La evidencia no convence a quien tiene el alma comprometida con la mentira; es una frase atribuida a San Agustín de Hipona. La frase describe, entre otras cosas, una antropología moral fundamentada en la convicción de que la verdad no se reduce a datos que empujan a la mente desde fuera; exige un corazón dispuesto a recibirla. En San Agustín, mentir significa aprobar interiormente una falsedad, ordenar la voluntad contra la verdad y, por eso mismo, deformar la manera misma de juzgar.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Por ello insiste en que la mentira afecta el núcleo personal desde el que se decide y se asiente. Por eso, al comentar la Escritura, interpreta el lenguaje de «la boca» como expresión del asentimiento interior. El mentiroso no es solo quien pronuncia mal una frase, sino quien aprueba con el corazón lo falso. En su explicación, «miente con el corazón quien aprueba una mentira». Cuando la voluntad ya ha encauzado la existencia hacia la mentira, la persona no solo interpreta datos; los usa, los ajusta o los neutraliza para preservar una decisión previa. El resultado es una especie de circulación cerrada entre mente y deseo. La evidencia parece hablar, pero el alma la escucha para confirmarse a sí misma.
La mentira como sistema de razones
Cuando San Agustín discute la mentira, observa que el mentiroso suele presentarse como razonable. De hecho, en el tratado Contra la mentira, responde a quienes intentan justificar la falsedad con ejemplos bíblicos y con la pretensión de que así «la mentira sería verdad» o al menos moralmente excusable. Subraya, entonces, que el razonamiento usado para defender la mentira ayuda precisamente a quienes se creen atrapados por ella. Si se trata la falsedad como prueba, se termina reinterpretando el criterio mismo por el cual se juzga.
No es que la evidencia falte, sino que la evidencia es filtrada por un marco interior ya decidido. San Agustín denuncia que ciertos defensores de la mentira -en su contexto, sectarios- recurren a la Escritura para «probar» a sus seguidores que se debe mentir, incluso atribuyendo esa conducta a figuras sagradas. En términos psicológicos, sin perder la profundidad moral, la persona comprometida con la mentira puede volver argumento lo que en realidad es deformación del sentido. Por eso insiste con determinación en el principio de que no solo hay que evitar tal o cual frase falsa, sino rechazar toda mentira.
Mentir no es solo faltar
San Agustín contempla la mentira como una acción que vulnera la relación entre personas y entre el hombre y Dios. En Contra la mentira vuelve sobre un punto que, aunque formulado por él en el lenguaje de la Escritura, es muy relevante para estos tiempos que vivimos. La mentira «mata el alma» desde su raíz interior. Al explicar la expresión «la boca que miente mata el alma», desplaza el foco hacia el corazón que aprueba la mentira. Enlaza la mentira con el daño moral que produce incluso en los demás, ya que el sistema de sospechas se contagia. Cuando una persona miente para tomar a otros o para ocultar lo que piensa, termina destruyendo la confianza universal.
En su razonamiento, la consecuencia no es solo que se obtenga un objetivo, sino que se rompe la posibilidad misma de confiar. Cada hermano acabará sospechando de cada hermano, y así el remedio, que en su discurso es enseñar la fe, se transforma en el mal, es decir, no confiar en nadie. Esto ilumina por qué la evidencia puede no convencer. La evidencia no actúa en un vacío; opera en un tejido de confianza, credibilidad y sinceridad. Si una persona vive ya como quien maneja el sentido para sostener una mentira, la evidencia no logra el impacto porque falta el presupuesto afectivo-moral de «escuchar de verdad» lo que se muestra. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela
