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Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.441
Nº 3.441

¿Belleza entre las ruinas?

De una forma o de otra, llamamos clásicos a aquellos que han articulado un pensamiento que proyecta su luz más allá de las circunstancias que lo vieron nacer. Por mucho que cambien los contextos, algunas reflexiones siguen teniendo algo que decir hace 25 siglos y en este primer cuarto de nuestro siglo XXI, conformando de esa manera un ‘continuum’ que llamamos cultura occidental y que, sin ser más a menos valiosa que otra, configura la identidad de lo que somos: hijos de Grecia en el pensamiento, de Roma en el derecho, del cristianismo en lo que a creencias se refiere.



Perdón por comenzar de esta manera, pero es que, para hablar de la esperanza, las palabras que hoy quiero compartir han de remontarse al pensamiento de Aristóteles, concretamente a su reflexión filosófica sobre la virtud, contenida en su ‘Ética para Nicómaco’.

La aportación del filósofo de Estagira fue recogida posteriormente, en el siglo XIII, por un personaje tan trascendental para la teología como lo fue el dominico santo Tomás de Aquino. De esa forma, el pensamiento griego quedó incorporado a la filosofía medieval europea y sus hallazgos éticos permanecieron vivos y redimensionados a través de la teología, en este caso, a través de la reflexión moral sobre la virtud de la esperanza que Tomás de Aquino plasmó tanto en su obra magna, ‘La suma teológica’, como en pequeños opúsculos, tales como el titulado ‘De spe’, sobre la esperanza.

Virtud encarnada

Y lo primero que hay que señalar de esta teología es que la esperanza de la que habla no es una virtud abstracta, desencarnada o ajena a las incertidumbres y zozobras de cada momento histórico. Por ello, el primer interrogante que respondernos podría formularse así: ¿es posible atisbar esperanza entre las ruinas? ¿Es posible encontrar o crear belleza, poesía, desde la experiencia del desencanto cultural y personal?

Flor Desierto

La respuesta de la teología medieval y contemporánea es claramente afirmativa. De hecho, nos recuerda que no hay esperanza que no esté condicionada por sus circunstancias vitales e históricas. Así, por ejemplo, explicita Tomás de Aquino que no esperan de la misma manera los jóvenes que los ancianos. Y que, por ejemplo, tampoco esperan igual los ciudadanos de una urbe próspera que aquellos que viven rodeados de pobreza, hambre o guerras.

Las condiciones vitales e históricas modulan la esperanza; la pueden acrecentar o la pueden amordazar, la pueden potenciar o la pueden reducir incluso hasta convertirla en desesperación. Sin embargo, por encima de todas las dificultades, el subrayado es este: la esperanza se aquilata en las cenizas; la esperanza lo es más en tiempos de tormenta. Su ancla de amarre revela todo su sentido precisamente en medio de las aguas tempestuosas, cuando no sabemos muy bien hacia dónde vamos y hacia dónde deberíamos dirigirnos.

Características necesarias

El siguiente paso va a llevarnos, pues, a preguntarnos cuáles son esas características de la esperanza necesarias para mirar más allá de las zozobras de nuestro tiempo, pues la verdadera fidelidad a los clásicos no consiste en repetir lo que ellos ya dijeron, sino en hacer vivo el espíritu de sus palabras en medio de coordenadas nuevas, las nuestras.

La primera característica nos dice que la esperanza es una fuerza activa.

Una de las más conocidas frases de Aristóteles es esta: “La esperanza es el sueño del hombre despierto”. Esta cita sugiere que la esperanza es la capacidad de visualizar un futuro mejor y de trabajar activamente para alcanzarlo. Ese “soñar despierto” implica una visión activa y consciente del futuro, a diferencia de los sueños pasivos de quienes duermen. Es un soñar con la inteligencia en acto, es un soñar con el cuerpo en movimiento, es un soñar con la realidad amasándose entre las manos.

