Últimamente son muchos los que piensan que hay un resurgir de la religiosidad en la sociedad y, de manera especial, entre los jóvenes. Canciones con mensajes en clave espiritual, películas galardonadas cuyo argumento afronta el impacto de una opción vocacional, influencers confesionales, encuestas que revelan que la Generación Z muestra un creciente interés por la religión… Y, de manera muy especial, un revival de la piedad popular, que se manifiesta a lo largo del año con motivo de fiestas, romerías y peregrinaciones, pero, sobre todo, en torno a la Navidad y a la Semana Santa.
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Frente a lo que ha sucedido en otros ámbitos del mundo católico, en España la piedad popular no se ha desmoronado a pesar de haber sido menospreciada e, incluso, perseguida por quienes a si mismos se consideraban, después del Concilio Vaticano II, la auténtica Iglesia comprometida y militante. En sus inicios, los ideólogos de la Teología de la Liberación abominaron de la piedad popular considerándola alienante y producto de unas élites eclesiales empeñadas en adormecer al pueblo cristiano con estériles devociones.
Sin embargo, reflexionando más sobre este fenómeno llegaron al convencimiento de lo contrario: la religiosidad popular es la manifestación más lograda de la fe del pueblo sencillo y, por tanto, ha de ser defendida con esmero. Buena parte de la reflexión sobre la piedad popular se ha hecho en el continente americano, reflejándose de manera brillante en los documentos de Medellín, Puebla y Aparecida, fuente principal del magisterio del papa Francisco. Nunca antes de una manera tan clara se había planteado la piedad popular como un auténtico ‘locus theologicus’.
La Semana Santa española (mejor habría que hablar de las semanas santas porque cada pueblo tiene la suya y la celebra a su modo) se mantiene sin perder vigencia como una de las más grandiosas manifestaciones de la inculturación de la fe cristiana. No me sorprende, por tanto, que se plantee la posibilidad de su declaración como patrimonio inmaterial de la Humanidad.
No se trata solo de las celebraciones del sur, singularmente de Andalucía con toda su riqueza y variedad desplegada en sus procesiones, en las que salen a la calle imágenes insignes no solo por su valor artístico sino, sobre todo, por la devoción que concitan; o de la austera Semana Santa castellana y las exuberantes procesiones murcianas y levantinas. Es también el sonido atávico de los bombos y tambores del Bajo Aragón, la antiquísima penitencia de los picaos riojanos o de los empalados extremeños, los manaies y las pasiones vivientes de Cataluña…
Y la Semana Santa de Canarias, Galicia o el País Vasco, donde este año se reanudan las procesiones en San Sebastián después de cincuenta años, si bien nunca dejaron de celebrarse en Fuenterrabía ni en Segura, ni tampoco en Bilbao, Orduña y Vitoria, con unas peculiaridades que las hacen únicas. Como todas. Imágenes sagradas, penitentes, ritos seculares, marchas procesionales y cánticos piadosos… Sin duda, manifestación de fe, pero también cultura, arte, tradición, fiesta y espectáculo. Espectáculo total, envolvente, inmersivo. Que impacta los sentidos para transmitir una idea: el gran amor de un Dios redentor que abraza la Cruz para morir en ella, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas.
Barroca y emocional
Siempre se ha dicho que la Semana Santa española incide más en la Cruz que en la Resurrección. Es cierto. Quizás porque la Pasión nos resulta más cercana (en la enfermedad, en la pobreza, en las situaciones de desvalimiento) y más fácil de visualizar. Pero, quien profundiza un poco en los ritos de nuestra Semana Santa inmediatamente percibirá que no buscan exaltar el dolor en sí mismo sino mostrarlo como un camino que lleva indefectiblemente al triunfo final de la vida en la Resurrección. Esta es la fe del pueblo, que refleja una profunda hondura teológica, acuñada allá por los siglos XVI y XVII, cuando se configuró nuestra Semana Santa.
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