Hace justo siete años, en octubre de 2019, Roma acogía el Sínodo de la Amazonía, después de un camino de escucha que se había abierto dos años antes, cuando Francisco convocó este encuentro eclesial. La apuesta fue realmente inédita. La asamblea se celebraba cuando la Iglesia universal comenzaba a empaparse de la idea de que la ecología integral no era ni un anexo ni una moda, sino un imperativo del ser cristiano. A través de la encíclica ‘Laudato si’’, publicada en 2015, el Papa fallecido ya había puesto el foco en el pulmón de América Latina.
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La apuesta sinodal amazónica ratificaba la urgencia de cuidar la Casa común en esas latitudes y de proteger a quienes la habitan. Se trataba de visibilizar la asfixia a la que están siendo sometidos los pueblos originarios, a la vez que se ponía de manifiesto el compromiso inequívoco que la Iglesia ha mantenido con ellos desde hace décadas. De ello dan fe obispos, sacerdotes, religiosos y laicos que han entregado literalmente la vida, incluso con el martirio, para defender a los más vulnerables.
Fruto de toda esta profecía eclesial, que nace de la contemplación de una Creación amenazada, fue aquel Sínodo, que desembocó en la exhortación apostólica ‘Querida Amazonía’. El clamor de la tierra y de los pobres ya no se circunscribía a un entorno concreto, sino que se convertía en un grito magisterial del sucesor de Pedro y, por tanto, de la Iglesia universal en favor de la justicia social, del bien común y del respeto a la identidad frente a una economía que arrasa y mata.
Este respaldo inequívoco no ha logrado frenar en seco la explotación a la que son sometidos los pueblos originarios y el ecosistema del que son custodios. Sin embargo, sí ha ayudado a apuntalar y legitimar sus reivindicaciones, tanto ante los poderes públicos como ante las multinacionales. ‘Vida Nueva’ ha podido constatarlo a pie de obra a través de los proyectos que Manos Unidas desarrolla en la Amazonía ecuatoriana.
El grano de mostaza
Los recursos con los que cuenta toda la Iglesia para hacer frente a un capitalismo insaciable son una migaja en medio del poder de las grandes corporaciones, que están arrasando la selva a golpe de talonario e impunidad.
Ante este escenario, la parábola del grano de mostaza no es un mero consuelo, sino un impulso certero que permite confiar en que el Reino de Dios se abre paso en medio del chapapote cada vez que se logra apagar uno de esos ‘mecheros’ que queman a cielo abierto el gas natural, cada vez que una comunidad logra salvarse de un exilio programado o cada vez que un líder local se forma para defender los derechos básicos de su pueblo, que no son otra cosa que preservar la dignitas infinita de toda la humanidad.
