Tribuna

Juan Pablo II y la juventud venezolana

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A mis alumnas del Mater Salvatoris

El mes de octubre está asociado a cuatro nombres vitales para mi vida. Mariela, mi esposa; John Lennon, Friedrich Nietzsche y Juan Pablo II. San Juan Pablo II asumió la Cátedra de San Pedro el 16 de octubre de 1978 para transformarse en uno de los pontificados más longevos de la historia y, muy probablemente, de mayor impacto en todos los órdenes y sentidos.



La relación que Juan Pablo II mantuvo con la juventud merece un trato muy especial. Una relación que se comenzó a forjar desde su más temprana edad como sacerdote en su Polonia natal. Una relación muy particular y entrañable que pudimos contemplar de primera mano en sus dos visitas a Venezuela.

Entre enero de 1985 y febrero de 1996, Juan Pablo II visitó Venezuela en dos ocasiones. Fue el primer papa en pisar suelo venezolano, y ambas visitas -la primera de tres días por Caracas, Maracaibo, Mérida y Ciudad Guayana; la segunda concentrada en Caracas, en vísperas del V Centenario de la evangelización del país- reservaron un momento central para encontrarse con los jóvenes en varias oportunidades, entre las más destacables las del 28 de enero de 1985 en el Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria, y el 11 de febrero de 1996 en la avenida Los Próceres.

En ambos discursos, el Santo Padre volvió una y otra vez sobre un mismo eje: la fe, la esperanza y el amor como respuesta a las preguntas que más inquietan a un joven. Guiado por esas palabras nacen estas mías que brotan cuando en Venezuela iniciamos un nuevo año escolar.

Juan Pablo Ii

Una respuesta al sentido de la vida

Antes del encuentro se había realizado una encuesta entre la juventud venezolana, y Juan Pablo II decidió estructurar buena parte de su discurso como una respuesta directa a esas inquietudes: cuáles eran sus temores y esperanzas frente al futuro, qué esperaban de la Iglesia, qué pensaban del propio Papa, qué significaba Cristo en su vida y, finalmente, qué estaban dispuestos a dar para construir una Venezuela más justa. Sus palabras brotaron a raudales, pues manaban de una fuente llena de vida. Esa fuente cantaba desde su corazón las tres bases que brindan sentido a la vida: fe, esperanza y amor.

Sobre la fe, advirtió que esta no es un añadido opcional a la vida de un joven, sino la dimensión más íntima de su propia identidad, por haber sido creado a imagen de Dios. Ante la pregunta por el sentido de la existencia, Juan Pablo II no ofreció una fórmula abstracta sino una persona: Cristo, a quien presentó como el fundamento último de la vida y como aquel en quien un joven idealista y generoso puede encontrar un punto fijo de referencia para sus decisiones.

Sobre la esperanza, señaló que, sin minimizar las vicisitudes que cada uno experimenta, pidió expresamente no resignarse, sino sostenerse en la esperanza de dejar al país un clima social, religioso y humano mejor que el recibido. Describió a la juventud, precisamente por su condición de apertura a la vida, como una fuerza volcada hacia el futuro, capaz de descubrir y de renovar; una esperanza que no es ingenuidad, sino una decisión activa de no abandonar el compromiso con la realidad.

Abrid las puertas a Cristo

Sobre el amor, insistió en que la fe en Cristo no puede quedarse en una experiencia privada. Obliga a salir del propio egoísmo y a poner las cualidades personales al servicio de los demás, sobre todo de los más necesitados. Fue en ese contexto donde apareció la idea de una civilización del amor como el tipo de sociedad que los jóvenes estaban llamados a construir. Para ello hay que abrir las puertas del corazón a Cristo. Una apertura que sirva de semilla que crecerá en cuatro ámbitos de la vida de los jóvenes que son: el valor de la vida humana, la familia, el compromiso con la sociedad y la pertenencia a la Iglesia.

Esa apertura a Cristo nos conduce a comprender a la familia como centro y corazón de la civilización del amor, pidiendo a los jóvenes prepararse para formar hogares estables y valorar el amor humano auténtico. Estamos en octubre, dando los primeros pasos de un nuevo año escolar, aceptemos el reto que nos ha lanzado la Iglesia: que nuestra vida, nuestro colegio y nuestro país sea mejor que el que en este momento recibimos. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por  Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris