Querida Iglesia en España. Querido Pueblo de Dios. Queridos pastores. Queridos hermanos, hermanas, hermanes:
Les escribo con el corazón en la mano, no desde la frialdad de las teorías, sino desde mi propia vivencia en los bancos de nuestras parroquias. Soy un laico católico y soy una persona LGTBIQ+. No es fácil escribir esto; a veces el dolor me ha tentado a dar un paso atrás y marcharme de la Iglesia. Pero sigo aquí porque amo a Cristo, amo su Palabra y reconozco a esta Iglesia como mi madre, incluso cuando me hiere y sufro el dolor del rechazo en primera persona.
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El dolor del rechazo en primera persona
Muchas veces me he sentido como aquel ciego del Evangelio en el camino de Jericó (Lucas 18, 35-43). Mientras buscaba a Jesús con desesperación, las multitudes que lo rodeaban me mandaban callar y me empujaban a la orilla del camino, juzgando mi realidad. He escuchado homilías que me desgarraban el alma y he cargado con el peso del silencio por miedo a ser expulsado de las tareas parroquiales y eclesiales que desempeñaba hasta hace unos años. Mi presencia comprometida en la Pastoral para la Diversidad Sexual (PADIS) en Canarias han provocado presiones clericales para forzar el abandono de las tareas que desempeñaba: pastoral de la salud, coordinación de la liturgia, formación, animación catequética… No forzar tensiones dentro de la comunidad hizo que abandonara todas mis tareas, que desempeñaba con ilusión y mucho esfuerzo, sin que nadie me cuestionara antes de significarme activamente en PADIS Canarias. Y lo asumo con dolor pero sin abandonar mi presencia en mi parroquia y en mi Iglesia, con el ánimo y la confianza que han supuesto los gestos y la enseñanza del papa Francisco.
Sin embargo, me niego a creer que el Evangelio sea un club exclusivo. Recuerdo las palabras del papa Francisco en Lisboa, que resonaron en mi alma como agua en el desierto: “En la Iglesia hay espacio para todos, todos, todos. Ninguno sobra, ninguno está de más”. Dios no hace acepción de personas; su amor no exige que mutilemos nuestra identidad para ser abrazados.
El terreno donde cae la semilla y el oasis de Chipiona
Al mirar mi historia, no puedo evitar pensar en la Parábola del Sembrador (Mateo 13, 1-23). Dios ha sido generoso y ha derramado con amor la semilla de la fe en mi vida. Sin embargo, muchas veces las estructuras eclesiales, la incomprensión y las palabras de rechazo actúan como esos pájaros que intentan arrancar la semilla del camino, o como el sol abrasador que seca los brotes porque se nos niega la tierra fértil de una comunidad que nos sostenga. Frente a esa aridez, he tenido el inmenso regalo de experimentar lo que ocurre cuando la semilla cae en buena tierra. En el mes de septiembre de 2025, en el Jubileo de cristianos LGTBIQ+ en Roma, he vivido un Pentecostés real. Allí, compartiendo la oración, los sacramentos y la vida con tantos hermanos y hermanas de todo el mundo, descubrí que no estoy solo.
Igualmente, los anteriores encuentros de Chipiona (14 hasta el momento) han sido un oasis de sanación donde hemos podido llorar, cantar y celebrar nuestra fe sin esconder lo que somos. Los laicos LGTBIQ+ no queremos ser terreno pedregoso ni zarzas; queremos dar frutos de amor, de fidelidad y de servicio. Jesús nos enseñó un criterio claro: “Por sus frutos los conocerán” (Mateo 7, 20). Esos frutos son reales, comunitarios y nacen del mismo Espíritu Santo. Por ello, este año, en los próximos días 9 al 11 de octubre, deseamos que esos frutos del Espíritu sean en modo sinodal, aportando propuestas sinodales a la pastoral, al acompañamiento, a la acogida y a la educación desde la perspectiva de las personas LGTBIQ+, además de iniciar un trabajo en red de todas las asociaciones que trabajan en España y en Portugal por la realidad, la integración y la plena presencia de las personas diversas en la Iglesia.
Por eso nos aferramos con esperanza a la gran intuición de Francisco. Él nos ha recordado de forma constante que “la Iglesia es un hospital de campaña tras una batalla”. En un hospital de campaña no se le pregunta al herido el origen de sus heridas antes de curarlo, ni se le exige un certificado de salud para atenderlo. Se le limpia la sangre, se le venda y se le abraza. Como dijo el Papa a través de documentos como ‘Fiducia supplicans’, cuando alguien pide una bendición se bendice a las personas porque la Iglesia no es una aduana, sino una casa paterna. Experiencias como las de Chipiona demuestran que ese hospital de campaña ya existe y salva vidas de verdad.
Un llamamiento fraterno al diálogo
Agradezco infinitamente a los sacerdotes y comunidades (como PADIS Canarias, que este año organiza el encuentro de Chipiona el próximo mes de octubre) que ya traducen el Evangelio en gestos de acogida pura. Pero necesitamos que toda la Iglesia en España dé este paso.
XIV Encuentro de creyentes LGTBIQ+ en Chipiona. Foto: Vida Nueva
Les ruego: sienten a la mesa con total plenitud a las personas LGTBIQ+, que ya no estamos en la periferia de la Iglesia porque nos sentimos con los derechos de los hijos e hijas de Dios, así como Jesús cenaba con los excluidos de su tiempo (Marcos 2, 15-17). Escuchen nuestras historias antes de juzgarlas.
Sean verdaderos médicos de campaña: que el Catecismo se aplique desde el “respeto y la delicadeza”, sanando las heridas que las pseudoterapias y los discursos de odio han dejado en nuestros corazones y que han provocado que muchos y muchas hayan huido del seno de la Madre Iglesia .
Preparen la tierra para la siembra: permitan que la semilla que Dios plantó en nosotros, nosotras y nosotres crezca en libertad, llevando el espíritu de comunión que vivimos en Chipiona a cada rincón de nuestras diócesis.
Termino mis palabras con la misma audacia con la que el ciego gritó a Jesús. No dejen de escucharnos. Queremos caminar juntos (hacer sinodalidad real) para construir una Iglesia en España y en Portugal que no arroje piedras, sino que tienda puentes y cure los corazones heridos.
Fraternalmente, en el amor de Cristo Jesús.
