“Mujer, vida, libertad”. En persa: “Zan, Zendegi, Azadi”. En curdo: “Jin, Jiyan, Azadî”. Estas expresiones fueron utilizadas por primera vez por representantes de los movimientos feministas kurdos, tras la muerte de la joven iraní Mahsa Amini en 2022, y atravesó fronteras, lenguas y continentes. Apareció en los muros de ciudades europeas, en manifestaciones latinoamericanas, en universidades estadounidenses y en las redes sociales, convirtiéndose en un grito global. Reducirla a un eslogan político sería un error.
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Porque es una gramática alternativa, una manera diferente de nombrar el mundo y, por tanto, de imaginarlo. La palabra “mujer” se convierte en el punto de partida para repensar el poder y los derechos. “Vida” deja de significar mera supervivencia para convertirse en dignidad, relación y plenitud. “Libertad” ya no coincide con dominio o supremacía, sino con una posibilidad compartida, mezclada con los demás y con el entorno.
Es un léxico que se contrapone al que ha dominado el discurso público mundial, asociado a una cultura del poder basada en la fuerza, el control y la seguridad, pero también en palabras como “conquista”, “estrategia”, “defensa”, “enemigo”, “victoria” e “imposición”. La guerra, sobre todo. Un lenguaje que evoca jerarquía, competencia y cerrazón. Que organiza la realidad en oposiciones rígidas: vencedores y vencidos, amigos y adversarios, dentro y fuera.
“Mujer, Vida, Libertad” abre un vocabulario de la relación: solidaridad, escucha, reciprocidad y futuro. No elimina el conflicto, pero lo sustrae a la lógica del aniquilamiento. Y es tan poderosa porque no habla solo a las mujeres. Habla a todos. Sitúa la vida en el centro y, partiendo de quienes históricamente han sido marginados, redefine todo el horizonte humano.
Pancarta con las palabras: “Mujer, vida, libertad” en varios idiomas. Foto: Archivo Donne Chiesa Mondo
Y esto plantea una pregunta inevitable: ¿pueden las palabras de las mujeres cambiar el mundo? No hay una respuesta definitiva. Construir un nuevo vocabulario requiere tiempo, transformaciones culturales y un cambio gradual de conciencia. Pero algo ya está sucediendo. Las mujeres están cambiando muchas palabras. Y cambiar las palabras significa cambiar lo que se puede pensar, decir e incluso lo que es posible.
No se trata de atribuir al género femenino una especie de lenguaje “natural” de dulzura o de la vida cotidiana. No es una cuestión biológica. Es una cuestión política y cultural. Las palabras no solo describen el mundo: lo construyen. Hoy está emergiendo una constelación léxica nacida de la experiencia histórica de las mujeres y en abierto contraste con el paradigma dominante basado en la jerarquía, el control y el conflicto. Esto se puede observar en el lenguaje público contemporáneo no pocas veces amplificado por las redes sociales: agresivo, simplificado y polarizado.
“Línea dura”, “tolerancia cero”, “aplastar al adversario”, “limpiar la casa”, “cerrar las fronteras”… Expresiones que han transformado el debate público en un campo de batalla. Los eslóganes han sustituido al pensamiento y la ira, al argumento. Las palabras se han convertido en armas. El Papa León XIV aboga por desarmar las palabras. No debilitar el lenguaje, sino liberar el lenguaje de la violencia y la manipulación. Devolverles peso, responsabilidad y verdad. Reconocer que cada palabra es un acto para crear relaciones o destruirlas. La historia demuestra que la violencia casi siempre comienza con las palabras. Antes de atacar a alguien, se le degrada y se le deshumaniza.
Poder contracultural
Sucedió durante el Holocausto, cuando a los judíos se les llamaba “parásitos”. Sucedió en el genocidio de Ruanda, donde a los tutsis se les llamaba “cucarachas”. Sigue sucediendo hoy, cuando a los migrantes se les describe como “animales” o “invasores”. El lenguaje no solo describe la realidad: la prepara. Por eso, las palabras que surgen hoy de los movimientos de mujeres tienen un poder contracultural. No porque sean más amables, sino porque cambian el enfoque de la conversación: de la conquista a la relación, de la dominación al cuidado y de la competencia a la dignidad. Esto queda demostrado en las historias de muchas mujeres que, en las últimas décadas, han transformado la palabra en una herramienta de liberación.
