La noción sufí de Sakina (la paz, serenidad o el sosiego divino que desciende al corazón) conecta de manera profunda y directa con el cristianismo a través de dos puentes principales: uno lingüístico-teológico y otro místico.
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1. El vínculo bíblico: De la Shejiná a la Sakina
El término árabe Sakina comparte la misma raíz semítica (S-K-N, que significa “habitar” o “morar”) con la palabra hebrea Shejiná (Shekhinah).
En el Antiguo Testamento, la Shejiná representa la presencia gloriosa y tangible de Dios que habitaba en el Tabernáculo o en el Templo entre los hombres.
En el Corán y la mística sufí, la Sakina es esa misma presencia divina, pero interiorizada: ya no habita en un templo de piedra, sino que desciende al corazón del creyente para traer consuelo y paz absoluta en momentos de prueba.
2. La conexión con la “Paz de Cristo”
En la experiencia mística cristiana, esta noción equivale perfectamente a lo que Jesús llamó “mi paz” (Juan 14,27):
”La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da”.
Al igual que la Sakina, la paz cristiana no es simplemente la ausencia de conflictos externos o un estado de relajación psicológica; es una paz de origen sobrenatural. Es el resultado de la inhabitación del Espíritu Santo en el alma, lo que el apóstol Pablo describió como “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4,7).
Puntos de encuentro en la práctica
Tanto para un místico sufí (a través del dhikr o recuerdo constante de Dios) como para un místico cristiano (a través de la oración contemplativa o quietud), la verdadera paz interior se alcanza por la renuncia al ego y la rendición absoluta a la voluntad divina.
En ambos caminos, la paz no es algo que el ser humano construye, sino un regalo, una gracia divina que se recibe cuando el corazón se silencia para dejar espacio a la presencia de Dios.

