Tribuna

Dialogando… con la identidad

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1.     En la vida cotidiana

Cuando nos presentamos ante quien no nos conoce, manifestamos nuestra identidad. En primer lugar, con un verbo (soy), luego aquel vocablo que nos identifica (nombre, profesión, etc.). Cuando transitamos por algún lugar y alguien nos reconoce, pronuncia una palabra con la que identifica nuestra presencia en su vida. Cuando nos presentamos ante familiares desconocidos, pero que reconocen a nuestros progenitores, nos identificamos con “soy/somos hijo/s” de tal o cual persona. En algunas oportunidades, nos lucimos como los que conocimos a una persona muy significativa o que tiene su importancia en la vida de alguna comunidad, familia, sociedad, etc.



La identidad, por un lado, revela lo más profundo de nuestra existencia y, por otro, nos vincula con dimensiones comunitarias, familiares, sanguíneas, etc., y hasta nos hace vivir como “enanos en hombros de gigantes” porque nos referimos a la grandeza de aquellas que nos han forjado.

En la experiencia humana, más allá de lo afectivo, la identidad o filiación es un vínculo indestructible porque en esa ligazón no existe el “ex”. Nadie puede ser ex hijo de alguien, allende de las maneras de relacionarse que, en algunas oportunidades, puede ser bastante deficientes y hasta traumáticas. Nadie, en su sano juicio, puede afirmar “ya no soy”, porque no se puede negar la misma existencia. Quizás pueda haber disconformidad con algún aspecto de la vida, de la historia y de las condiciones que fueron jalonando nuestra manera de ser, pero el “soy”, no lo podemos negar.

La pregunta existencial, ¿Quién soy?, pareciera que tiene respuesta.

2.     En la fe cristiana

El VI domingo de Pascua, en las lecturas podríamos contemplar esa perspectiva de la “identidad”. A Felipe se lo reconoce por anunciar a quien ha conocido y presentarse como un testigo. Los otros se regocijan porque, aquel a quien habían visto y oído, está suscitando alegrías y conversiones. El evangelista Juan presentaría una cierta identidad, presencia y permanencia entre quién ha convocado, el mensaje anunciado y la persona que sostiene en el anuncio, de tal manera que uno está en otro y eso otro incluye a los demás: “Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes” (Jn. 14, 20)

El Mesías resucitado y nacido en Palestina, propone un paradigma que rompe con el modelo social, político y religioso de su época. Él nos recapitula en el Dios que sostiene, nutre y crea un nuevo linaje: Hijos y herederos del Dios Padre/Madre. El Nazareno hace evidente que Yahveh se relaciona con las personas desde el amor, no desde el temor y la obediencia. Los descendientes del Abba/Imma somos hijos porque la esencia de Dios es ser padre/madre, es decir, no lo somos porque cumplimos un rito o porque seamos obedientes a preceptos, normas religiosas u órdenes jerárquicas.

La certeza de fe se manifiesta plenamente en Jesús, el hijo de María y José, quien por su Encarnación se identifica con nosotros (Concilio Vaticano II – GS, 1965)(# 22) y por el misterio Pascual esa participación llega al cenit, porque nos hace consortes del Reino de Dios (Concilio Vaticano II – DV, 1965)(# 2) y, por lo tanto, herederos.

Esta perspectiva se hace palpable en la vida creyente por la presencia del “Otro Paráclito” y hasta brindaría una comprensión desde el cariño porque la sucesión no se daría por una adhesión religiosa, sino que se hace fecunda en la caridad porque estamos asociados al Misterio Divino que nos rodea porque “en él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos poetas de ustedes: Nosotros somos también de su raza” (Hchs. 17, 28).

Dialogando Con La Identidad II

3.     En la práctica pastoral

Para los cristianos, en el Nazareno toda la creación goza de la herencia pascual. Él con su muerte, pasión y resurrección cambia la perspectiva sobre los misterios que en sí mismo se entrelazan: el divino, creación y humano. Desde el resucitado el ser humano es hijo amado y redimido, por lo tanto, creemos, anunciamos y celebramos que el Reino de Dios Abba/Imma nos restaura, nos hace partícipes en él, nos hace herederos.

