Ignacio Zabala, presidente de la CONFER entre 2003 y 2005, falleció el 24 de junio, en Madrid, a los 84 años de edad y 66 de vida religiosa marianista. Cuando le eligieron por dos años en la casa de los religiosos y religiosas españoles, para sustituir a Jesús María Lecea, llamado a ser superior general de los escolapios, dijo en una entrevista a ‘Vida Nueva’: “La misión de la vida religiosa es más de testimonio, cercanía, dedicación y entrega que de grandes efectos. Uno de los riesgos de la vida religiosa es querer actuar más basándose en la fuerza de la organización y de las obras que en una opción de fondo que intenta reproducir las actitudes evangélicas de sencillez, fraternidad, cercanía a todos, búsqueda y ofrecimiento de espacios comunitarios, estilo de vida austero, atención a las necesidades de los demás, y apuesta seria por la justicia. Y todo ello como consecuencia del deseo de seguir a Jesús casto, pobre y obediente, fruto de una oración personal y comunitaria intensa y anunciando la Buena Noticia a creyentes e increyentes. Los cambios que se realicen en la vida consagrada deben favorecer estas acciones”.
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En esa misma entrevista, después de valorar la castidad como fundamental en la vida religiosa, “como un elemento central de nuestra vocación y nuestra forma de estar en la comunidad eclesial”, matizó que el celibato “no tiene esencialidad en el sacerdocio ministerial”, lo que le llevó, sin pretenderlo, a una polémica con la presidencia de la Conferencia Episcopal de entonces. “El vigor de la Iglesia no está en lo que la haría fuerte y poderosa a los ojos del mundo, sino en su deseo a la fidelidad al Evangelio”, insistía.
Nos ha dejado el testimonio de una vida entregada, al servicio de la Compañía de María, de la vida religiosa y de la Iglesia. Entre algunos rasgos de su personalidad, destacamos:
- Su gran capacidad de trabajo y la seriedad y rigurosidad en el desarrollo de este. La superficialidad no iba con él. Era muy exigente con los demás y consigo mismo. Se tomaba muy en serio el trabajo de la educación con un gran espíritu misionero, pastoral y evangelizador. Muchas generaciones de alumnos han recibido su influencia y ejemplo. Estaba convencido del papel evangelizador de todo educador. Para Ignacio, la educación fue una manera de servir a Dios y a los demás.
- Su gran coherencia de vida entre lo que decía y hacía. Gran defensor de sus ideas. Podías estar de acuerdo o no con algunas de sus ideas y planteamientos, pero era transparente. Lo que pensaba lo decía y lo vivía después en su vida. Era muy responsable en este sentido.
- Su seriedad y profundidad en la vivencia de la vida religiosa. La mediocridad no encajaba en su estilo de vida. Sentía y sufría ante la ligereza con que se planteaban muchas cuestiones sobre la vida religiosa y sobre la vida en general. Pero era valiente en decir las cosas y no se callaba. Lo que tenía que decir lo decía y era perseverante en mantener sus ideas. Se preocupaba también por la formación permanente.
- Su amor y entrega a la Compañía de María, su congregación, y a la Iglesia. Dio lo mejor de sí mismo en los distintos puestos de responsabilidad que, ciertamente, fueron muchos. Creo que no los buscó ni los rechazó, ni tuvo afán de protagonismo, siempre dispuesto a aceptar la voluntad de Dios.
Era una persona sensible a los demás, cercano, comunicativo, afectivo, sencillo, a pesar de ser un hombre muy inteligente y racional. No en vano, era doctor ingeniero de ICAI, entre otros estudios. Han sido muy numerosos los testimonios de muchas personas, agradeciendo el paso por su vida, especialmente jóvenes con los que él se relacionó.
Descanse en paz.
