En el escenario mundial, señalado por la persistencia de conflictos bélicos y la sofisticación de la industria armamentística, pero que no es otra cosa que la exteriorización de una herida en el corazón del hombre, la intención de oración propuesta por León XIV para este mes de marzo —orar por el desarme y la paz— no es solo un llamado piadoso, sino un imperativo teológico.
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En su mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, nos ha invitado a peregrinar hacia una “paz desarmada y desarmante”. Sus palabras nos conducen a entrar en el corazón del Evangelio, que no solo desea la paz, sino que propone un cambio definitivo en el interior del hombre y en toda la realidad.
¿De cuál paz nos habla el papa? ¿A cuál paz busca hacer referencia al incorporarla a su saludo? Él mismo responde: “Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente”. Una paz que, en el drama de lo que el papa Francisco ha definido como ‘tercera guerra mundial a pedazos’, sigue resistiendo a la contaminación de las tinieblas. Una paz que es el resultado de una transformación interior del propio hombre, pues la verdadera paz es la que se conquista en el corazón de los seres humanos y no tanto la que surge de procesos de negociaciones, por lo regular, coyunturales y transitorias.
La espada envainada
El Evangelio desnuda frente a nuestros ojos atentos la radical ruptura que Cristo instaura con la violencia sistémica de su tiempo. El Evangelio no presenta la paz simplemente como la ausencia de guerra, sino como la presencia activa del Reino de Dios. La paz que me presenta es fruto sobrenatural de un corazón profundamente arraigado en Dios y en su Palabra fiel. Fruto que permite, como señala León XIV, contrastar entre las tinieblas y la luz. Esa posibilidad de contrastar entre las tinieblas y la luz “no es solo una imagen bíblica para describir el parto del que está naciendo un mundo nuevo; es una experiencia que nos atraviesa y nos sorprende según las pruebas que encontramos, en las circunstancias históricas en las que nos toca vivir”.
Podemos hallar con mucha facilidad el mandato central para el desarme en el episodio de Getsemaní. Cuando Pedro intenta defender a Jesús mediante la fuerza, Cristo pronuncia una sentencia contundente: “Vuelve tu espada a su lugar, pues quien toma la espada, a espada morirá» (Mt 26, 52). Aquí, Jesús no solo rechaza la violencia ofensiva, sino que ‘deslegitima’ la lógica de la defensa armada como método para instaurar la justicia, mucho menos, la justicia divina. León XIV, en homilías recientes, ha retomado este pasaje para señalar que «el desarme comienza en la renuncia a la propia razón cuando esta se impone por la fuerza”. Pero para ello, resulta fundamental que nuestra voluntad esté presta a dejarse iluminar por la luz del Evangelio y someterse a Cristo como ‘logos’ rector. Comprender esto significa reconocer lo imperioso de la oración para alcanzar tal cosa.
De la Tranquillitas Ordinis
Todos estamos al tanto de la cercanía que existe entre el corazón de León XIV y el de san Agustín. Una cercanía que va más allá de pertenecer a la orden agustiniana. Es una cercanía propiciada por una misma búsqueda natural en corazones inquietos. Sin embargo, creo que resulta pertinente vincular a la intención del papa la noción agustiniana de paz definida en ‘La Ciudad de Dios’ como la “tranquillitas ordinis”, o la tranquilidad del orden. Concepto clave en la doctrina católica sobre la paz que brota como resultado de un orden justo y divino. Concepto que también acarició san Juan XXIII en su encíclica ‘Pacem in terris’.
En ‘La Ciudad de Dios’, san Agustín nos muestra la paz no como una especie de pacto de no agresión impuesto por el miedo —pensemos en la ‘pax romana’— sino como florecimiento del ordenamiento justo de las cosas hacia Dios. León XIV radicaliza esta visión volviendo a los padres preconstantinianos como Orígenes y Tertuliano, quienes sostenían que el Señor, al desarmar a Pedro, desarmó a todo soldado. No solo nos llama a unirnos en oración por la paz y el desarme, sino a ejercer una nueva forma de diplomacia fundamentada en la misericordia que nace en el corazón del hombre cuando reconoce la vulnerabilidad compartida. “Solo una humanidad que se reconoce frágil y necesitada de Dios puede soltar las armas”, afirmó recientemente. Aceptemos esta invitación con corazón manso y humilde. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela