Últimamente tengo sensaciones que deliberadamente intento no atender. No darles curso. No dejarlas entrar en ese espacio interior, cerebral y visceral, donde podrían conectarse unas con otras y terminar siendo demasiado subversivas. ¡Quizás por eso el verano resulta tan peligroso!
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Porque cuando uno consigue detenerse, aunque sea durante unos días, empiezan a aparecer preguntas que durante el resto del año permanecen convenientemente anestesiadas bajo una montaña de tareas, reuniones, celebraciones, desplazamientos y correos electrónicos. No hay nada más subversivo en estos momentos que pararse, pensar, sentir y rezar.
La trituradora de la agenda
Y ahora que el verano toca a su fin, me pregunto qué haremos con todo aquello que hemos pensado, sentido o rezado cuando septiembre vuelva a poner en marcha la maquinaria: ¿qué vamos a hacer con lo que hemos descubierto cuando volvamos a entrar en la trituradora de la agenda?
Un poco antes del verano, un buen amigo, presbítero, me decía que tenemos que garantizar la presencialidad en la acción pastoral. Casi me echo a reír. No porque esté en desacuerdo. Todo lo contrario. Por supuesto que la acción pastoral exige presencialidad. Siempre la ha exigido. Estar con las personas forma parte de la entraña misma del Evangelio. Pero estar, ¿de qué modo?
Porque no vale estar de manera intermitente, estar deprisa y corriendo, estar para supervisar o, en el mejor de los casos, para orientar iniciativas. Claro que estamos. Pero, no pocas veces, estamos con la cabeza puesta ya en la siguiente meta volante de la agenda.
Puede ocurrir que celebremos subidos de revoluciones
Incluso puede ocurrir que celebremos subidos de revoluciones porque sabemos que, en cuanto termine la celebración, hay que salir disparados hacia la siguiente, a quince kilómetros, antes de que transcurra una hora.
Y entonces conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿eso es presencia? Quizás hemos confundido la presencialidad con la disponibilidad. Y la disponibilidad con la hiperactividad.
El ministerio ordenado, con excepciones, por supuesto, y no pocos laicos y laicas, religiosas y religiosos, que desempeñamos responsabilidades pastorales nos hemos contaminado de una suerte de “espiritualidad de la autooptimización” en la que todo parece tener que hacerse deprisa para así poder llegar a más y más.
Los recursos son escasos y no va a haber más
Además, contamos con una excelente evidencia: los recursos (humanos, económicos) son escasos y no va a haber más. Los más tímidos lo llaman racionalización de recursos. Los más descarados, procesos de optimización orientados a la sobriedad y la eficiencia.
Y así, casi sin darnos cuenta, hemos empezado a trasladar al ámbito pastoral una lógica que deberíamos estar cuestionando. Porque una cosa es que una ambulancia tenga que llegar cuanto antes al lugar de un accidente y otra muy distinta que tengamos que vivir permanentemente bajo la inexorable dictadura del reloj, de la agenda y de la productividad/optimización.
No sé en qué momento nos convencieron de que las cosas, cuantas más y más rápidas, mejor. Pero el Evangelio nunca pareció demasiado preocupado por la velocidad. Jesús se detenía. Miraba. Escuchaba. Comía con la gente. Se dejaba interrumpir. Acompañaba procesos. Y, de vez en cuando, incluso, desaparecía.
El Señor podía invitar a otros a estar atentos a la belleza
“El Señor podía invitar a otros a estar atentos a la belleza que hay en el mundo porque él mismo estaba en contacto permanente con la naturaleza y le prestaba una atención llena de cariño y asombro”. (LS 97)
Quizás haya aquí una pista para revisar nuestra manera de entender la acción pastoral. Porque las cosas del Reino tienen probablemente más que ver con aquella semilla que crece mientras el sembrador duerme que con el mandato machacón de “haga usted más”, “organícese mejor”, “rinda más”. En nuestro caso, además, por la mejor de las causas. Y precisamente por eso resulta más peligroso.
Vivimos una “pandemia de la rapidación”, por utilizar la expresión que ya empleaba Francisco en Laudato si’ (18) para referirse a la intensificación de los ritmos de vida y de trabajo. Una pandemia de la que no se habla, pero que, sin duda, afecta a buena parte de la población y que también nos afecta, más de lo que pensamos.
Consecuencias en el ámbito eclesial
Esto también se da en el ámbito eclesial, provocando concretamente en no pocos agentes pastorales, entre ellos también, pero no solo, los ministros ordenados, una suerte de dispersión que produce agotamiento, culpa, ansiedad.
