Hay lugares del mundo donde la Iglesia cabe todavía debajo de un árbol. Una mesa cubierta con un paño limpio hace de altar, unas tablas sirven de bancos y el camino que lleva hasta allí no aparece en ningún mapa que nosotros consultemos. Alguien ha caminado varias horas para llegar a la Eucaristía. Una madre sostiene a su hijo mientras espera el bautismo. Un catequista lleva semanas manteniendo unida a la comunidad porque el sacerdote sólo puede visitarla de tarde en tarde. Nadie habla de estrategias de posicionamiento, de índices de participación o de recuperación de influencia social. Allí, con una pobreza que no conviene idealizar porque demasiadas veces significa sufrimiento e injusticia, ocurre algo que interpela profundamente a nuestras Iglesias acomodadas: unas personas siguen creyendo que encontrarse con Jesucristo merece un camino, una espera, una entrega y, algunas veces, una vida entera. Quizá el centenario de la Jornada Mundial de las Misiones (en adelante DOMUND) deba comenzar precisamente allí, no en el archivo donde guardamos cien años de historia, sino delante de esa comunidad que, sin saberlo, nos pregunta qué hemos hecho nosotros con el Evangelio recibido.
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La Jornada Mundial de las Misiones cumple cien años en 2026. Un siglo después de que Pío XI instituyera aquella jornada universal, el DOMUND pertenece ya a la memoria católica de varias generaciones. Muchos recordamos las huchas, los sobres, los carteles, las historias de lugares cuyos nombres costaba pronunciar y aquellos rostros de misioneros que ensanchaban la geografía de nuestra fe. Sería injusto mirar todo eso con suficiencia desde el presente. Aquella pedagogía sencilla enseñó a millones de católicos algo teológicamente enorme: que la parroquia propia no agotaba la Iglesia, que el sufrimiento de una comunidad situada a miles de kilómetros también nos concernía y que la fe recibida incorporaba una responsabilidad hacia quienes todavía no conocían a Cristo. Sin embargo, un centenario cristiano no puede limitarse a agradecer el camino recorrido. La memoria, cuando es verdaderamente evangélica, no nos instala en el pasado, sino que nos obliga a responder por el presente. Y cien años de DOMUND nos colocan delante de una pregunta que quizá resulta más incómoda que cualquier estadística sobre vocaciones o colectas: ¿seguimos creyendo de verdad que la misión pertenece al centro de la vida cristiana o la hemos convertido, casi sin advertirlo, en una hermosa especialización dentro de la Iglesia?
La misionología católica lleva décadas recordándonos que la misión no comienza en una necesidad de expansión eclesial ni en un programa pastoral bien diseñado. Comienza en Dios. El Concilio Vaticano II lo expresó con una profundidad que todavía no hemos terminado de asumir cuando afirmó en Ad gentes que la Iglesia peregrina es misionera por su propia naturaleza porque procede de la misión del Hijo y del Espíritu Santo según el designio del Padre. Antes de nuestros proyectos está la iniciativa de un Dios que sale de sí, que se comunica, que entra en la historia, que toma carne, que habita nuestras heridas y que busca al ser humano antes de que el ser humano sepa siquiera que está siendo buscado. La misión, por tanto, no es una actividad que añadimos a una Iglesia ya constituida, como se añade un departamento a una organización. Pertenece a su ser. Una Iglesia que dejara de sentirse enviada podría conservar liturgias, edificios, patrimonio, estructuras, reuniones e incluso una cierta relevancia pública, pero comenzaría a perder lentamente la comprensión de sí misma, porque no se puede permanecer en Cristo sin participar de alguna manera en su envío.