Una práctica

En esta misma línea, el más reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, Byung-Chul Han, en su libro ‘El espíritu de la esperanza’, explora también la noción de la esperanza como una fuerza vital y transformadora en la sociedad contemporánea, especialmente en contraste con la “sociedad del cansancio” que a menudo la caracteriza. La esperanza es un impulso activo hacia lo desconocido. Y ello porque, en medio de un tiempo fuertemente sentimentalista, según Han, “la esperanza, no solo es un sentimiento, sino también una práctica, una forma de relación con el futuro que nos permite imaginar y construir mundos diferentes”.

Manos 1

En este sentido, la teología cobra máxima lucidez cuando nos advierte que hay una diferencia entre la espera y la esperanza. La primera es solo pasiva, la segunda es activa. Decir que es activa parece insinuar que la esperanza se alimenta de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio sudor, de nuestra propia sed.

Y ello porque, como enseñaba la escolástica, la esperanza no es una virtud exclusivamente asociada a la potencia intelectiva del hombre, la cual es la responsable de conocer, de imaginar…, sino una virtud asociada a la potencia volitiva, que es esa potencia humana superior responsable de desear y elegir y, por lo tanto, de activar y actuar de forma práctica implicando la entera orientación de la existencia en orden al fin deseado, a aquello que amamos por encima de todas las cosas, arriesgando en ello incluso la propia vida.

Un paso al frente

Dicho esto, nuestra siguiente pregunta será si puede esa fuerza activa abrirse camino entre las ruinas, entre la desolación creciente en un mundo que parece estar cada vez más lejos de una aspiración universal al bien superior de la paz y la prosperidad para todos.

No son pocos los autores que toman conciencia de que es precisamente en este escenario tambaleante en el que hay que dar un paso al frente, un paso más allá de aquel mero regodeo en el fracaso o de aquella nostalgia del esplendor perdido que ya caracterizó, por ejemplo, a la estética decadentista del siglo XIX.

Un ejemplo de ese paso al frente es la decisión de Byun-Chul Han de publicar la obra que hemos mencionado y la mucho más reciente titulada, precisamente, ‘Sobre Dios’.

Primavera

En esa misma dirección reflexiona también el filósofo George Steiner, invitándonos a reinterpretar este sentimiento de nostalgia que embarga a la cultura occidental en una dirección diferente y más profunda. La nostalgia –nos dice Steiner en su obra ‘Nostalgia del absoluto’–, contrariamente a lo que podríamos pensar, no es un sentimiento que mira al pasado, sino al futuro. La nostalgia, nos dice Steiner, lo es siempre del futuro.

Un grito hacia el futuro

En este sentido, incluso la nostalgia que hace surgir en nosotros las ruinas de un esplendor o protagonismo cultural perdido se transforma en un grito que mira hacia el futuro y no al pasado.

Y aún podemos afirmar más: la esperanza se levanta entre las ruinas porque la esperanza hunde sus raíces en la memoria humana, que es más una reconstrucción de lo que podemos ser, de lo que debemos ser, de lo que vamos a ser, que una ajada y sepia fotografía del pasado, de aquello que fuimos, lo cual tampoco escapa a mitificaciones más o menos engañosas.

La esperanza vive más de la memoria reconstructiva que del simple recuerdo idealizado. Si algo ve en las ruinas, es una constatación, una huella de nuestras condiciones de posibilidad, de cuanto hemos sido y, por lo tanto, de cuanto nos es posible, realista y fehacientemente ser. (…)

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Índice del Pliego

1. LA ESPERANZA ES UNA FUERZA ACTIVA

2. ESPERAR DESDE LAS RUINAS, CON LA RUINAS

3. ESPERAR EL BIEN. DIFERENCIA ENTRE ESPERANZA Y MIEDO

4. LA ESPERANZA SE REALIZA EN LOS LÍMITES

5. LA ESPERANZA LO ES SIEMPRE DE ALGO ARDUO

6. LA ESPERANZA LO ES SIEMPRE DE ALGO FUTURO

7. ESPERANZA Y FE

8. ESPERANZA E INTELIGENCIA ARTIFICIAL

9. ESPERAR CON TODOS Y PARA TODOS: LA INTERRELACIÓN

10. LA ESPERANZA ES INSEPARABLE DEL AMOR

11. PONGAMOS UN EJEMPLO…

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