Madrid ha resultado una diócesis compleja a lo largo de su siglo largo de historia. Intensamente poblada, con un clero variopinto de diversos orígenes, con escaso intercambio entre sí y, a veces con obediencias personales dispares, faltando a menudo un sentido de cuerpo y de amistad fomentada desde el seminario. El primer obispo de origen madrileño fue Casimiro Morcillo y, el siguiente, el actual, quien llegó siendo un niño y permaneció en Madrid establemente hasta nuestros días.
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Actualmente, debemos tener en cuenta también los numerosos sacerdotes de origen africano y latinoamericano presentes en la vida pastoral, incluso desconociendo el idioma.
A menudo, se ha pensado que este clero plural de origen y formación y la fuerte emigración del siglo XX han dificultado la existencia de un clero compacto y la conciencia de pertenecer a un “nosotros” y de actuar como parte de un todo. Me da la impresión de que esta situación y este prejuicio se han roto en Convivium. Con la celebración de esta convocatoria, el arzobispo actual ha roto tal concepción.
José Cobo ha sido seminarista, párroco, obispo auxiliar y ahora arzobispo en ejercicio. Es el primer obispo de la diócesis que ha vivido toda su vida eclesial en ella. Tras una reflexión y preparación evidentemente muy cuidadas, invitó a participar a todos sus sacerdotes activos en la vida pastoral, los ha reunido primero por grupos de edad y después a todos juntos en un examen de conciencia. Creo que esta convocatoria ha resultado deslumbrante y muy importante para el sentido de pertenencia: nos hemos encontrado con el obispo y con los sacerdotes diocesanos y religiosos, con sinceridad y libertad, afrontado juntos con valentía las situaciones, problemas y resoluciones actuales. Hemos reflexionado y comentado, en un ambiente que considero fraterno, problemas pastorales y personales, situaciones propias de nuestros tiempos eclesiales y culturales.
Conversión pastoral
No cabe duda de que tanto el arzobispo como los mil y pico sacerdotes presentes éramos conscientes, siguiendo las recomendaciones de los dos últimos papas, de la urgencia de poner en marcha una sinodalidad promovida y compartida tanto en la Iglesia en general como en las comunidades cristianas en particular. El tema de la sinodalidad sospecho que es una de las causas de esta convocatoria, con el fin de concienciarnos de la necesidad en nuestra vida y en nuestras organizaciones. Esto es lo que el papa Francisco denominó un proceso de conversión pastoral.
Una conversión que, en palabras de Antonio Ávila, “va de una vivencia de la fe demasiado individualista a una conciencia de formar parte de un pueblo que camina junto, compartiendo una misma esperanza. Un camino que va del individualismo a la fraternidad, de la pasividad o el clericalismo impositivo a la corresponsabilidad compartida”. Todos fuimos conscientes de la importancia de que nuestro pueblo creyente, con sus sacerdotes y su obispo, caminase junto y unido.
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