En su canción ‘Amor y Control’, el compositor panameño Rubén Blades habla de en la vida en familia es importante “combinar la esperanza con el sentimiento” y nunca pensar que “el amor es causa perdida”. Quiero abrir este artículo con esos dos pensamientos y proponer mi reflexión sobre el tema.
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La experiencia me ha enseñado que un problema común en las familias es la combinación equivocada de los verbos amar y controlar. Muchas veces queremos ejercer el control y que los otros nos respondan con amor. Es querer que las otras personas hagan lo que digo, porque sé que tengo razón, y que nos respondan con cariño, amándonos, por lo agradecidos que están de que les hayamos dado órdenes sabias. Esa pequeña equivocación en la manera de pensar es origen de muchas desgracias con personas peleando, cada vez más airadas, porque cada uno insiste en tener la razón y en que tiene que imponerse. Eso no resuelve los problemas, sino que agrava las desgracias que, como quiera, ocurren en la vida.
En mi práctica como sacerdote he visto eso muchas veces. En ocasiones se ha tratado de disputas familiares menores, en otras cuando llego ya ha corrido la sangre. He presenciado casos que sacarían de quicio a cualquiera y hasta he sido testigos de cómo se hieren unos a otros –en lo físico o en el sentimiento- por reclamos sobre lo que dicen que manda Dios. A veces se trata de los mandamientos sobre cosas muy graves, como robar y matar, mientras que en otras ocasiones, las disputas comienzan por el cumplimiento de normas rituales o meras palabras. Todo eso lo he visto.
No soy perito en ciencias de la conducta, pero el camino andado, me parece, me permite opinar algunas cosas.
Dos reflexiones
Primero, tal vez es bueno que tratemos de acostumbrarnos a usar esos verbos de otra manera. El control es para mí mismo. Conviene entender que los sentimientos de dolor, de angustia o de impaciencia, son cosas que debo tratar de controlar, de reflexionar en mi corazón y de pedir a Dios que me ayude a sobrellevarlos. Ese control es importante para mantener el compromiso de esperanza que me permita usar, hasta en circunstancias difíciles, el amor para los otros. No digo que no atendamos los problemas, sino que lo hagamos siendo sembradores de esperanza.
Segundo, vale la pena pensar un poco en que el reino de Dios comienza en nosotros. No soy yo, somos nosotros. Que los que se relacionan con nuestra familia puedan ver la verdad de lo mucho que nos amamos unos a otros. En eso conocerán que somos discípulos de Jesucristo. Tengamos la certeza de que Dios nos ama y que ese cariño durará toda la vida.
La familia es el núcleo de donde irradia la fuerza para sembrar los grandes cambios que necesita nuestra sociedad de manera urgente.
No uso la palabra “urgente” a la ligera. Hay desgracias que se originan dentro de las familias, pero me atrevo a decir que muchas –tal vez las mayores- golpean las familias desde afuera. Hay desastres naturales, como los huracanes, los temblores, las inundaciones, las pandemias o las crecidas del mar destruyendo vecindarios. Pero aún en tales circunstancias, vemos la mano de la institución social magnificando las desgracias de las familias afectadas.
Peor aún, estamos en una circunstancia en la que la hipocresía de los fariseos modernos, que quieren imponerle al pueblo cargas que ellos mismos no llevan, es alimentada por un discurso roto, que deja fuera elementos importantes de los casos para poder criminalizar a las víctimas. Si un esquizofrénico comete un hecho terrible… ¿a quién juzgamos? ¿Por qué no tienen que rendir cuentas los que tenían que proveer los tratamientos y cuidos? ¿No es el cierre de las escuelas maltrato infantil? Puedo extenderme al maltrato de perseguir como criminales a los inmigrantes, dejar nuestros viejos sin pensión, envenenar los alimentos en las fábricas… y siga sumando.

Ante tanta desgracia social, el discurso roto que se difunde por medios de comunicación es fabricar la criminalización de las propias familias para justificar mecanismos de control del estado cada vez más crueles.
Pero para poder impulsar los cambios urgentes, hay un lugar donde empezar.
A la pregunta se cuánto control y cuánto amor tiene que haber en una casa, en un hogar… Rubén Blades contesta “mucho control y mucho amor, para enfrentar a la desgracia”.
Ante el discurso social roto con que el Estado intenta esclavizar/controlar a las familias, tengamos “mucho control y mucho amor, para enfrentar a la desgracia”.