Tribuna

La disolución de la persona en la estética digital

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El apogeo de las redes sociales y la necesidad de reconocimiento y aceptación han conducido al ser humano hacia una espesa tensión interior, a un dilema que ha distorsionado insólitamente los límites de su propia personalidad. Este fenómeno es conocido como dilema del filtro.



El término ha sido del universo fotográfico vinculado a las capas estéticas que pueden alterar una imagen. Sin embargo, se ha extendido al universo cada vez más complejo de la esfera digital, alimentando al algoritmo para que exija una constante optimización de la identidad.

Nuestro principal cuestionamiento, en este sentido, recae en cómo esta práctica ha venido minando el específico valor de la persona humana, transformando al ser en una mera superficie para el consumo y la aprobación.

Este llamado dilema del filtro propone, entre otras cosas, la disolución de lo más sagrado que hay en la persona, concepto desmantelado por las distintas variantes de la cultura de la muerte. De alguna manera, toda esta parafernalia digital, grotescamente vulgar, forma parte de la cultura del descarte, como lo señaló en algún momento Francisco. Para comprender la gravedad de esta amenaza, resulta preciso retomar un concepto abandonado de persona y volver a él.

La persona: una mirada hacia lo absoluto

Para Maritain, por ejemplo, el ser humano constituye una realidad compleja. Esta complejidad descansa en una unidad subyacente orientada hacia lo absoluto, donde la dignidad procede de su vocación espiritual y su libertad. Visión que profundiza el personalismo de san Juan Pablo II, al concebir a la persona como un sujeto único e irrepetible. A través de ella, el ser humano recibe de Dios su dignidad esencial y, con ella, la capacidad de trascender todo orden social para avanzar hacia su plenitud. No es solo escenario sobre el cual se verifican las percepciones de valores, sino que es un sujeto activo de tales percepciones y puede escoger entre ellas, dejándose guiar por el conocimiento de la verdad.

Por esto justamente, servir a Dios es reinar. La soberanía de la persona se expresa cuando esta escoge la verdad para imponerla a las propias pasiones. Cierto, la persona obra siempre dentro de un marco situacional y es condicionada profundamente por tal situación. Pero también está en condición de trascender tal condicionamiento para obedecer a la verdad. La persona no es un medio, sino un fin en sí misma. La realidad a la que convoca la cultura algorítmica del filtro es la que busca disolver a la persona, vaciarla de contenido ontológico, para llenarla de likes despersonalizantes.

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Identidad y diferencia

El mundo digital de los filtros opera bajo una lógica completamente opuesta a cualquier discurso valorativo de la persona. Byung-Chul Han ha recordado que, de alguna manera, la filosofía nace de la necesidad de resolver el dilema entre la identidad y la diferencia, y la historia de la filosofía es la historia de las respuestas a este dilema. Por lo tanto, es menester de la filosofía señalar que la cultura algorítmica ha transformado la identidad en una mercancía. Han se refiere a un tipo de narrativa que pretende cambiar el estado de ánimo bajo la premisa de que este cambio solucionará un problema particular. El filtro se convierte en una herramienta de optimización de la apariencia y de eliminación de la negatividad y la vulnerabilidad, rasgos esenciales de la dignidad humana real. El «me gusta» o like se ha transformado en látigo del rendimiento.

León XIV ha venido advirtiendo con mucha fuerza sobre el terrible proceso deshumanizador que vienen tejiendo los filtros que estimulan al algoritmo en la web. “El algoritmo jamás podrá sustituir un gesto de cercanía”, señaló frente a representantes de la Confederación Médica Latinoiberoamericana y del Caribe. Siguiendo la estela de san Agustín y comprendiendo de manera muy particular el tenor de estos tiempos, estimula a no ignorar nuestro corazón, nuestra interioridad, por ir tras la búsqueda de mundos exteriores. Buscar en el corazón la potencia que haga desprender los ojos de las pantallas del teléfono para orientarlos al cielo. En el corazón están las razones que impedirán que el algoritmo escriba nuestra historia. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris

Foto: Parroquia San José Obrero – Bogotá