Y, quizás lo peor de todo, es que te introduce en un proceso silencioso de desafecto y una soterrada sensación de pegajosa insatisfacción con todo lo que haces, porque no puedes ocultarte la falta de profundidad en lo que emprendes, el déficit de creatividad, incluso la ausencia de belleza en las propuestas.
Algo de esto nos decía el papa Francisco también en Laudato si’ (139): “Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor”.
La Iglesia valora más a aquellos que “están en todo”
La propia institución eclesial no pocas veces refuerza, de modo consciente o no, me atrevería a decir que incluso valora de manera mucho más positiva, a aquellos que “están en todo”. A mí, sinceramente, más me preocupan aquellos que hace rato que no están en nada, que ni se les espera. ¿Siempre fue así? ¿O qué les ha pasado? ¿Cómo es que no nos dimos cuenta a tiempo? ¿Podríamos haber hecho algo?
Los tiempos que nos toca vivir muchas veces nos exigen gestionar lo poco, afrontar el decrecimiento que en esta parte del mundo experimentamos en la Iglesia desde hace años. Pero no debería tratarse simplemente de gestionar mucho pocos… sino de acompañar los procesos de las personas.
Eso se traduce en preguntas: ¿cómo se va a hacer cura de almas con prisas? ¿Cómo se va a servir, escuchar, acompañar, animar con entusiasmo y ternura si se te acumulan en la lista frentes a los que atender sincrónicamente? ¿Se puede ser personas acogedoras e inclusivas con un ojo puesto todo el rato en la siguiente estación de la agenda? ¿No deberíamos ser audaces y acometer la transformación de un modelo de organización eclesial que, si bien sirvió en otros tiempos, ya no da más de sí?
Un reverso perverso, triste y preocupante
Quizás lo más perverso, triste y preocupante de todo esto es que, finalmente, cuando las personas acusan las consecuencias lesivas de esta rapidación pastoral, que conecta además con esa tentación neopelagiana de confiarlo todo a nuestro esfuerzo, nuestra capacidad de organización y nuestra voluntad, se terminan atribuyendo a la persona las causas del desafecto para con la tarea, la institución, las personas.
Sin negar la responsabilidad personal de autocuidado, de conocerse, de saber dónde están los límites de cada uno… también debemos reivindicar una corresponsabilidad institucional, que se dote de los mejores medios para afrontar de manera preventiva situaciones que, una vez que se han puesto en marcha, sabemos por experiencia que será difícil reparar. ¡No esperemos a que las personas se rompan!
Quizás hemos amputado la dimensión contemplativa no solo de nuestra vida eclesial, sino también de nuestras propuestas pastorales. Y, sin darnos cuenta, hemos convertido a Marta en el modelo de referencia: la súper-Marta que llega a todo, responde a todo, organiza todo, está en todo y sostiene todo. Mientras María, sentada a los pies del Señor, empieza a parecernos sospechosamente poco productiva.
La deslizante pendiente del activismo desaforado
Seamos rigurosos con los recursos y con las dedicaciones a las diversas tareas, pero no caigamos en la deslizante pendiente del activismo desaforado, que se conforma con llegar a muchas cosas de cualquier manera, pagando precios demasiado altos.
“Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos…” (LS 12).
La institución eclesial, y mucho menos la acción pastoral, no puede reducirse a gestionar recursos escasos; tiene que ver con cuidar personas, acompañar procesos, generar comunidad y custodiar la belleza del Evangelio. Y para esto necesitamos, sobre todo, vivir, pensar, sentir, rezar, estar. Pero todo más despacio.
Qué ha sucedido en las personas
No mide únicamente cuántas cosas hemos hecho, cuántas actividades hemos organizado, cuántas personas hemos atendido o cuántos kilómetros hemos recorrido. Pregunta también qué ha sucedido en las personas, qué vínculos se han generado, qué comunidades han crecido, qué heridas han podido ser escuchadas, qué esperanza ha podido nacer.
Y eso necesita tiempo. Necesita presencia. Necesita contemplación. Necesita belleza. Necesita, sencillamente, que aprendamos de nuevo a ir más despacio.
Quizás ese sea uno de los grandes desafíos pastorales que tenemos por delante cuando comience este nuevo curso. No hacer más. No llegar a más. Sino estar mejor. Estar de verdad. Y quizá ahí, paradójicamente, empiece otra manera de ser y hacer pastoral.
*Roberto Vidal es diácono en la Diócesis de Bilbao.
