No es secreto que la relación entre las mujeres y la Iglesia está plagada de tensiones evidentes. Más sorprendente aún es el lenguaje que suelen expresar estas tensiones: violencia verbal que afecta a las mujeres cuando su rol, sus palabras o su presencia ponen en tela de juicio estructuras consideradas “tradicionales”. Los insultos, el sarcasmo y la deslegitimación no son simples fallos de comunicación: son síntomas.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
- Descargar suplemento Donne Chiesa Mondo completo (PDF)
Y, como toda violencia, revelan no fortaleza sino fragilidad, no seguridad sino miedo. Resulta llamativo cómo la violencia verbal surge donde la identificación con ciertos valores tradicionales se percibe como amenazada. Cuando la identidad se siente asediada, la reacción suele ser agresiva. Pero una identidad que necesita defenderse dañando a otros es una identidad débil. Si la apelación a la “tradición” genera miedo al cambio y produce exclusión, entonces debemos replantearnos nuestra propia comprensión de la tradición.
Esto pasa en la sociedad y en la Iglesia. Las mujeres muchas veces se convierten en el terreno simbólico donde se libra una batalla por la identidad: sus cuerpos, sus voces, sus espacios se impregnan de significados que sirven para reafirmar un orden percibido como inestable. Al hacerlo, se traiciona el corazón mismo de la fe cristiana, que no fundamenta la dignidad de las personas en roles preestablecidos ni jerarquías naturales, sino en su singularidad irrepetible ante Dios.
Fortaleza evangélica
La afirmación de Pablo en Gálatas –“ya no hay esclavo ni libre, judío ni griego, hombre ni mujer”– no borra las diferencias, sino que niega que puedan usarse como criterio de valor o de acceso a la dignidad de los hijos de Dios. Este pasaje pide tomarse en serio: como una provocación contra toda forma de violencia, incluso verbal, que surge del miedo a perder el poder.
Si la violencia es siempre un signo de debilidad, entonces una Iglesia y una sociedad capaces de renunciar al lenguaje agresivo demuestran no rendición, sino fortaleza evangélica. Repensar nuestra identificación con los valores tradicionales no significa traicionarlos, sino liberarlos del miedo. Y puede surgir una relación más auténtica, justa y humana entre las mujeres y la Iglesia.
*Artículo original publicado en el número de junio de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva
