Cada vez que el país estalla por un hecho violento, pasa algo predecible y desconcertante al mismo tiempo: nos piden rezar, nos ponemos a rezar… y aún así, la incertidumbre se instala en el ambiente.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Esta incertidumbre no entra con ruido, entra en forma de rumores, de mensajes reenviados, de conversaciones tensas en la mesa y de silencios largos. Unos celebran como si la muerte de alguien fuera justicia automática y otros cuestionan todo, como si nada tuviera sentido.
En medio estamos la mayoría: la gente que solo quiere vivir en paz, trabajar, cuidar a los suyos, salir y regresar sin miedo. La violencia no solo deja víctimas directas sino que deja un clima emocional enrarecido, produciendo psicosis, sospecha y una especie de cansancio moral que se mete en el cuerpo.
Y entonces aparece la frase: ‘Oremos por México’, pero rezar no es un analgésico emocional, tampoco es cerrar los ojos para no ver y mucho menos repetir palabras para tranquilizarnos. Rezar, si es auténtico, es otra cosa. Es permitir que el miedo no se convierta en odio, impidiendo que la rabia nos endurezca. Es decidir que no vamos a celebrar la muerte de nadie, aunque haya sido un criminal. Es negarnos a perder la humanidad en medio del caos, porque lo más peligroso no es solo lo que pasa en las calles, sino lo que empieza a crecer dentro de nosotros.
Cuando la violencia se normaliza, el corazón se acostumbra. ¡Y eso sí es grave! He pensado estos días que, ante hechos así, hay una tentación doble: la indiferencia o la polarización. O me desconecto para no sufrir, o me radicalizo para sentir que tengo control.
Bloqueo realizado por el crimen organizado con vehículos incendiados, en una vía de Guadalajara (México). 22 de febrero. Foto: EFE/ Francisco Guasco
El Evangelio nunca nos empuja hacia esos extremos, sino que nos coloca en un lugar más incómodo: el de la responsabilidad cotidiana. No puedo resolver la geopolítica del crimen organizado, tampoco puedo pacificar regiones enteras, ni puedo controlar lo que decidirán otros, pero sí puedo decidir qué tipo de persona voy a ser en este momento y en este contexto.
En mi entorno concreto, mi comunidad, mi parroquia, mi familia, mi trabajo, puedo hacer algo sencillo y poderoso: cuidar el clima humano. No propagar rumores, ni alimentar el morbo, tampoco compartir mensajes que incendian, sino escuchar más, orar con otros y generar espacios donde la conversación no se vuelva agresión.
La violencia es contagiosa, pero la serenidad también. Quizá lo más revolucionario hoy no sea opinar, sino sostener la esperanza, la cordura y la fe sin ingenuidad. Rezar no cambia mágicamente la realidad, pero sí cambia la calidad del corazón con el que la enfrentamos. Y eso, aunque no haga ruido, transforma más de lo que imaginamos.
México necesita seguridad, justicia y decisiones firmes, pero también necesita hombres y mujeres que no se deshumanicen. En tiempos así, la pregunta no es solo qué va a pasar. La pregunta es: ¿qué va a pasar conmigo? ¿qué va a pasar con nosotros? Ahí empieza todo.
Lo que vi esta semana
Escuché a una persona decir: “Ya ni sé qué sentir”. Y pensé que tal vez lo primero que necesitamos es permiso para reconocer nuestra confusión sin volverla violencia.
La palabra que me sostiene
“Que el Señor te bendiga y te conceda la paz“. (Nm 6,26).
En voz baja
Señor, en medio del ruido y el miedo, guarda mi corazón de la dureza. Hazme sembrador de paz donde me toque estar.
