En las últimas décadas, la creación de protocolos de prevención, mecanismos de denuncia y procedimientos civiles y canónicos ha permitido afrontar con mayor claridad los delitos que conllevan sanciones graves. Sin embargo, persiste una “zona gris” en los casos de abuso de poder o de conciencia que, aun causando daños profundos a las personas y a las comunidades, no siempre constituyen delitos penales ni comportan necesariamente sanciones canónicas mayores. En estas situaciones, obispos y superiores se enfrentan a la dificultad de articular adecuadamente las exigencias de justicia para las víctimas, la responsabilidad de los agresores, el discernimiento institucional y el cuidado pastoral de las comunidades afectadas.
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Por otro lado, hemos ganado en certezas a lo largo del camino: la escucha de las víctimas ha sido progresivamente reconocida como un elemento indispensable. Creemos que la institución eclesial necesita un marco teológico-pastoral, todavía insuficientemente desarrollado, que forme una conciencia compasiva ante el sufrimiento de las víctimas y una responsabilidad institucional capaz de restaurar lo que el abuso ha roto.
Justicia integral y restaurativa
Siguiendo la intuición de una llamada a una justicia integral basada en el compromiso moral de la Iglesia, la justicia restaurativa ofrece un marco conceptual y práctico que integra verdad, responsabilidad, reparación y restauración de los vínculos comunitarios dañados. La justicia restaurativa no solo ilumina la comprensión del abuso como distorsión del poder, sino que abre caminos concretos para sanar la memoria, restituir la dignidad de las víctimas y renovar la vida comunitaria desde el Evangelio.
Reflexionar sobre los abusos implica hacerlo en un sentido amplio, incluyendo no solo los abusos sexuales, sino también aquellos que afectan a la conciencia o a la vida espiritual de las personas. Significa reconocer nuestra responsabilidad –por acción, complicidad, omisión o falta de empatía– ante el sufrimiento de las víctimas.
La conciencia, espacio íntimo y sagrado
La antropología cristiana –consecuente con la fe en la encarnación del Verbo– reconoce en cada ser humano una ‘dignitas infinita’, una dignidad que se fundamenta de modo inalienable en su propio ser, más allá de cualquier circunstancia o condición en que se encuentre. En el interior de esta dignidad humana ocupa un lugar central la conciencia, entendida como el espacio más íntimo y sagrado de la persona. En ella el creyente se encuentra con Dios y discierne, acompañado adecuadamente, aquello que es bueno y aquello que debe evitarse.
La conciencia constituye, por tanto, un límite fundamental entre la comunidad y el sujeto. Cuando ese límite se rompe, se produce un abuso de conciencia. Y cuando la transgresión de ese espacio íntimo se realiza mediante el uso del poder conferido por una institución eclesial o mediante la manipulación de argumentos espirituales derivados de la revelación cristiana, nos encontramos ante lo que puede denominarse abuso espiritual. Ambos abusos tienen como presupuesto una relación de poder en el contexto de una comunidad eclesial. Sobre estos dos tipos de abusos y su vínculo con el poder va a versar nuestra reflexión.
La verdad queda huérfana
En muchas ocasiones, los abusos de poder, espirituales y de conciencia son difíciles de comprobar o se les reduce a un evento meramente subjetivo de quien lo padece. Al no tener siempre consecuencias inmediatas en el ámbito extraeclesial, su causa queda en el interior de la familia religiosa o el ámbito parroquial y diocesano. Se replica, lamentablemente, lo que pasa en muchas familias: no se le da la importancia adecuada, ya que hacerlo significa desvelar un entramado de vínculos, intereses y, en no pocos casos, afectos que hay entre los que hacen de juez y parte en el abuso. En muchas víctimas queda una sensación de justicia hueca en la que la verdad queda huérfana.
