Aprobada por el papa Francisco, su propio título (‘Antiqua et nova’) evoca la conocida imagen evangélica del escriba que saca de su tesoro “cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13, 52), y con ello establece el tono del documento: no se trata ni de una aceptación ingenua del progreso tecnológico ni de un rechazo tecnofóbico, sino, más bien, de un ejercicio de discernimiento profundo (técnico, filosófico y teológico) ante un fenómeno que reconfigura nuestra comprensión de lo humano y el ejercicio de nuestras vidas.
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En primer lugar, la inteligencia artificial (IA) interpela a la Iglesia porque llega al núcleo mismo de su propia comprensión de la persona humana: la inteligencia como don constitutivo de la criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Ser inteligente no equivale únicamente a resolver problemas, sino a comprender, a buscar la verdad y gozar de la belleza, a orientar la acción hacia el bien. Desde esta perspectiva, la técnica –y hoy, de modo eminente, la IA– no es moralmente neutra: es una expresión histórica del mandato bíblico de “cultivar y custodiar” la tierra, un mandato que implica responsabilidad, límite y cuidado.
Este enfoque permite superar una dicotomía frecuente en los debates contemporáneos: la oposición entre humanismo y tecnología. La nota vaticana afirma con claridad que la Iglesia no solo no es hostil al progreso tecnológico, sino que lo reconoce como parte de la cooperación humana con la acción creadora de Dios. La cita del Sirácida 38, 6 (“Él es quien da la ciencia a los humanos, para que lo glorifiquen por sus maravillas”) resulta aquí particularmente significativa: la ciencia y la técnica son un don orientado a la glorificación de Dios a través de sus maravillas, y no para rebasar su creación, ni destrozarla a capricho. En otras palabras, el desarrollo tecnológico forma parte de la vocación humana. Ahora bien, esta afirmación contiene una condición implícita: que dichas capacidades sean “usadas rectamente”, por lo que, más que preguntarnos si podemos desarrollar IA, hay interrogarse por cómo, para qué y por qué lo hacemos.
Aprender, decidir, crear
El tercer apartado de la nota introduce el carácter verdaderamente inédito del desafío que plantea la IA. A diferencia de otras tecnologías, la IA no solo amplifica la fuerza física o la capacidad de cálculo humano, sino que imita –al menos, funcionalmente– procesos asociados tradicionalmente a la inteligencia del hombre: aprender, decidir, crear. Esta imitación, que permite generar textos, imágenes o decisiones indistinguibles de las humanas, produce una perturbación profunda. No es casual que el documento subraye la crisis de la verdad en el debate público: cuando los productos de la IA se confunden con los del ingenio humano, se erosionan los criterios de autenticidad, autoría y responsabilidad. Aquí la cuestión ya no es solo técnica o jurídica, sino epistemológica y ética.
Pero, sobre todo, se trata de una cuestión antropológica. Particularmente relevante es la reflexión sobre la autonomía de la IA. El hecho de que estos sistemas puedan aprender y actuar de modos no previstos explícitamente por sus programadores introduce una nueva opacidad moral. ¿Quién responde por las decisiones de una máquina que “aprende”? ¿Cómo se distribuye la responsabilidad entre diseñadores, usuarios, instituciones y sistemas?
La nota vaticana no ofrece respuestas cerradas, aunque acierta al señalar que esta situación obliga a la humanidad a replantearse su identidad y su papel en el mundo. Desde la filosofía de la tecnología, podríamos decir que la IA actúa como un “espejo antropológico”: al intentar reproducir nuestra inteligencia, revela lo que esta es y no es, mientras que, al mismo tiempo, nos obliga a precisar qué significa realmente ser personas o, mejor aún, a plantearnos quiénes somos.
“Sabiduría del corazón”
El cuarto punto amplía el horizonte, situando la IA en el marco de un “cambio de época”, expresión clave del magisterio reciente. La IA no es una innovación más, sino una tecnología transversal que afecta a todos los ámbitos de la vida personal y social: relaciones, trabajo, educación, guerra, derecho. Esta omnipresencia refuerza la urgencia del discernimiento ético y antropológico. En este contexto, la apelación del papa Francisco en 2024 a una “sabiduría del corazón” resulta especialmente fecunda.
Frente a una racionalidad puramente instrumental, la Iglesia propone una forma de sabiduría que integra toda la persona al cuidado del otro. No se trata de oponer afectos a razón, sino de recuperar una inteligencia capaz de discernir fines, no solo medios. Esta es, quizás, una de las aportaciones más originales del documento para el debate contemporáneo sobre la IA: recordar que la cuestión decisiva no es cuán inteligentes pueden llegar a ser las máquinas, sino cuán sabias aspiran a ser las personas, desde el fondo mismo de su corazón, cuando diseñan y utilizan la IA.
De esta forma, el texto anuncia su propio método: distinguir cuidadosamente entre la inteligencia humana y la llamada “inteligencia” artificial. Esta distinción es crucial para evitar tanto el reduccionismo tecnicista –que equipara la mente humana a un algoritmo– como el miedo irracional. La inteligencia humana, para la reflexión cristiana, es inseparable de la corporalidad, de la relacionalidad, de la libertad y de la apertura a la trascendencia. Ninguna IA, por sofisticada que sea, participa de esta densidad ontológica, es decir, de esta densidad y complejidad encarnada que es la nuestra. (…)
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Índice del Pliego
I. INTRODUCCIÓN: LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL ES TODO UN DESAFÍO PARA LA IGLESIA
II. LA IMPOSIBILIDAD DE DEFINIR DE UNA ÚNICA MANERA LA IA
- “Aprendizaje automático”
- “Co-agencia funcional”
- “Infraestructura cognitiva”
- “Inteligencia computacional”
- “Computación débil”
- “Agencia artificial”
- “Computación cognitiva”
- “Modelos fundacionales”
- “Inteligencia aumentada”
III. EL PENSAMIENTO CRISTIANO TIENE MUCHO QUE DECIR SOBRE LA INTELIGENCIA
IV. LA ÉTICA DE LA IA HA DE SEGUIR A LA ANTROPOLOGÍA
V. CONCLUSIÓN: UNA DECLARACIÓN QUE ABRE LA REFLEXIÓN E INAUGURA UN MÉTODO
