Tribuna

La dignidad de las cárceles de menores

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Por una tarea pastoral que hago en mi diócesis me tocó visitar una cárcel de menores. Más allá de la edad de imputabilidad que sería tema para otra columna, intenté ponerme en el lugar de los chicos que viven en ese edificio.



Chicos que, si bien cometieron delitos, la sociedad cometió delitos con ellos mucho antes al no proveerles educación, servicios básicos como agua, calles asfaltadas, erradicar el narcotráfico, trabajo digno para sus padres, tiempo para jugar, comida y asistencia médica y varios atropellos más a sus frágiles vidas de niños que no conocieron otro estilo de vida que el del lugar en donde subsistieron. Como consecuencia natural imitan costumbres, son inducidos a delinquir, son usados por ser menores y terminan en el lugar a donde fui.

Por el solo hecho de ser personas tenemos una dignidad reconocida como un derecho humano.

Este lugar de rehabilitación de menores, aunque lleve ese nombre no puede cumplirlo. Es un edificio cuadrado, hecho con cemento, con paredes grises, techos de chapa que no tienen aislantes para el frío o el calor, sectores de juego y de estudio con el mismo estilo. Mesas y bancos de cemento también grises. Lo que cambia la tonalidad es la puerta de las celdas que son negras con una pequeña mirilla.

Las celdas son una especie de pasillo de 3 por 4 metros en donde, también de color gris y de cemento hay construidos unos estantes, dos literas, una especie de escritorio del mismo estilo con capacidad para dos personas máximo y un baño. Un baño que es un hueco de cemento, con un lavabo y sin puerta ubicado colindando con las camas y enfrente del escritorio. No les niego que me impresionó mucho ese “baño”, por la intimidad, las enfermedades, los contagios, la higiene. Los 4 chicos que “viven” allí no tienen casi espacio para moverse, para estar, para aprender a separar espacios.

Carcel

El “hogar” para vivir

Escuchando a las autoridades, como en muchos de los discursos, hablaban de los profesionales que los atenderían, los educadores que los acompañarían, los adultos que los contendrían y prepararían para cuando salieran. Que no tiene por qué no ser verdad, pero a mí me seguí dando vueltas ese “hogar” de 3 por 4 que tienen para vivir.

Me preguntaba si han vivido hacinados en sus casas, ¿cómo van a aprender a vivir de otro modo?; si tienen deseos de llorar o de sentir rabia, ¿de qué modo puede vivirla en ese espacio reducido? Si no saben respetar los cuerpos de los demás y los suyos ¿cómo lo aprenderán en ese “baño”?.

No pude contenerme y les comenté a las autoridades mi preocupación y hasta llegué a decirles ¿dormirían, vivirían en un lugar como ese? ¿Irían al baño en ese “baño”? No me dieron respuestas acabadas porque no las hay. O sí la hay y es No.

La dignidad de estos chicos que queremos recuperar no está presente allí desde lo más básico, y por tanto, están afectados los derechos humanos. Al sacar esa conclusión me dije ¡qué barbaridad!

Y ahí recordé una tira de Mafalda en donde ella habla de los problemas del mundo y su amiga Susanita le dice “digamos, como dice la gente, muchas veces ¡qué barbaridad! y vayámonos a jugar tranquilas”.

Le pedí a Dios que la tranquilidad y el repetir qué barbaridad no se nos alojen en nuestros corazones.