Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.477
Nº 3.477

Los jóvenes interrogan la fe cristiana

En la Biblia se manifiesta el vínculo entre la felicidad y el comportamiento individual, comunitario y global. La Sagrada Escritura entiende que “el anhelo de felicidad, o sea, el deseo de obtener una vida plenamente satisfactoria, está arraigado desde siempre en el corazón humano, y que la realización de este deseo depende en gran parte del propio obrar que se encuentra y, frecuentemente, se desencuentra, con el de los otros”. En paralelo, la literatura sapiencial judía une prosperidad con el cumplimiento de la Ley.



En este contexto, Jesús hace sentar a los discípulos y a una gran multitud para hablarles de quiénes son declarados felices y cómo acceder a la felicidad (cf. Mt 5, 1-12). A sus contemporáneos les debió de llamar poderosamente la atención que el predicador galileo no exhortara a la buena conducta a través del cumplimiento de las numerosas leyes que regían en la cultura judía y, en su lugar, prometiese la salvación a personas en situaciones existenciales desesperadas. Por otra parte, Jesús debió de atraer la atención de todos los asistentes, armonizando una propuesta de felicidad en esta vida y en la del más allá.

Jóvenes en la visita del Papa a España

Jóvenes en la visita del Papa a España. Foto: Jesús G. Feria/ Vida Nueva

Precisamente por ser realistas, las Bienaventuranzas como propuesta de felicidad de Jesús contemplan lo que puede arruinar la vida: la relación con los bienes (la riqueza), el poder (la agresividad), el dolor (enfermedad, pérdidas personales, traumas…), los deseos, la imagen, la identidad (la autenticidad) y las injusticias.

Rechazar los ídolos

Así, para ser feliz, hay que rechazar el ídolo de la riqueza, es decir, la codicia de tener; dar la espalda al ídolo del poder, entendido como dominio sobre los demás, y sustituirlo por la actitud de servicio fraterno; enfrentar el dolor con esperanza; ser dueño o dueña de los propios deseos; dejar de ser esclavo o esclava de la imagen; conocer la verdadera identidad; y, por último, es fuente de felicidad apasionarse por participar en la construcción de una nueva convivencia en una sociedad justa y fraterna.

Y por referir también a la vida eterna, las Bienaventuranzas comparten cómo les van las cosas en el reino de Dios a quienes han puesto su esperanza por completo en el Padre bueno. Los hambrientos son saciados, los afligidos son consolados, se vivirá en paz…

La misericordia, en el centro

Así, pues, el Evangelio dice cómo ser feliz, de manera expresa a través de las Bienaventuranzas. Se requiere cuidar la relación con Dios Padre-Madre, de la cual surge un modo de ver el mundo –cosmovisión cristiana–, un modo de estar –actitudes cristianas– y una orientación para una vida feliz –donde la primacía está en el don divino–. Se trata de una felicidad que supera la prueba de las dificultades a base de buscar la centralidad en el amor y la misericordia; una felicidad en medio del combate de la vida, donde se presentan tentaciones; una felicidad que no se cansa de servir, no calla la verdad, supera los temores y acepta los límites personales; una felicidad vinculada a la tarea de anunciar el Evangelio, consolar a los que sufren y buscar maneras de construir un mundo fraterno.

Vigilia. Jóvenes. Plaza de Lima. Leon XIV

Jóvenes en la Vigilia de Oración presidida por el papa León XIV en la madrileña plaza de Lima. Foto: EFE

Creer en Jesucristo libera. La Buena Noticia que trae Jesús es un mensaje de libertad y, a la vez, una fuerza de liberación. Expresado con otras palabras, la experiencia del Dios de Jesús facilita que se desplieguen las capacidades humanas; por tanto, en lo que afecta a la libertad, la fe en Jesucristo nos hace libres.

Libertad interior

Para Anselm Grün, es claro que “la libertad es un aspecto esencial del mensaje cristiano y que todo auténtico camino espiritual conduce en definitiva a la libertad interior. Pues la experiencia de Dios y la experiencia de la libertad interior son sustancialmente lo mismo”. Confronta de manera radical a quienes tienen una visión negativa de la experiencia religiosa, a quienes opinan que esta merma o impide la plenitud personal.

Considerando que la libertad es la capacidad de autodeterminarse, un ser humano libre lo es cuando toma la vida en las manos y se compromete eficazmente con lo que quiere hacer con ella. En Jesús contemplamos un hombre que ejercita la libertad permanentemente; ahora bien, el acto supremo lo hallamos en la cruz: lleno de amor, dispone de la propia vida, mantiene su entrega y opta por perdonar y confiar. “Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre” (Jn 10, 17-18).

Si entendemos la libertad como lo opuesto a la esclavitud (física, moral o espiritual), la esencia de la libertad cristiana reside en rechazar el pecado: “En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo” (Jn 8, 34). El pecado es feo, corroe. Somos libres cuando el Espíritu Santo nos habita y posee, cuando nos sumamos a su acción. Pablo de Tarso lo expresó así: “Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor 3, 17). “Ser libre” supone, en cristiano, aborrecer el pecado y actuar movido o movida por el Espíritu Santo.

Tres cadenas en el corazón

Ambas formas de entender la libertad asumen que el principal oponente para ser libres es el propio ego (“vencerse a sí mismo”, cf. EE 21). Destacamos tres cadenas en el corazón humano: el dinero, la imagen y la mentira. Respecto al dinero, la codicia impide vislumbrar la libertad otorgada por la austeridad. La imagen equivale hoy al honor defendido en otras épocas; se cuida hasta el punto de esclavizar. Sobre la mentira, se vive bajo su dominio cuando no se cultiva una actitud crítica frente a los acontecimientos (personales o sociales), dejándose llevar por la superficialidad.

Grupo de jóvenes con sus mochilas

Grupo de jóvenes. Foto: Jesús G. Feria/VN

Es la gracia de Dios y el deseo de identificación con Jesús –el deseo de tener sus mismas actitudes y sentimientos– lo que nos transforma en personas libres. Ciertamente, la libertad es don y conquista; precisamente por ello, errar en el ejercicio de la libertad no exime de mantenerse en la súplica y el empeño. (…)

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Índice del Pliego

1. ¿Dice el Evangelio cómo ser feliz?

2. ¿Es la fe una atadura o una fuente de libertad?

3. ¿Cómo se interpreta “Dios nos ha creado”?

4. ¿Impactan las creencias en la salud?

5. ¿Por qué es obligatorio ir a misa los domingos?

6. Creo que la Iglesia es machista, ¿estoy en lo cierto?

7. ¿Por qué se pierde la fe cuando muere un ser querido?

8. ¿Los pobres transmiten la fe?

9. ¿Dios permite las tragedias?

10. ¿En qué consiste la vida eterna?

  • La vida consiste en amar
  • El secreto es Jesucristo
  • La esperanza cristiana
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