimentan la confianza en un mundo mejor y en la vida eterna.

Al ser hijos de Dios, nos parecemos a Él y por tanto participamos de su ser misericordioso; esta condición debe darnos mucha alegría porque nos indica que la misericordia está presente en nosotros y si la ponemos en práctica ¡somos santos!

También por ser hijos de Dios, somos hermanos de los hombres y es ahí donde, al ser hermano de todos se juega la santidad cotidiana. No se puede elegir, cada uno es hermano y es digno de mi apreciación; del mismo modo que yo cuento con ellos.

Para ser santo no hay que ser perfecto, no hay que justificar las caídas ni acunar los errores. El santo lo es porque en su vida, valora y considera más a Dios y al prójimo que a él mismo y transforma cada traspié, cada pecado, en una oportunidad de encuentro con Dios y con su propia fragilidad. El que se gloría o trabaja autorreferencialmente en su perfección no es santo, pero podrá serlo si mira hacia arriba y hacia los costados y deja de mirarse el ombligo.

Muchas veces somos injustos con los santos y acentuamos tanto sus virtudes que nos desaniman, lo bueno del santo es que es alguien imitable, no solo desde sus virtudes sino desde la aceptación de sus defectos como parte de la propia historia de salvación. Sabiamente Teresa de Calcuta decía que nos salvamos en racimo, en comunidad. Así como las virtudes del otro ayudan a sobrellevar mis límites constituyendo así un espacio de santidad, los defectos del otro desarrollan mis dones, les pongo como ejemplo la paciencia que tienen nuestras madres con nuestros insistentes reclamos.

El santo hace la vida más llevadera, facilita los momentos, es el que ante un problema casi sin solución dice “algo vamos a hacer” y ese hacer, va desde rezar a pedir ayuda, desde embarrarse las manos a regalar los zapatos. Todo sin laureles ni selfies.

El Papa Francisco en “Gaudete et Exsultate”, habla bellamente de los santos de la puerta de al lado, aquellas personas comunes que al pasar por nuestra vida el corazón las advierte y valora su presencia, su huella y quiere seguirla. No hacen grandes cosas pero logran engrandecer lo pequeño de cada día. Los que callan cuando se critica, los que hablan cuando hay que poner paz, los que caminan cuando hay que acompañar, los que se sientan cuando hay que escuchar, los que dan su propia sangre para curar heridas, los que se dejan alentar y abrazar por sus hermanos y por Dios.

Como fruto de esta columna, propongo leer la vida del santo del cual llevamos el nombre o de alguno que esté por ahí escondido. También invito a mirar la puerta de al lado; seguramente hay un santo, o varios. Sin decirnos nada, con solo mirarlos, nos contestarán para qué sirve un santo. Tampoco desistamos cuando nos miremos al espejo porque ¡estamos llamados a ser santos!

El santo desacomoda, desempolva, es un signo de interrogación. Y la humanidad avanza más por las preguntas que por las respuestas….