José Luis Pinilla
Director del Secretariado de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española

Y el frío hasta dentro de los huesos


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Tubal Padilla, periodista, uno de los 40.906 venezolanos que este año solicitan protección internacional al huir de la crisis escandalosa de su país encaramado en la anarquía creciente (crisis política y económica que siempre pagan los más pobres), encabezaba un grupo que buscaba el calor ante el defensor del Pueblo porque les han convertido en “habitantes de la calle” en vez de ciudadanos.



Reflejo de muchos migrantes y refugiados que estos días, cuando las bajas temperaturas anidan en sus corazones sin abrigo, no solo huyen de su país, sino ahora también del frío. Enredados en otras fronteras. En tierra de nadie. En el metro, arropados con cartones como mantas en los portales, en los cajeros automáticos, en salas especiales de los aeropuertos y escondidos en recovecos de centros comerciales. Y muchos de ellos también desalojados por los que tienen el calor asegurado.

“Me quiero morir”. Son palabras que repiten algunos de los 7.000 niños que habitan el campamento griego de Moria, en la isla de Lesbos, el más grande de Grecia. Y sin defensa. En un centro donde no es raro ver escenas de niños en edad preescolar golpeándose la cabeza contra la pared o arrancándose el pelo o con autolesiones o intentos de suicido.

El descarte

Son cada vez más el numero de menores que se detectan con estas actitudes. Repito: el cielo como techo. La calle, el campo de refugiados, donde el suelo es la nieve y el lecho… Y el frío hasta dentro de los huesos. Porque en el invierno boreal la mayoría de los niños no cuenta con ropa adecuada ni con zapatos para enfrentarse a las bajas temperaturas.

Frío también en Aluche. En el centro de internamiento y en la calle. Frente a la criminalización de los migrantes, un frío o una indiferencia que hiela la sangre, el mismo que produce el descarte. Para combatirlo debajo del puente, frente al supermercado, un grupo de personas protestan, rezan y se manifiestan .

Y en cambio ¡que contraste!, al otro lado del mar, también con el cielo como techo y el camino como hogar esta vez es el calor metiéndose hasta los huesos. “Nos desesperamos por el calor que está afectando demasiado y más que todo es por los niños”, escuché que decía uno de muchos migrantes centroamericanos de la nuevas caravanas por Méjico hacia Estados Unidos. Paran a media mañana cuando el sol calienta – y mucho – para no ahogarse.

Buscando vida

El frío y el calor como enemigos. Y frente a ello la denuncia eterna como la que nos recordaban este sábado frente a los muros del CIE de Aluche: “Hace cinco siglos, Fray Antón de Montesinos, en una vibrante predicación que constituye un hito en la historia de los derechos humanos, espetaba a los encomenderos y autoridades de la isla de La Española estas palabras: ¿Acaso no son seres humanos como nosotros? ¿Acaso no tienen anima racional como la nuestra? ¿O no sienten y padecen como nosotros?… ¿Por qué les tratáis de este inhumano modo, sin compasión ni blandura?… ¿Qué decir de este crudelísimo y aspérrimo cautiverio?” Voz del carismático Josito. Voz al calor de la solidaridad.

O esa otra voz parecida, en el mismo sitio y a la misma hora: “Las personas nos movemos buscando vida”. Lo dice Javi Baeza, que sabe del frio de la calle y del calor de una iglesia : “Ante esto podemos encontrarnos con el horror o con espacios que conforman hogares. La privación de libertad siempre se sitúa al lado del horror. La acogida, el acompañamiento y el encuentro construyen esos espacios que nos dan seguridad, que hacen crecer en humanidad y democracia. Por contra, en el horror se rompen vínculos, se cercenan derechos y se apuesta por el rechazo al otro. Ahí reside la indignidad de los CIE”. Palabras para hacer frente al frio y al hielo del descarte.

Calor y frío. El cielo como techo y como lecho el suelo. ¿Para muchos? Aunque no sea noticia, los migrantes siguen llegando. No nos engañemos, las estadísticas nos pueden hablar de la cantidad de pobres del mundo, “pero los pobres del mundo son muchos más que los muchos que parecen que son”, decía la joven investigadora Catalina Álvarez, amiga Eduardo Galeano. Hay un criterio útil para corregir los cálculos. “Pobres son los que tienen la puerta cerrada”. Haga frío o haga calor. Porque no lo pueden regular. Esto va de desamparo.