Hay días en que uno siente que necesita empezar de nuevo, no porque todo esté mal, sino porque algo por dentro pide orden, silencio, verdad.
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El Miércoles de Ceniza no es una costumbre antigua que repetimos por tradición. Es una sacudida suave. Una llamada a lo esencial. Es la Iglesia que, con un gesto sencillo, un poco de ceniza sobre la frente, nos recuerda algo incómodo y profundamente liberador: no somos eternos… pero estamos llamados a lo eterno.
Este año comenzamos la Cuaresma con las palabras del papa León XIV, que todavía están frescas en el corazón. En su mensaje para este tiempo fuerte, nos invita a vivir la Cuaresma no como un ejercicio de tristeza, sino como un camino de regreso. “Volver al corazón”, decía. Volver a ese lugar donde Dios no compite con nadie porque nos conoce desde dentro.
La ceniza no es símbolo de fracaso, es símbolo de verdad que siempre es el punto de partida de la esperanza. La Cuaresma no comienza con exigencias, sino con una pregunta: ¿Dónde estás? ¿En qué punto de tu vida te encuentras hoy?
El Papa ha insistido en algo que me parece profundamente actual: no podemos vivir la fe superficialmente: necesitamos profundidad, interioridad, silencio. En medio de un mundo acelerado, la Cuaresma es una invitación a bajar el ritmo para escuchar lo que normalmente ignoramos.
Ayuno, oración y limosna no son prácticas piadosas del pasado. Son caminos para recuperar el centro: El ayuno nos libera de lo que nos domina. La oración nos devuelve la perspectiva.
La limosna nos saca del egoísmo y nos devuelve al otro. Y todo esto no para sentirnos mejores, sino para vivir más despiertos.
Miércoles de Ceniza. Foto: Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe. Ciudad de México
La ceniza en la frente es visible. Pero la verdadera Cuaresma ocurre en lo invisible: en esa decisión concreta que nadie ve; en ese perdón que cuesta; en esa reconciliación pendiente; en ese hábito que sabemos que nos está robando la paz. La Cuaresma no es una carrera hacia la perfección, sino un camino hacia la autenticidad.
Comienza con una frase fuerte: “Conviértete y cree en el Evangelio”. No es una amenaza sino una invitación. Cree que el Evangelio todavía puede cambiar tu manera de vivir. Cree que Dios no se ha cansado de ti. Cree que empezar de nuevo es posible.
A veces pensamos que convertirnos significa hacer cosas extraordinarias. Pero quizá esta Cuaresma baste con algo más sencillo: dejar de huir de nosotros mismos. Sentarnos en silencio cinco minutos al día. Apagar un poco el ruido. Mirar nuestra vida sin filtros.
El papa León XIV recordaba que el desierto no es ausencia de Dios, sino espacio de encuentro. Y la Cuaresma es exactamente eso: un pequeño desierto en medio del año. No para aislarnos del mundo, sino para regresar a él con el corazón más limpio.
La ceniza nos recuerda que somos frágiles. La Cuaresma nos recuerda que somos amados. Y cuando esas dos verdades se abrazan, nace la esperanza.
Lo que vi esta semana
A los equipos de liturgia de la parroquia preparando lo necesario para iniciar la Cuaresma.
La palabra que me sostiene
“Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación“. (2 Cor 6,2).
En voz baja
Señor, pon ceniza en mi orgullo y fuego en mi esperanza. Que este camino me acerque a Ti… y a los demás.
