Visitas Ad limina, la peregrinación de todos los obispos

Visitas Ad limina, la peregrinación de todos los obispos
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El nombre completo de este viaje es ad limina apostolorum, una expresión que en latín significa literalmente “a los umbrales de los apóstoles”. Ir hasta el umbral: hasta la tumba de Pedro y la de Pablo, en la basílica vaticana y en San Pablo Extramuros.



Rastreando la historia cristiana, encontramos testimonios de obispos que viajaban a Roma ya desde el siglo IV, e incluso llegó a haber un juramento del obispo de por medio. Lo que ocurre es que hasta poco después del Concilio de Trento todavía era un acontecimiento poco frecuente e irregular, sin una normativa precisa de la curia romana.

La situación cambió el 20 de diciembre de 1585, cuando el papa Sixto V institucionalizó la práctica mediante la constitución apostólica Romanus Pontifex. Esa fue una de las dos grandes decisiones de su breve pontificado ligadas a la reforma tridentina: por un lado recordó a los prelados que debían residir en sus sedes; por otro, convirtió la visita ad limina en una obligación con plazos, trámites y sanciones. La bula especificaba quiénes debían cumplirla (patriarcas, primados, arzobispos y obispos), cada cuánto había que realizarla y en qué actos consistía. Además,castigaba el incumplimiento con la suspensión de la administración de sus beneficios e incluso con la sanción ab ingressu ecclesiae, un peldaño por debajo de la excomunión.

La periodicidad dependía de la distancia hasta Roma. A España, como a toda Europa occidental y central, le correspondía inicialmente cada cuatro años El plazo era fijo y no se detenía por muerte, traslado o incumplimiento del obispo anterior; obligaba a cada prelado desde su consagración, no desde la toma de posesión.

La norma resultó muy estable. Tanto que en los siglos siguientes solo se le introdujeron algunas mejoras: Benedicto XIII en el siglo XVIII, Benedicto XIV después, las reformas de Pío X a comienzos del XX (recogidas luego en el Código de Derecho Canónico de 1917) y, ya tras el Concilio Vaticano II, el decreto Ad Romanam Ecclesiam de la Congregación para los Obispos, del 29 de junio de 1975, que sustituyó el cuadrienio por el quinquenio y reordenó el calendario mundial. La razón de fondo era muy práctica: se habían erigido muchas diócesis nuevas, había más obispos y los viajes eran cada vez más fáciles, de modo que algunos años los prelados llegaban casi “en tropel” y la conversación a solas con el Papa se volvía casi imposible.

Obispos alemanes visita ad limina

Obispos alemanes durante la visita ad limina. Foto: Vatican Media

¿Cuándo se hace y quién está obligado a realizarla?

Hoy la obligación está en el Código de Derecho Canónico de 1983. El canon 399 §1 establece que cada cinco años el obispo diocesano debe presentar al Romano Pontífice una relación sobre la situación de su diócesis, “según el modelo determinado por la Sede Apostólica y en el tiempo establecido por ella”. Y el canon 400 §1 añade que, ese mismo año, debe ir a Roma para venerar los sepulcros de los apóstoles y presentarse ante el Papa.

Están obligados todos los obispos diocesanos del mundo, pero no viajan todos a la vez. El decreto de 1975 repartió los países entre los cinco años de cada quinquenio. A España le tocó el primer año, junto con Italia, Malta y varias regiones africanas. Desde entonces, los obispos españoles peregrinan en años terminados en 1 y en 6 y se organizan por provincias eclesiásticas en tandas sucesivas.

¿Qué ocurre si un obispo no puede ir? El Código ya lo tuvo en cuenta. Si está legítimamente impedido, cumple por medio de su coadjutor, de un auxiliar o de un sacerdote idóneo de su presbiterio que resida en la diócesis. Y si el año le coincide con sus dos primeros al frente de la diócesis, puede prescindir por esa vez de preparar la relación.

Es interesante mencionar la figura del sustituto. Durante siglos se le llamó procurador de la visita: un canónigo o eclesiástico de prestigio, conocedor de la diócesis, que viajaba a Roma en nombre del obispo. Y resultó que no era algo excepcional, sino la regla. El episcopado español alegaba edad, salud, penuria económica, peligros del camino o conflictos políticos para no acudir a Roma. Un ejemplo concreto: en Pamplona, la mayoría de los prelados tuvo que nombrar delegados hasta mediados de la segunda mitad del siglo XIX y los arzobispos de Valencia tampoco empezaron a viajar personalmente hasta bien entrado ese siglo.

Los archivos históricos guardan datos curiosos. En 1654, el arzobispo Urbina envía al párroco de Torrent porque está haciendo la visita pastoral y no quiere interrumpirla. Folch de Cardona, ausente de Valencia desde 1709 hasta su muerte en Viena en 1724 por seguir al archiduque Carlos, encadena súplicas año tras año alegando “graves y por desgracia conocidos impedimentos”. Su sucesor, Orbe Larreátegui, pidió prórroga tras prórroga hasta que Roma, en 1732, le concedió seis meses más “sin esperanza” de otra. Y entre 1585 y 1825, la diócesis de Granada debió hacer sesenta visitas y solo ejecutó la mitad.

¿Qué hace un obispo durante una visita ad limina?

La visita tiene tres dimensiones que se despliegan en pocos días.

  • Espiritual. Los obispos celebran la Eucaristía en las basílicas romanas y veneran las tumbas de Pedro y Pablo, como cuando tras la pandemia, en 2022, los prelados españoles celebraron en las cuatro basílicas mayores: San Pedro, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros.
  • Institucional. Es la parte más laboriosa al tratarse de reuniones con los dicasterios de la Curia romana: Obispos, Doctrina de la Fe, Clero, Institutos de Vida Consagrada, Educación Católica, Culto Divino, Laicos, Nueva Evangelización, Familia y Vida, Desarrollo Humano Integral, Comunicación y la Secretaría de Estado.
  • El encuentro con el Papa. El momento central.

El Informe al Papa (Relatio)

La relatio es el informe sobre el estado material y espiritual de la diócesis. Sixto V no especificó qué debía contener, así que durante casi siglo y medio dependió del estilo, la voluntad y la originalidad de cada obispo: hay relaciones extensas y minuciosas junto a otras breves y repetitivas que eran poco más que un cumplimiento formal.

El remedio llegó en el sínodo romano de 1725, con Benedicto XIII. Prospero Lambertini (futuro Benedicto XIV) diseñó un esquema de nueve capítulos subdivididos en múltiples apartados que los obispos debían rellenar obligatoriamente y al que podían añadir preguntas finales (postulata). De esa manera, el informe dejó de depender de las características personales del episcopado.

Aquellos papeles eran examinados y custodiados por la Sagrada Congregación del Concilio (creada en 1564), que comenzó a hacerse cargo de las visitas ad limina a partir de 1587. En esa documentación, cada pueblo queda registrado con sus casas o habitantes, sus sacerdotes, las rentas del clero y el estado de la iglesia.

Y aparece, por supuesto, una tentación. La de maquillar las cifras. Como decíamos en la visita de 2021-2022, las diócesis españolas remataron sus informes “en algunos casos con espray embellecedor, en otros con el realismo imperante que da la secularización, el envejecimiento demográfico y la crisis postpandemia”.

¿Cuándo fue la última visita ad limina de los obispos españoles?

La última visita ad limina del episcopado español arrancó el 13 de diciembre de 2021 y culminó el 28 de enero de 2022. Llegaba con retraso (la anterior había sido en 2014) porque la pandemia obligó a suspender estas citas.

Precisamente por el Covid, se organizó en cuatro grupos por provincias eclesiásticas:

  • 13-18 de diciembre: 24 obispos de Santiago de Compostela, Oviedo, Burgos, Pamplona y Tudela, y Zaragoza.
  • 10-15 de enero: los prelados de Tarragona, Barcelona y Valencia (dos causaron baja por positivo en Covid).
  • 17-22 de enero: 18 obispos de Granada, Sevilla y Mérida-Badajoz.
  • 24-29 de enero: 20 obispos de Toledo, Madrid, Valladolid y el Ordinariato Castrense.

En un principio se temía un choque de trenes que finalmente no llegó. Las audiencias con Francisco superaron las dos horas y media y los obispos las describieron como “clarificadoras” y “sin censuras”. Sobre la mesa: evangelización y secularización, familia y natalidad, jóvenes, migrantes, seminarios, vida consagrada, la España vaciada, el papel de los laicos y, sobre todo, los abusos a menores.

En ese asunto, el presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Juan José Omella, resumió el balance: “Hemos encontrado más iluminación que corrección”. Desde la Secretaría de Estado, el cardenal Pietro Parolin dejó otro encargo, en plena tensión con el Gobierno de coalición: diálogo sin guerras políticas. Apostar por la reconciliación antes que por la batalla cultural.

La próxima cita no tiene fecha pública. Según se apuntó en su momento desde medios eclesiales la siguiente Ad limina de los obispos españoles no está prevista hasta 2027.