Tal vez por eso el centenario del DOMUND debería ser menos confortable de lo que solemos imaginar. No basta con preguntarnos cuánto damos para las misiones; tenemos que preguntarnos cuánto hay de misión en la forma concreta de vivir nuestra fe. No basta con admirar a quienes dejaron su tierra; necesitamos examinar las inmovilidades que nosotros hemos convertido en normalidad. No basta con escuchar durante octubre el testimonio emocionante de una religiosa, de un sacerdote o de una familia misionera, colaborar generosamente y regresar después a una existencia cristiana que apenas se siente responsable de la transmisión de la fe. Hemos construido, sin pretenderlo, una peligrosa división del trabajo eclesial: hay cristianos que van y cristianos que ayudan a quienes van. El Evangelio, sin embargo, no conoce bautizados espectadores. Conoce discípulos misioneros, y el discípulo misionero es alguien alcanzado por Cristo para ser enviado de una manera concreta allí donde su vida sucede.
Una misión necesaria
Esta cuestión adquiere especial densidad en el centenario porque nuestra geografía misionera ha cambiado. Durante demasiado tiempo hablamos de “países de misión” con una simplicidad que ya no explica la realidad de la Iglesia universal. La misión ‘ad gentes’ continúa siendo necesaria y sería un grave empobrecimiento diluirla hasta hacer que todo significara misión y, por tanto, que nada la significara de manera específica. Siguen existiendo pueblos donde el Evangelio apenas ha sido anunciado, Iglesias jóvenes necesitadas de recursos y comunidades que requieren la presencia estable de sacerdotes, consagrados, laicos y familias capaces de entregar años o la vida entera. Pero mientras reconocemos esa necesidad tenemos que aceptar también que las antiguas direcciones se han cruzado. África, Asia y América Latina ya no son simplemente territorios receptores de misioneros europeos. Sus Iglesias envían evangelizadores, sostienen comunidades occidentales envejecidas, producen teología, generan vocaciones y ofrecen experiencias de fe que cuestionan nuestra fatiga espiritual. Europa, que durante siglos envió misioneros al mundo, se descubre ahora necesitada de ser evangelizada y, en no pocos lugares, aprende a recibir el Evangelio pronunciado con otros acentos.
Esta reciprocidad no disminuye la misión, sino que la purifica. Nos ayuda a comprender que evangelizar jamás pudo significar exportar una cultura religiosa ni trasladar al otro nuestras formas occidentales de comprenderlo todo. La misión cristiana no consiste en llevar a Dios a lugares donde supuestamente estaba ausente, porque el Espíritu no necesita nuestro pasaporte para precedernos. El misionero llega a una historia que Dios ya ama, a una cultura donde el Espíritu puede haber sembrado preguntas, búsquedas, gestos de fraternidad y deseos de trascendencia mucho antes de su llegada. Por eso la misión auténtica exige escucha, humildad, aprendizaje, inculturación y una disposición real a ser transformados por aquellos a quienes hemos sido enviados. Pero esta necesaria humildad tampoco puede convertirse en una retirada vergonzante del anuncio. El respeto al otro no exige esconder a Jesucristo. El diálogo no alcanza su madurez cuando cada uno oculta aquello que sostiene su vida, sino cuando puede ofrecerlo sin imposición, con libertad, verdad y amor. Una Iglesia que, por miedo a incomodar, terminara avergonzándose de pronunciar el nombre de Jesús podría seguir realizando una admirable acción social, pero habría renunciado a entregar aquello que considera su tesoro más profundo.
Aquí las Obras Misionales Pontificias tienen ante sí una tarea decisiva que el centenario debería poner todavía más de relieve. Su misión no puede medirse sólo por la extraordinaria red de cooperación económica que sostienen, aunque esa ayuda continúe siendo imprescindible para miles de comunidades. Las OMP son, o deberían ser cada vez más, una gran escuela de universalidad eclesial. Frente a una época tentada por el repliegue identitario, la fragmentación y la construcción de pequeñas comunidades autorreferenciales, nos recuerdan que “católico” no es un adjetivo decorativo. Ser católico significa aprender a sufrir y alegrarse con Iglesias que probablemente nunca visitaremos, reconocer como propio el futuro de comunidades cuyos nombres desconocemos y comprender que la ofrenda de una persona sencilla en una parroquia española puede formar parte de la misma historia de gracia que el trabajo de un catequista africano, la vocación de una religiosa asiática o la perseverancia de una pequeña comunidad cristiana amenazada por la violencia. La cooperación misionera no compra la misión de otros para evitarnos la nuestra; expresa sacramentalmente que la misión es de todos.
