En estos días, hemos tenido como clero, nuestro encuentro en la asamblea de presbíteros de la arquidiócesis de Bogotá, con la temática de la renovación de la vida espiritual, a través del llamado al discipulado en la Iglesia y a tejer relaciones más fraternas entre nosotros.
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Recordando el documento, quiero empezar reafirmando, nuestra formación en la escuela de seguidores y ministros: “una comunidad de discípulos del Señor que celebra la Liturgia (oración – Palabra – Eucaristía), que vive la praxis de la caridad fraterna y de la justicia, que testimonia el Espíritu de Cristo y el amor a la Iglesia, no sólo de forma comunitaria sino en cada uno de sus componentes” (PDV. 60).
La puerta de la fe
En palabras del Excelentísimo cardenal Luis José Rueda Aparicio: “El Espíritu Santo, es el gran animador de la evangelización en nuestra Iglesia, en los Hechos de los Apostoles, la acción del Espiritu Santo conduce a los apostóles en la misión, en medio de situaciones adversas, el Señor abre a los gentiles la puerta de la fe y esa puerta está abierta para nosotros hoy.
Si no es por la fe, seriamos unos funcionarios más… uno como párroco o como sacerdote tiene desafíos siempre nuevos, no nos las sabemos todas, es necesario nuestro silencio, celebrar y vivir la Eucaristía, nuestra adoración en el santísimo, leer la palabra de Dios, escuchar al Señor que nos habla… todo esto nos lleva a dejarle esa cabida al Señor en nuestra vida: la puerta de la fe” (homilía, 5 de mayo 2026).
La paciencia y la perseverancia en la fe
Algo que podemos meditar hoy, es sobre la paciencia que debemos tener al guiar las comunidades, el acompañar, saber escuchar y guiar al pueblo, no podemos cansarnos o dejarnos llevar por la rutina, debemos planear, aunque las cosas no salgan como pensamos, tener una directriz o una plan personal en la vida, un plan pastoral en las parroquias, en palabras del cardenal: “Uno como sacerdote tiene todos los días nuevos desafíos, no los planeamos nosotros, pero hoy, tenemos todas las herramientas innovadoras, los dones y todas las posibilidades que el Señor nos da para hacer que nuestra misión sea más efectiva ante los nuevos retos y desafíos que se nos presentan todos los días” (homilía, 5 de mayo 2026).
La comunidad es imagen de la santa familia divina
La comunidad orante, es también un signo de amor del Señor, un pastor orante tiene una comunidad que ora, que respalda y que es corresponsal con la misión, una comunidad orante se le nota, porque las comunidades crecen con sus dinámicas propias, el Señor suscita vocaciones, aviva la fe, y mantiene esa fe viva que se nota en cada comunidad parroquial. San Juan Eudes, al redactar las Constituciones de la Comunidad, escribía: “Cada familia o comunidad de la Congregación debe ser imagen viva de la santa familia y divina comunidad de Jesús, María y José. Por consiguiente, todas las virtudes que en grado supremo reinaban en esta sagrada familia deben practicarse en ellas. Y lo harán con tal perfección que cada casa sea una escuela de virtud y santidad para cuantos ingresen a ella” (San Juan Eudes, OC. IX, 174).
¿Por qué necesitamos estos encuentros fraternos?
Es necesario, seguir teniendo estos encuentros fraternos, para encontrarnos como hermanos en la fe, porque Jesús quiere un corazón sano, sabemos que las heridas, el aislamiento, las fallas y nuestras formas de ser a veces dificultan nuestra misión como pastores, a veces se hacen más pesadas las cargas y debemos tener un corazón de pastor sano y renovado, si el pastor se deja renovar en la fe, se deja renovar en el Espíritu, el Señor nos renueva por dentro y nos hace vasijas nuevas, para seguir pescando; así, que a perseverar en la fe, dejarnos fortalecer por su Espíritu y su gracia, para salir con nuevos ánimos para cumplir la misión fiel de la Iglesia.
Por Wilson Javier Sossa López. Sacerdote eudista del Minuto de Dios
