El ‘Documento final’ del Sínodo de 2024 recuerda que los términos “sinodalidad” y “sinodal” proceden de la antigua práctica eclesial de reunirse en sínodo (cf. n. 28). A la luz de esta afirmación, resulta especialmente fecundo volver la mirada hacia san Juan de Ávila, quien, cinco siglos antes, vivió y promovió intensamente esta dimensión comunitaria de la Iglesia. Así lo reconoció Benedicto XVI al proclamarlo Doctor de la Iglesia universal, subrayando la estrecha relación existente entre sus escritos reformadores, el Concilio de Trento y los sínodos que aplicaron sus decisiones: “Los Tratados de Reforma están relacionados con el Concilio de Trento y con los sínodos provinciales que los aplicaron, y apuntan muy certeramente a la renovación personal y eclesial” (Benedicto XVI, 2012).
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No sería acertado buscar en el Maestro Ávila una formulación idéntica a la que ofrece hoy el magisterio sobre la sinodalidad. Sin embargo, sus actividades apostólicas y sus escritos contienen principios sinodales fundamentales que siguen teniendo una sorprendente actualidad: la escucha del Espíritu Santo, la renovación permanente de la Iglesia, la importancia de los concilios y sínodos frecuentes, la formación integral continua de pastores y fieles, la participación de todo el pueblo de Dios, la revisión constante de la vida de la Iglesia y la necesidad de traducir las decisiones eclesiales en una auténtica conversión pastoral.
El arzobispo de Granada, su amigo y condiscípulo D. Pedro Guerrero, le pidió que le acompañase al Concilio de Trento como teólogo. San Juan de Ávila no pudo asistir porque su salud no se lo permitía. Entonces, D. Pedro le pidió poner por escrito lo que pudiera ayudar a las deliberaciones para el bien de la Iglesia. Así lo hizo en lo que conocemos como ‘Memoriales’. Guerrero hizo suyas las propuestas y las presentó ante los padres conciliares. Aquellos textos ejercieron una influencia extraordinaria, hasta el punto de que san Pablo VI recordaría posteriormente que fueron recibidos “con aplauso general”.
De Trento a los concilios provinciales
La huella del Maestro no quedó limitada a Trento. Sus ideas inspiraron después la aplicación de Trento a través de los concilios provinciales de Toledo, Granada, Santiago de Compostela, Valencia, etc., y gran cantidad de diocesanos. Su influencia llegó hasta América, como veremos. Los años posteriores a Trento fueron un auténtico pulular de estos encuentros sinodales que marcaron la vida de las diócesis durante décadas y, a veces, cientos de años.
Lo verdaderamente original de su aportación consiste en comprender los concilios no solo como instituciones normativas, sino como instrumentos de renovación espiritual y evangelizadora para toda la Iglesia. Él mismo dice que durante más de cien años se habían celebrado concilios y sínodos con buenas leyes, pero que, al no llevarse a la práctica por falta de cauces concretos y de espiritualidad, no habían conseguido los objetivos de reforma deseados.
Obra del Espíritu Santo
Uno de los ejes fundamentales del pensamiento avilista es la convicción de que los concilios son obra del Espíritu Santo. Dios mismo convoca, ilumina y sostiene estos acontecimientos eclesiales. Por ello, los participantes no deben dejarse guiar por intereses personales, sino buscar sinceramente la voluntad divina.
Al dirigirse al obispo de Córdoba, D. Cristóbal de Rojas y Sandoval, llamado a presidir el Concilio provincial de Toledo, con el objetivo de aplicar Trento, le desea que el Señor le conceda “luz y fortaleza del cielo para saber la santa voluntad de Dios y fortaleza para la anunciar” (‘Carta’ 182).
Más aún, le exhorta a eliminar cualquier obstáculo a la acción divina porque “Dios ha de ser el que por boca de vuestra señoría ha de hablar” (‘Carta’ 182). Y pide el Espíritu no solo para el que preside, sino para todos los participantes: “Y el mismo Señor dé a este santo concilio la plenitud de su Espíritu Santo” (‘De la Veneración’, 13). La insistencia en llamarlos “santos concilios” revela su convicción de que en ellos actúa de manera particular el Espíritu Santo.
Escucha compartida
La sinodalidad aparece, así, como una experiencia profundamente espiritual. Su centro no es el debate humano, sino la escucha compartida de la voz de Dios. Y como ve que esto no está siendo lo habitual en su tiempo, exclama vivamente: “Y oyamos ya de una vez al Espíritu Santo” (‘Toledo I’, n. 46), pues lo ha declarado en tantos concilios del pasado. La verdadera reforma y la sinodalidad viene desde la intimidad con el Señor en la oración, que es fundamental para todos los miembros de la Iglesia, pero muy especialmente para los que han sido llamados a servir como pastores. Parte desde su propia experiencia del amor de Dios manifestado especialmente en Cristo crucificado, que tuvo muy especialmente en la cárcel de Sevilla. A todos, pastores y fieles, llama a la constante oración de intimidad con Dios: “Comunicaos con Él, […] a solas con Él en vuestro rinconcillo” (‘Ser. 10’, n. 22).
Quien ora puede entonces escuchar al Espíritu en los demás y comenzar un discernimiento comunitario. En este punto, el Maestro muestra una actitud que conecta admirablemente con la actual comprensión de la sinodalidad. En una carta comenta: “San Agustín dice que, aunque viejo y obispo, estaba aparejado para ser enseñado por el que era obispo de un año” (‘Carta’ 11). Al poner ese modelo y ese listón, expresa admirablemente la actitud de la necesaria escucha mutua. La humildad para aprender de otros es para él una condición indispensable de toda auténtica dinámica sinodal y reforma eclesial.
La espiritualidad sinodal de san Juan de Ávila alcanza una formulación especialmente profunda en su escrito conocido como ‘De la veneración que se debe a los concilios’. Allí presenta los concilios como una gracia providencial concedida por Dios para sanar y renovar a su Iglesia. (…)
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Índice del Pliego
Un protagonista decisivo de la reforma tridentina
El Espíritu Santo, alma de la sinodalidad
Una Iglesia que aprende a escucharse
Los concilios como don providencial para la Iglesia
Necesidad de aplicar los concilios
Concilios y sínodos frecuentes
Diócesis sinodales
Obispos sinodales
Vida sacerdotal sinodal
Seminarios
Misión compartida con laicos bien preparados
Influencia en la sinodalidad de Sudamérica
Conclusión