Un niño se agacha para mirar su sombra en el suelo de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Foto: EFE
Desgraciadamente, en torno a estos abusos hay poca claridad en cómo proceder o son los más fáciles de silenciar por las instituciones. Cuando esto ocurre, la institución puede convertirse también en sujeto activo del daño, agravando el sufrimiento de las víctimas y debilitando gravemente la credibilidad de la comunidad eclesial.
Relación asimétrica
El abuso espiritual y el abuso de conciencia comparten una misma raíz: la utilización de una relación asimétrica para dominar interiormente a la víctima, ya sea ocupando simbólicamente el lugar de Dios o suplantando su capacidad de discernir. En estas dinámicas, la sumisión aparece como un mecanismo de defensa ante la amenaza de desintegración interna, lo que revela que el problema no es el poder en sí mismo, sino la violencia –explícita o encubierta– con la que el agresor hace depender al otro.
Por eso, comprender a fondo estos fenómenos exige reconocerlos como formas de abuso de poder, que no siempre derivan de la edad, sino de factores relacionales e institucionales que generan una posición de superioridad capaz de limitar la libertad real de la víctima. Esta asimetría, cuando se pervierte, puede dejar secuelas profundas en la dimensión biológica, psicológica, espiritual y social de la persona, con efectos que pueden acompañarla durante toda la vida.
El abuso de poder son actos reiterativos y sistemáticos de conductas opresoras y hostiles por parte de un superior que terminan rompiendo a alguien. Para hablar de abuso de poder, se necesita tener claro que se da en una relación jerárquica, donde una de las partes tiene una relación asimétrica con el victimario.
Abuso de poder
El abuso de poder en la Iglesia se da cuando, en un grupo o espacio creyente, se aísla del resto y el poder queda únicamente en manos de un líder carismático que impide, generalmente por seducción, el disenso. Por eso, son sospechosos todos los grupos o iniciativas pastorales que busquen la uniformidad, la adhesión acrítica a los líderes y donde se promueva altamente el emotivismo. Estos grupos en los que el poder se vive de manera insegura tienden a consolidar dinámicas de control que facilitan la aparición de abusos. Desde distintos enfoques, se llega a una conclusión convergente: todo abuso sexual tiene en su base un abuso de poder, aunque no todo abuso de poder desemboque necesariamente en un abuso sexual.
Acto de reparación a las víctimas del Sodalicio en la Comunidad Campesina San Juan Bautista de Catacaos (Perú). Foto: Vida Nueva
Los escándalos evidenciados en los últimos años nos enseñan que son de riesgo los espacios de ayuda donde llega un ser humano mostrando su vulnerabilidad: el acompañamiento espiritual, el sacramento de la confesión, los retiros de impacto o proyectos de asistencia social donde grupos vulnerables dependan económicamente de quien ofrece la ayuda. Por esta razón, las relaciones pastorales requieren siempre de límites claros y de mecanismos de supervisión adecuados. Los límites personales e institucionales no solo protegen a las personas vulnerables, sino que también salvaguardan a quienes ejercen tareas de cuidado, evitando que el poder pastoral se transforme en un espacio de dominación sobre quienes buscan acompañamiento, apoyo o protección. (…)
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Índice del Pliego
I. RECONOCER EL ABUSO COMO TRANSGRESIÓN DE LA ALTERIDAD DEL OTRO
- La dignidad inviolable de la conciencia y la realidad del abuso en la Iglesia
- El mal uso del poder como raíz de todo abuso
- La culpa es del agresor; la responsabilidad, del sistema que permitió el abuso
II. JUSTICIA RESTAURATIVA: MARCO CONCEPTUAL Y POTENCIAL ECLESIAL
- La justicia restaurativa, una respuesta integral al drama de los abusos
III. ELEGIR CAMINOS DE ESCUCHA RESPONSABILIZADORA, VERDAD Y MEMORIA
- La escucha y diálogo responsabilizador
- Recomenzar desde la verdad liberadora
- Rememorar a los mártires como parte de la historia de la institución
CONSIDERACIONES FINALES