De Francisco a León XIV
En ese camino, el pontificado de Francisco dejó al DOMUND y a toda la conciencia misionera de la Iglesia una aportación que este centenario no debería reducir a una sucesión de lemas. Francisco devolvió con especial insistencia la misión al bautismo y, por tanto, a la vida ordinaria de cada cristiano. Cuando convocó el Mes Misionero Extraordinario de octubre de 2019 bajo aquellas palabras, “Bautizados y enviados”, no estaba proponiendo una campaña más, sino corrigiendo una comprensión demasiado estrecha de la misión: antes de preguntarnos quién parte hacia territorios lejanos, había que recordar que cada bautizado ha sido incorporado a una existencia enviada y que, en expresión especialmente querida por él, no sólo realizamos una misión, sino que nuestra propia vida puede llegar a ser misión. A Francisco le debemos también haber unido con enorme fuerza la missio ad gentes a aquella “Iglesia en salida” que atravesó todo su magisterio, liberando el anuncio tanto de cualquier tentación de proselitismo como de la comodidad de una pastoral encerrada en quienes ya están dentro. Evangelizar significaba para él salir hacia los cruces de los caminos, acercarse sin superioridad, escuchar, acompañar y ofrecer a Cristo con la gratuidad de quien comparte una alegría recibida, pero sin esconder el nombre de Aquel que origina esa alegría. También pidió a las Obras Misionales Pontificias creatividad, renovación y fidelidad a su razón más profunda, recordándoles que no existen únicamente para sostener económicamente las misiones, sino para mantener despierta en todos los bautizados la conciencia de que la Iglesia entera vive enviada. Quizá ésa sea una de las herencias que este centenario debe custodiar con mayor cuidado: Francisco nos enseñó que la periferia no es sólo un lugar al que la Iglesia acude, sino el lugar desde el que muchas veces vuelve a comprender el Evangelio y a comprenderse a sí misma.
León XIV ha elegido para esta centésima Jornada el lema ‘Uno en Cristo, unidos en la misión’. Conviene detenerse en su orden, porque contiene una auténtica hoja de ruta eclesial. Primero Cristo, después la misión; pero precisamente porque Cristo está primero, la misión resulta inevitable. La unidad cristiana tampoco aparece como una estrategia para funcionar mejor, sino como consecuencia de permanecer en Él y como condición de credibilidad del anuncio. En una Iglesia donde también existen polarizaciones, desconfianzas, etiquetas y luchas internas que consumen una cantidad desproporcionada de energía, el centenario obliga a formular una pregunta incómoda: ¿cómo vamos a anunciar la reconciliación a un mundo fracturado si nuestras comunidades convierten cada diferencia en una frontera? La comunión no es una tregua para que podamos evangelizar después. Ya es misión cuando permite ver que hombres y mujeres distintos pueden pertenecerse mutuamente en Cristo sin necesidad de convertirse en copias unos de otros.
Pablo VI escribió en ‘Evangelii nuntiandi’ que evangelizar constituye la identidad más profunda de la Iglesia. Juan Pablo II añadió en Redemptoris missio que la misión renueva la Iglesia y fortalece la fe precisamente cuando ésta se entrega. Ambas afirmaciones merecen ser escuchadas en 2026 no como venerables citas del Magisterio, sino como diagnóstico de nuestra situación. Quizá una parte del cansancio de nuestras comunidades no proceda solamente de la secularización, de la disminución numérica o de la falta de vocaciones. Quizá nos cansamos también porque dedicamos demasiadas fuerzas a sostenernos y demasiado pocas a entregarnos. Una Iglesia permanentemente ocupada en garantizar su propia continuidad termina exhausta; una Iglesia que se sabe enviada descubre que su futuro no depende exclusivamente de conservar lo que posee, sino de permitir que el Evangelio engendre aquello que todavía no existe.
