“En el principio era el Logos”. El Prólogo del Evangelio según San Juan es uno de los textos más célebres de la tradición cristiana y uno de los fundamentos culturales de Occidente. No porque pertenezca a la fe, sino porque introduce una idea radical: el mundo nace de una palabra. No del caos, ni de la fuerza, ni de la guerra. De una palabra. Una Palabra que se hace carne.
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El término griego Logos aglutina lenguaje, razón, orden y sentido. Es palabra pronunciada y estructura invisible de lo real. Decir que “en el principio era el Logos” significa que el universo no es un accidente mudo, sino algo que puede ser nombrado, pensado e interpretado.
Ya en el Génesis Dios dice: “Hágase la luz”, y la luz aparece. Hablar, en la tradición bíblica, significa dar forma al mundo, hacerlo existir. La teóloga Dorothee Sölle observaba que la palabra bíblica nunca es neutral porque es siempre una palabra que llama, que pone en movimiento y que crea responsabilidad. Por eso el cristianismo atribuye al lenguaje un enorme peso ético. Hablar significa exponerse, construir o herir, custodiar o destruir. Durante los años de la guerra de Vietnam, Sölle y un grupo de amigos inauguraron en Colonia las Politische Nachtgebete, las vigilias de oración política.
Dirigida a alguien
Para el filósofo judío Martin Buber, “al principio está la relación”. Y toda relación nace de una palabra dirigida a alguien. Para el pensador griego Heráclito, el Logos era la ley profunda que mantiene unido el cosmos. Juan recoge estas intuiciones y da un paso más: el Logos no es solo un principio abstracto, sino una presencia viva.
De aquí nace una larga historia cultural, la idea de que el lenguaje posee dignidad moral, de que las palabras pueden construir ciudades, leyes, comunidades y memoria. Incluso la política europea, al menos en sus mejores formas, hereda esta confianza ya que el conflicto se gobierna mediante el diálogo, no únicamente mediante la fuerza.
Hoy vivimos una crisis de la palabra. El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer, asesinado por el nazismo, había intuido el peligro de la degradación del lenguaje. Cuando las palabras se vacían, el pensamiento se debilita. La pérdida del sentido de lo verdadero y lo falso no es solo un problema intelectual: es una condición que hace a las sociedades más vulnerables a la manipulación. La Biblia conoce este riesgo. En el libro de los Proverbios se lee: “La muerte y la vida están en poder de la lengua”. Una frase antiquísima y actual. La palabra puede sanar o destruir, fundar comunidades o incendiarlas.
Aquí vuelve a ser actual el Prólogo de Juan, incluso para quien no cree, y conserva una enorme fuerza cultural. Porque ese texto contiene una pregunta esencial: ¿qué relación hay entre palabra y verdad? ¿Qué sucede con una civilización cuando la palabra deja de crear vínculos y empieza a producir únicamente enemigos?
Hablar por hablar
La respuesta está ante nuestros ojos. El lenguaje público se brutaliza y se vuelve agresivo. Hablamos continuamente y, con frecuencia, hablamos por hablar, pero cada vez decimos menos. Puede que la cuestión no sea religiosa, sino cívica. “En el principio fue la Palabra” no es solo un versículo antiguo. Es un diagnóstico sobre el presente.
Si el problema de nuestro tiempo es la degradación del lenguaje público, resulta inevitable preguntarse qué formas de palabra siguen siendo capaces de crear vínculos en lugar de destrucción. Si la palabra tiene el poder de construir o destruir el mundo, entonces es decisivo preguntarse qué lenguajes consiguen todavía generar vida en lugar de consumo, relación en lugar de enfrentamiento.
Muchas reflexiones contemporáneas han mostrado cómo las palabras de las mujeres –en contextos filosóficos, políticos y culturales– suelen tener un ritmo distinto. No se imponen de la misma manera. Parecen buscar más que afirmar, abrir más que cerrar. A veces se mueven como si el lenguaje necesitara, ante todo, volver a respirar, recuperar la medida, reconstruir un vínculo posible. Y quizá sea en ese gesto más discreto, menos dominado por la voluntad de prevalecer, donde la palabra intenta seguir viva.
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