Cuando se nos invita a alzar la mirada es porque, de entrada, la tenemos abajada. Y cuando alguien baja la cabeza, necesariamente queda orientada hacia sí misma. Se repliega, se encoge. Es la actitud vital de ‘homo incurvatus’ que suele conducirnos a negar el amor y la libertad de dos formas: anulándonos y maltratándonos, o hinchándonos de vanagloria y soberbia, incapaces de ver más allá de nuestro propio ombligo.
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Alzar la cabeza, por tanto, ya sería una invitación saludable y liberadora: “Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28). Y una Iglesia que no camine ‘incurvatus’ ya sería una muy buena noticia.
Pero podría darse el caso de que se nos pida alzar la mirada teniendo la cabeza erguida. Esta invitación de Jesús, retomada por León XIV, sigue siendo un reto: “Una llamada a la sociedad española a salir de sus preocupaciones diarias e ir más allá, a través de la contemplación y la apertura a los demás”.
Cabezas levantadas
Ciertamente, hay cabezas levantadas que parecen situarse en el mundo con una “autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor. Se manifiesta en… la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial” (Gaudete et exsultate, n. 57). Preocupaciones que no parecen nacer de lo alto (Jn 3, 3).
Así que me pregunto: preparando la visita del Papa, ¿en qué andamos preocupados nosotros?
Y esto me lleva a un segundo movimiento: primero levantar la cabeza; después, elegir hacia dónde dirijo la mirada. Cuando Jesús pide esto a sus discípulos (Jn 4, 35), viene de charlar con una mujer samaritana en un pozo a pleno sol. Se abrió al encuentro humano, sin renunciar a la verdad ni rechazar la identidad ajena. ¿Cómo abrirnos a los demás si no estamos donde ellos están? ¿Servirá de algo poner la mirada en Dios si no nos dejamos imbuir por el sentir y hacer de Jesús, por su humanidad ungida?
Siervos del Reino
“Tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado… El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa… Ser constructores de comunión, no arquitectos de Babel; siervos del Reino que viene, no dueños de torres destinadas a derrumbarse… para edificar en el bien” (MH 15-16).
No sé cómo discurrirá la visita del Papa ni qué efectos tendrá. Sé que cuando me he alzado sobre otros, sin tomar en cuenta la medida del Evangelio, no he edificado el bien. Alguien ha quedado fuera. A veces, yo misma. Casi siempre los distintos, los más vulnerables, quienes no encajan en mis ideas o intereses. Si alzamos la mirada, pero no miramos a Jesús, quizá lo único que vuelvan a preguntarnos sea: “¿Qué hacéis ahí parados, mirando al cielo?” (Hch 1, 11).
Cuatro claves de ‘Magnifica humanitas’
Ayudaría seguir las cuatro claves que León XIV ofrece en ‘Magnifica humanitas’ (MH) para edificar el bien:
1. Hacer de la relación con Dios el cimiento más firme para ser felices y propiciar que los demás puedan serlo (MH 11).
2. Abrazar nuestros límites y fragilidades, sin pretender ser dioses, capaces de pedir ayuda y otorgarla para el cuidado mutuo (MH 12).
3. Edificar “un mundo en el que todos puedan florecer”. Todos, todos, todos. Tal como cada uno es (MH 13).
4. Utilizar un lenguaje evangélico, el de Jesús, que no humilla ni enfrenta, y es entendido por panaderas y gobernadores romanos (MH 14).
Vayamos a los pozos, a los cruces de caminos, y allí, en el encuentro humano, levantemos la cabeza y digamos: “¡Alzo la mirada!”.