Y después del centenario, ¿qué?
Por eso el centenario debería descender hasta las preguntas concretas. Tendría que obligar a una diócesis a revisar cuántas de sus mejores energías se destinan realmente al anuncio; a una parroquia, a preguntarse si toda su programación está pensada para quienes ya conocen sus horarios; a una comunidad religiosa, a discernir qué fronteras humanas continúan esperando su carisma; a nuestras cofradías, asociaciones, movimientos y colegios, a comprobar si la fe que custodian está produciendo discípulos misioneros capaces de servir y testimoniar; y a cada bautizado, a dejar de considerar la evangelización como una competencia reservada a personas especialmente preparadas. Una sociedad puede alejarse de las instituciones religiosas y seguir teniendo hambre de sentido, de perdón, de pertenencia, de una esperanza que no sea simple optimismo. La pregunta no es solo por qué tantos ya no vienen. La pregunta misionera es si nosotros estamos dispuestos a ir, a escuchar antes de hablar, a permanecer cuando desaparece la novedad y a compartir el Evangelio no como quien impone una respuesta, sino como quien ha encontrado una fuente y no acepta beber solo.
Dentro de unos meses terminará el centenario. Se archivarán fotografías, memorias, celebraciones y materiales. Pero aquella comunidad reunida debajo de un árbol seguirá esperando la Eucaristía; un catequista continuará enseñando el Evangelio en una lengua que nosotros nunca escucharemos; una misionera se levantará de madrugada para acompañar una vida herida; un joven de alguna Iglesia que durante años consideramos “de misión” sentirá que Dios le pide venir a evangelizar nuestras ciudades, y quizá en una parroquia cercana a nosotros alguien seguirá pensando que la misión consiste fundamentalmente en entregar un sobre una vez al año. Entonces sabremos si hemos celebrado de verdad cien años de DOMUND o únicamente hemos celebrado que han pasado cien años.
Las Obras Misionales Pontificias pueden ayudarnos a que este aniversario no termine convertido en una conmemoración impecable y estéril. Pueden hacer algo mucho más importante: devolver la misión al lugar del que nunca debimos desplazarla, el corazón de la vida cristiana. Porque el problema decisivo del próximo siglo del DOMUND no será solamente conseguir que haya suficientes recursos para los territorios de misión, ni siquiera lograr que continúen surgiendo hombres y mujeres dispuestos a partir. El desafío será que cada comunidad cristiana vuelva a comprender que ha sido convocada para ser enviada y que cada bautizado reconozca en su propia vida un territorio confiado por Dios.

Cien años después, quizá el DOMUND no necesite que hablemos más de misión, sino que permitamos que la misión cuestione nuestra manera de ser Iglesia. Si este centenario nos deja exactamente donde estábamos, habremos honrado una historia sin dejarnos convertir por ella. Pero si consigue que alguna parroquia abra una puerta que mantenía cerrada, que alguna comunidad abandone una comodidad, que una diócesis arriesgue personas y recursos, que un joven se pregunte seriamente si su vida puede ser entregada ad gentes, que una familia descubra su vocación evangelizadora o que cualquiera de nosotros deje de mirar el mandato de Cristo como dirigido siempre a otro, entonces estos cien años habrán recuperado toda su fecundidad.
Porque la misión no comienza cuando alguien cruza un océano. Comienza cuando la Iglesia deja de preguntarse cómo conservarse y vuelve a preguntarle a Cristo dónde quiere enviarla. Y quizá, al cumplir cien años el DOMUND, esta sea la pregunta que no deberíamos atrevernos a esquivar.
