Tribuna

Amor y lenguaje

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Cuando se intenta dimensionar el Amor de Dios la razón y el arte se quedan sin aliento. Ese querer atraparlo con palabras y traducirlo o interpretarlo, ese desear ponerle nombre a lo inasible. Desborda por completo. No alcanza el Cantar de los Cantares con la implícita verdad y sabiduría de los amantes. Tampoco alcanza la poesía escrita es su totalidad por la humanidad entera en toda su historia.



Frente a su inmensidad, cualquier metáfora resulta tibia y los poemas más hondos se descubren incompletos. Nada de nuestro lenguaje humano alcanza para decir el Amor de Dios.

Ante la magnitud de este don, todos nuestros esfuerzos se agotan a las primeras palabras. La gramática del mundo no está hecha para contener lo infinito. No existe un lenguaje conocido que celebre la Gracia más que la Gracia misma.

El Amor de Dios –que es Amor– es una experiencia viva que supera cualquier intento de explicación atada al pensamiento, sea este más o menos sutil, más o menos erudito. Ninguna teología ha podido explicar la trascendencia que lo habita.

La justicia del Amor se implanta allí donde el amor nace. No hay nada en este mundo que pueda con ella. Porque nace en y del amor mismo. Y juntos son en sí mismos también lo necesario, que es la Verdad viva, donde nace y se levanta la Paz.

Peregrino y fundador

No somos nosotros –personas humanas sedientas hasta el fin por una vida en el espíritu– quienes desciframos el misterio. Sólo nos dejamos abrazar por Él. Paso a paso, vamos buscando un pentagrama que nos descifre el alma cuando nos sentimos tan amados. Y también como infantes desbocados despertando a la vida.

Nos hizo únicos y se dona único. Este Amor sólo puede ser vivido en primera persona. Cada ser es la vía real al conocimiento del Absoluto. No hay ejercicio especulativo que pueda formalizarlo. Ni los grandes poetas y místicos de toda la historia han podido llevar a otros al conocimiento del Amor de Dios, mal que nos pese ante la mismísima Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz. Los reconocemos mistagogos santos y valientes en su afán por transportar sus vivencias ante el misterio.

Sin embargo, nos rendimos ante la evidencia. El Amor de Dios está dado por un tránsito siempre nuevo cuando se inclina y se revela ante cada persona. Él es un rastreador empedernido que desea sellar muchas alianzas.

El Hijo Prodigo

Él va como peregrino encendido de certezas inimaginables. Desde el arco iris que fue el signo de la alianza primera –la que “estableció con todos los seres vivientes para todos los tiempos futuros”– hasta el anillo en el que llevo su nombre escrito, va encontrando corazones que se quieran asemejar al suyo para darlo.

Siempre amante deseoso de que nuestro amor tan humano pueda alguna vez reflejar la magnificencia de su belleza y la impostergable verdad que su corazón manifiesta.

Nos dejamos mirar y fundar por Él. Nos dejamos ser pobres y humildes porque nos eligió la Palabra.

En primera persona

Dijo el poeta que “nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño”. (*) Insondable realidad a la que no podemos llegar sino a través de una vida en el espíritu.

Señor: es en el instante de los sueños donde te sé y tengo. En ese espacio donde la eternidad abre juego para sernos. Allí donde se alzan nuestros cuerpos en el último gesto y alientan nuevas formas en los cielos.

Inalterable el sueño en su esencia donde actúa el Amor de Dios para decirnos que, lo nuestro, será siempre más allá de las palabras.

Desde este lado de la trama, me desgarra la insoportable certeza de no alcanzar nunca la palabra exacta. Transito una existencia movediza y extranjera que busca desesperadamente abrazar una estadía, un destino o un descanso. Camino en la escritura de los versos. Hilvano el infinito como un hilo delgado que sostiene a la nada.

Cuando el barro de la tormenta se vuelve trono o locura, tu Amor me invita a subir a la ternura, abrigada en la pobreza y en la pureza encontrada. Tu gloria se manifiesta entonces como un reparo y una choza, un fuego a la sombra que da abrigo contra la tempestad y la lluvia y transforma la oscuridad en un estallido de luz con tu mirada.

La palabra ya no puede decir nada. Es una pisada donada de silencios, un camino en el alba donde la verdad se refleja en el agua y nuestra transparencia se vuelve Tu morada.

Le exijo cerrarse a las pestañas para que me veas otra vez y otra vez nueva, desterrando toda similitud con una muerte anticipada. Ya no soy un recuerdo inútil, sino criatura amanecida, atada y libre. Llego leve y eterna para tus ojos. Me acomodo en el instante para sostenerme criatura en tu Amor, sólo en tu Amor.

(*) Federico García Lorca, La leyenda del tiempo.