Tribuna

El caso lefebvriano: Separados

Síguenos en:

«Un pecado de extrema gravedad», advirtió León XIV en un último mensaje dirigido, la víspera, a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. En realidad, el primer cisma del siglo XXI, marcará a la Iglesia como una cicatriz. Eso es lo que han provocado las cuatro ordenaciones episcopales celebradas este miércoles 1 de julio de 2026 en el seno de la comunidad lefebvriana. La lección de treinta y ocho años de turbulencias y polémicas desde las consagraciones de 1988, celebradas en el mismo lugar, no ha sido aprendida.



Non bis in idem, no dos veces de la misma manera, como se suele decir. Pero, bajo una apariencia de similitud, lo ocurrido hoy es mucho más grave. Dejemos a un lado la dramaturgia cuidadosamente orquestada por la FSSPX: un anuncio realizado cinco meses antes para elevar la tensión y atraer a una multitud. Quedémonos con el mensaje que se ha enviado.

Consagración episcopal de los lefebvrianos. Foto: Efe.

Consagración episcopal de los lefebvrianos. Foto: Efe.

En primer lugar, desde ayer ha quedado claro que los integristas —como a veces se les denomina para distinguirlos de los tradicionalistas fieles a Roma, que también celebran la misa antigua— asumen su disidencia. Excomulgados por su desobediencia, pretenden organizar de manera duradera su autonomía: nuevos obispos, algunos de ellos muy jóvenes, para las próximas décadas.

Cerrados al espíritu crítico

En segundo lugar, cerrados a la contradicción y al espíritu crítico, hacen plenamente suyo un relato falaz —hoy se diría conspiracionista— según el cual el Concilio Vaticano II habría sido sutilmente adulterado por ideólogos modernistas.

En tercer lugar, aferrados a su doctrina, no abandonan la idea de que la verdad de la fe tiene algo que ver con un carácter intemporal, ajeno a las contingencias humanas. Y ello cuando el núcleo mismo del Evangelio, como recordó el Concilio Vaticano II, consiste en anunciar a un Mesías arraigado en la realidad humana, que quiso hacerse plenamente solidario con la vida de los hombres.

Un cisma, sin duda.

*Arnaud Alibert es redactor jefe de ‘La Croix’