Somos creyentes en la redención realizada por amor y gracia, no como un premio. Estar inmersos en Cristo (ustedes están mí y yo en ustedes) nos dinamiza, por la acción del Espíritu, para descubrir y realizar nuestra vocación, suscitando vida, acompañando a todos especialmente a los débiles y sufrientes.

Aunque algunos digan, “nos ponemos en presencia”, el Resucitado nos dice “viven en mi”. Vivir en el amor de Dios, es interiorizar esa dimensión en la cual todo está impregnado por él, porque la Trinidad está en relación con su creación como el autor lo está con sus obras (de Aquino, Tomás, 2008) (17, 91, a. 1). Es necesario aclarar que no hablamos de panteísmo (todo es Dios) sino panenteísmo (todo en Dios).

Un núcleo fundamental para percibir que la vida en el espíritu es inspirada en el testimonio del Evangelio es que somos hijos del Dios Padre/Madre. Esta filiación es pura gracia y es consecuencia del mismo misterio trinitario que se revela. En Dios esta experiencia es la manifestación de su propio ser y dado que él es así, las creaturas amadas somos sus hijas. Lo más maravilloso es que no depende de la decisión humana, sino que es un don teologal: somos hijos gracias a la ternura del misterio divino, dejándonos vivir en la libertad, que siendo sus hijos nos deja construir nuestro propio destino.

La vida en Dios, es decir, la espiritualidad es expresión de fe en la Trinidad, que es ternura y compasión.

Desde aquí podemos intuir que para Dios no hay jerarquía de personas, somos todos hijos, nadie tiene el derecho de exigirles a los demás un trato superior por un título honorífico dado por determinados grupos o funciones, porque el honor más noble que todos tenemos es ser hijos y miembros de la misma familia humana (Ef. 2, 19; 4, 6), participación que es inquebrantable.

En la vida de fe, la fragilidad y pecado, puede dañar la relación con Dios, pero no rompe ontológicamente el don que él ha realizado.
Ayer, hoy y siempre, Jesús es el Señor que con su encarnación elevó nuestra dignidad a una realidad inimaginable.
Ayer, hoy y siempre, el otro Paráclito nos hace vivir en él y él en nosotros.
Ayer, hoy y siempre, el Padre/Madre del Reino, es amor.
Ayer, hoy y siempre, somos hijos amados, inmersos en la Trinidad y ella suscitando vida en nuestra vida, incluso “cuando todo está oscuro”.
Ayer, hoy y siempre, la fe cristiana valora y respeta la dignidad humana, por encima de toda opción religiosa.
Ayer, hoy y siempre, la pastoral cristiana no tiene castas, ni ghettos, ni mucho menos “mentalidad de privilegiados”.
Ayer, hoy y siempre, como iglesia nos vivimos servidores de la humanidad (Pablo VI, Discurso de clausura CVII, 1965) y no queremos que la humanidad sea servidora de ninguna estructura religiosa, política o partidaria.
Ayer, hoy y siempre, la pastoral de la iglesia respeta las respuestas libres de las personas, y no exige actividades que atenten contra la dignidad de hijos, de miembros de una familia, de la vocación laical, matrimonial, esponsal, amical, etc.
Ayer, hoy y siempre, la pregunta ¿Quién soy?, encuentra en la vinculación de filiación, participación, fraternidad la respuesta que nos plenifica.

¡Quién soy, quiénes somos, solo encuentran respuesta en aquel misterio que nos hace vivir y gozar de su amor!

Feliz Pascua desde la Vida Nueva. ¡Felices desde este misterio gozoso de un Dios Viviente y vivificador, que “sigue haciéndose historia en medio de nosotros” (De Vos, Frans – ICD, 1983).

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Trabajos citados

Concilio Vaticano II – Dei Verbum (1965). Obtenido de https://www.vatican.va/
Concilio Vaticano II – Gaudium Et Spes (1965). Obtenido de https://www.vatican.va/
de Aquino, Tomás. (2008). Comentarios a las Sentencias. Pamplona: EUNSA.
De Vos, Frans – ICD. (1983). La alegría de la fe para un mundo en cambio. Lomas de Zamora: Junta Catequística Diocesana.
Pablo VI, Discurso de clausura CVII (1965). Obtenido de https://www.vatican.va/