Cuando Malala Yousafzai, superviviente de un ataque talibán, declaró ante la ONU: “No quiero venganza contra los talibanes, quiero educación para sus hijos e hijas”, el mundo comprendió que existe una fuerza más allá de la venganza. Sus palabras no eran de odio y rompieron la cadena de violencia. Su voz transformó el derecho a la educación de las niñas en una prioridad global. Sonita Alizadeh, una joven rapera afgana, usó las palabras para salvarse. Condenada a un matrimonio forzado, habló a través de la música sobre la difícil situación de miles de jóvenes como ella. Sus canciones no son meras denuncias, son una forma de resistencia.
En la realidad y en la ficción
La misma fuerza emerge en el testimonio de Nadia Murad, la mujer yazidí galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2018. Superviviente de la esclavitud del ISIS, transformó su historia personal en un instrumento de justicia internacional. Su voz devolvió la dignidad a las víctimas y demostró que las palabras pueden hacer frente a la barbarie.
En Argentina, durante la dictadura, las Madres de Plaza de Mayo lucharon contra el silencio pronunciando con tenacidad los nombres de sus hijos desaparecidos. En Italia, las Madres Constituyentes plasmaron en la Carta Republicana palabras como igualdad, protección y derechos sociales y abriendo espacios de ciudadanía que antes no existían.
Incluso las mujeres indígenas mapuches, en Chile y Argentina, hablan hoy de “terricidio” para denunciar conjuntamente la destrucción de la tierra y la violencia contra las comunidades nativas. La líder Moira Millán insiste en la necesidad de “descolonizar el lenguaje y la tierra”, porque las palabras del poder a menudo sirven para justificar la explotación y la opresión.
Esta batalla impregna el cine y la literatura. En la película de Denzel Washington, ‘El gran debate’, la estudiante Samantha Booke utiliza el debate y la retórica para combatir el racismo en la América de 1930. “El momento de la igualdad no está en el futuro, es ahora”, argumenta durante un desafío de oratoria contra universidades blancas. En ”Ellas hablan’, un grupo de mujeres víctimas de violencia decide su futuro a través del diálogo. Hablar se convierte en el primer acto de libertad.
La película, dirigida por Sarah Polley y basada en la novela de Miriam Toews, está inspirada en hechos reales ocurridos en 2011 en la colonia de Manitoba, Bolivia, donde decenas de mujeres sufrieron violencia sistemática dentro de una comunidad religiosa cerrada. En ese contexto, el habla se convierte en el único espacio posible para la rebelión y la conciencia colectiva.
Esta genealogía femenina de la expresión de resistencia proviene de las mujeres. En 1851, Sojourner Truth, nacida en la esclavitud, se levantó en una convención por los derechos de las mujeres en Ohio y pronunció un famoso discurso: Ain’t I a Woman? Con esta oración, desafió tanto el racismo como el machismo, reivindicando la humanidad y la dignidad.
Y Rosa Parks, un siglo después, cambió la historia de muchos sin pronunciar palabra. Sentándose en silencio en un autobús para blancos, transformó un simple “no” en un gesto político que impulsó el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Más recientemente, Gisèle Pelicot cambió el dolor del abuso sufrido por su exmarido en un crimen público contra la violencia de género. Durante el juicio de Aviñón, optó por exponerse personalmente, renunciando al anonimato: la vergüenza de la violación no debe recaer sobre las víctimas, sino sobre quienes la perpetran. Su claridad y valentía han convertido su testimonio en un símbolo internacional en la defensa de los derechos y la dignidad de las mujeres.
Construir puentes
Las mujeres exigen un lenguaje que construya puentes, no muros. En los conflictos, son ellas quienes sufren las consecuencias de la guerra, el hambre, la migración y la destrucción diaria de la vida. Marshall Rosenberg, fundador de “Comunicación No Violenta” dice que el lenguaje puede abrir espacios de entendimiento o construir barreras insuperables.
Desarmar las palabras significa cuestionar los términos que dominan nuestra imaginación: guerra, enemigo, destrucción, terror. Palabras que normalizan la violencia y borran el futuro. El término “víctima” a menudo corre el riesgo de reducir a las mujeres a sujetos pasivos, privándolas de su fortaleza.
Imaginar una realidad diferente empieza con la forma en que la expresamos. Cambiar el lenguaje por sí solo no basta. Se requiere valentía, una profunda transformación, la capacidad de cuestionar estereotipos y estructuras de poder. Pero todo cambio cultural siempre comienza con las palabras. La escritora Christa Wolf lo resumió en una frase: “Entre matar y morir, hay una tercera vía: vivir”. Y Emily Dickinson escribió: “Una palabra muere al ser pronunciada, dicen algunos. Yo digo que solo entonces empieza a vivir”. Quizás este sea el corazón de “Mujer, Vida, Libertad”: devolver la vida a las palabras para devolver la humanidad al mundo.
*Artículo original publicado en el número de junio de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva
