Con estas líneas inicio un nuevo año. Unas líneas sobre el amor. Unas líneas sobre la dinámica que despierta el amor cristiano. En Dilexi Te, León XIV hace una de las definiciones más hermosas sobre el amor cristiano que haya podido leer.
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Muy hermosas, sí, pero comprometedoras, radicalmente contrarias a la dinámica que nos presenta el mundo. Unas líneas que hablan del amor no como simple emoción, a lo que nos empuja la realidad de estos tiempos, sino como una fuerza ontológica que altera la realidad física y espiritual.
Escribe León XIV: «El amor cristiano supera cualquier barrera, acerca a los lejanos, reúne a los extraños, familiariza a los enemigos, atraviesa abismos humanamente insuperables, penetra en los rincones más ocultos de la sociedad. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, hace milagros, no tiene límites: es para lo imposible.
El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino solo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy».
La Alquimia de la alteridad
El Evangelio nos exhorta a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer el bien a los que nos aborrecen y orar por los que nos ultrajan y nos persiguen (cfr. Mt 5,44). El cristianismo propone un nuevo concepto, radicalmente distinto al de la simple otredad.
Nos habla de prójimo, una nueva manera de comprender al otro, fundamentalmente a aquel que, como señala Mateo, nos maldice y persigue. «El señor ama a todos los hombres y tiene piedad de ellos» esta frase de San Silvano del Monte Athos es el mejor resumen de sus escritos. Se sentía y se sabía realmente amado y perdonado por el Señor. Esta convicción lo ayudó a aceptar la posibilidad de amar al enemigo, pues es la única prueba infalible de que Dios está en nosotros.
Por su parte, santos como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Lisieux nos ofrecen, en cierta medida, una clave psicológica y espiritual práctica: el amor desarma el odio. Ambos vivieron la amargura de sentir cómo sus propios hermanos atentaban constantemente contra ellos.
Quizás lo comprendamos siguiendo un poco la huella de San Agustín quien sostenía que, si queremos ser felices, debemos ser misericordiosos. Si hemos sufrido el mal, nos toca perdonarlo para, al menos, no ser como ellos. San Máximo Confesor nos invita a no decir que odiamos al hermano, pero amamos a Dios. Comprende que quien odia a su hermano se separa del amor de Dios. No hay camino hacia el amor de Dios que no pase por el amor al prójimo, incluso si ese prójimo es nuestro enemigo.
La Geografía del Abismo
No nos engañemos. Escribir esto es sencillo. Llevarlo a la práctica existencia supone saltar un abismo, pero el amor nos permite, según señala León XIV, saltar cualquier abismo que parezca humanamente insuperable. Quizás, el abismo más complejo que nos toca superar es el de la noche oscura; así suele ser representado por la mística. El amor no evita el abismo, lo atraviesa. Pienso aquí en el término kenosis, de kenoo,-o, que significa desocupar, dejar vacío, evacuar. Concepto que significa el «vaciamiento» de sí que realizó Jesucristo insertándose en la historia de los hombres, hasta pasar por la experiencia de la muerte de cruz.
Para que el amor llegue a los «rincones más ocultos de la sociedad», debe descender. La mística de esta cita propone que la luz más brillante no es la que se queda en el cielo, sino la que desciende a los infiernos personales y sociales para iluminarlos desde dentro.
El amor es el puente que se sostiene sobre el vacío, sobre el abismo. Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, habló de entrar en la oscuridad de Dios soltando las seguridades humanas: «Ir a Dios significa subir a la Cruz. Naturalmente, el ser humano se rebela ante el sufrimiento. Solo la gracia puede hacer que se abrace lo que la naturaleza rechaza». De esto se trata el abandono total a Dios, máxima expresión de amor y de quiebre con la racionalidad de este mundo. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris