Los refranes están cayendo en desuso, pero hay algunos que siguen teniendo espacio en el lenguaje popular. Cada vez que alguien dice “a cada cerdo le llega su San Martín” está hablando, sin saberlo, de un obispo del siglo IV que partió su capa en dos para vestir a un mendigo que tiritaba de frío. La paradoja llama mucho la atención: el santo de la generosidad y la compasión acaba mezclado con una situación de matanza animal. Cómo se llega a esa extraña situación tiene una respuesta menos compleja de lo que se pensaría. Al acercarse el mes de noviembre, en muchos pueblos de Europa existía la costumbre de sacrificar a los cerdos cuando llegaba la festividad de este santo. Y tan popular se hizo la expresión que el Centro Virtual Cervantes lo documenta como uno de los refranes más arraigados del español. Incluso el propio Cervantes lo utilizó en el Quijote.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
La figura de San Martín de Tours y su legado cristiano
Martín nació hacia el año 316 o 317 en Panonia, la actual Hungría. Fue hijo de un tribuno militar y creció en Pavía, donde su padre había recibido tierras. Ambos padres eran paganos, pero el muchacho sintió pronto curiosidad por el cristianismo y ya a los doce años soñaba con retirarse como asceta. No obstante, llegó un edicto imperial que torció sus planes; fue obligado a alistarse y terminó acuartelado en la Galia.
Fue allí, en la futura Francia, cuando hacia el año 335 tuvo lugar el gesto que lo haría inolvidable. Una noche de invierno, mientras hacía la ronda a caballo, se cruzó con un mendigo semidesnudo. Movido por la compasión, se quitó el manto, lo cortó en dos con la espada y entregó una mitad al pobre. La tradición posterior comenzó a transmitir que esa misma noche vio a Jesús en sueños vestido con el trozo de capa que él había regalado al empobrecido. La escena impresionó de tal modo al joven soldado que pidió el bautismo en la Pascua siguiente. Años después, según relató su biógrafo Sulpicio Severo, Martín se negó a seguir combatiendo y dijo una frase que la historia ha mantenido viva: “Soy soldado de Cristo, no me es lícito combatir”.
Más tarde, ya licenciado del ejército, fundó hacia el 361 la Abadía de Ligugé, el primer monasterio de la Galia, e introdujo así el monacato en la región. Más tarde levantaría Marmoutier, a las afueras de Tours.
En el 371, el pueblo de Tours lo eligió obispo casi por sorpresa y contra su voluntad: hubo que atraerlo a la ciudad con una excusa para imponerle después una elección que apenas pudo rechazar. Martín aceptó, pero a su manera, sin renunciar a la vida austera de monje.
Su santidad no nació del martirio de sangre. De hecho, fue el primer santo no mártir, reconocido por su ascesis como un “martirio incruento”. El reconocimiento fue por una vida entera de caridad. Murió en Candes siendo octogenario, en el año 397. Se le celebra el 11 de noviembre, día de su entierro en Tours.
San Martín de Tours según Israhel van Meckenem (1480), relacionado con el significado de a cada cerdo le llega su san Martín
El 11 de noviembre, una fecha marcada por la tradición
La tumba de Martín convirtió a Tours en uno de los grandes destinos de peregrinación de la Edad Media. Sus reliquias llegaron a ser las más prestigiosas de la Galia franca y atraían por igual a peregrinos y a reyes; alrededor del sepulcro creció incluso un próspero barrio comercial que vivía de atender a los visitantes. Pocos santuarios reunían semejante devoción.
Además, el 11 de noviembre no solo marcaba una fiesta religiosa, sino que, en buena parte de Europa, señalaba el fin del año agrícola y el momento en que vencían arriendos y contratos, una especie de fecha bisagra en el calendario campesino.
La tradición popular también asocia los alrededores del 11 de noviembre al “veranillo de San Martín”, ese breve paréntesis de buen tiempo en pleno otoño antes de que se instale el invierno; no en vano la sabiduría popular avisa de que “el verano de San Martín dura tres días“. En España, antes de las consecuencias del cambio climático, el veranillo de San Martín venía a coincidir con la llegada del frío y con el momento de preparar las reservas para los meses duros, especialmente la relacionada con el cerdo.
El origen de “A cada cerdo le llega su San Martín”
En unos tiempos que parecen remotos en esta época acelerada, la matanza del cerdo era el gran acontecimiento social y económico del otoño rural. En los pueblos se cebaba a los cerdos durante el año para sacrificarlos por estas fechas y tener carne a lo largo del invierno; toda la familia participaba, se elaboraban los embutidos y se llenaba la despensa. En antiguas crónicas gastronómicas se describe como un auténtico “holgorio” que reunía a vecinos y parientes.
Ese es, lógicamente, el significado del refrán “a cada cerdo le llega su San Martín“. Así como todos los cerdos acababan sacrificados en torno a la festividad de San Martín de Tours, el dicho popular traslada esa inevitabilidad al comportamiento humano: tarde o temprano, quien ha obrado mal recibe su merecido. El Centro Virtual Cervantes lo define con propiedad: “no queda impune el comportamiento del malvado“. No solo aparece en el Quijote de Cervantes, sino también en el Buscón de Quevedo o en Fortunata y Jacinta de Galdós.
Pero los tiempos cambian. Para muchas generaciones desconectadas de la tradición de la matanza, la palabra cerdo suena a insulto. Hoy día es común encontrar otra variante: “a cada uno le llega su San Martín“.
La paradoja de San Martín
Queda, al final, la paradoja de antes. Martín entregó su capa sin pedir nada a cambio; sin exigir que el mendigo se lo mereciera. Predicó el Evangelio de la gracia, no el de la deuda. El refrán que lleva su nombre dice justo lo contrario, porque habla del castigo que aguarda al enemigo, de un destino y una “justicia” que no perdonan a nadie. Quizás incluso se haya convertido en una adaptación del concepto del karma, tan alejado como está de lo puramente cristiano.
Quizás por todo ello conviene recordar el origen de la expresión. Lo que ha mantenido vivo su recuerdo durante más de mil seiscientos años no es la amenaza, sino el gesto del hombre que se detuvo en mitad del frío a compartir lo que tenía.
