El Concilio Ecuménico Vaticano II cumplió, el ocho de diciembre del año pasado, sesenta años de su clausura. Mucho se ha dicho que, entre sus principales aportes, y superior incluso a la revolución litúrgica que trajo consigo, habría que poner en primer lugar una nueva manera de concebir a la Iglesia, en especial, en su relación con el mundo.
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De una imagen de Iglesia piramidal, en la que el Papa se encontraba en el vértice y, por lo mismo más cerca de Dios, mientras que los laicos en la base y, por lo tanto, más alejados, se pasó a una circular, en la que todos –papa, obispos, presbíteros, consagrados y laicos- tenemos las mismas posibilidades de acceso.
Esta concepción de Iglesia también cambió su relación con el mundo. De considerarlo como un enemigo -junto al demonio y a la carne- pasó a ser un compañero de viaje, con el que se puede dialogar, compartir y aprender mutuamente.
Este nuevo imaginario teológico-pastoral provocó otro cambio, no menos importante: el significado y el enfoque de la apologética. Y es que de ser una disciplina cuyo objetivo era defender a ultranza la fe, enfatizando verdades como la existencia de Dios, la historicidad de los milagros, la resurrección de Cristo y la autoridad de la Iglesia, con un tono polémico, orientado a la refutación, pasó a preocuparse más por el diálogo, el respeto de la libertad religiosa, el encuentro con las culturas contemporáneas y, sobre todo, la presentación positiva del Evangelio. Más que proteger la fe, se trataba ahora de proclamarla.
Celebro que el papa León XIV se coloque en continuidad con este movimiento conciliar, y quiera asumir esta nueva concepción de la Iglesia, de la apologética y de la misma fe.
Pues resulta que se acaba de reunir con un grupo de escritoras y escritores de todo el mundo, con motivo del centenario de la Librería Editrice Vaticana, la editorial de la Santa Sede fundada en 1926, “para reflexionar sobre la importancia del libro y de la escritura”.
Les dijo Prevost Martínez, poético: “Escribir dice quiénes somos, aquello en lo que creemos y esperamos, el mundo al que tendemos, el futuro que soñamos. No somos nunca dueños de la verdad; es ella, más bien, la que nos conquista”. Y, en el tema que nos ocupa, remató: “Escribir es un acto de verdad, de desvelamiento… y ella (la verdad) no es un territorio que defender, sino un bien que compartir“.
Reconforta este mensaje del papa León XIV: impulsor, echado para adelante, invitando al diálogo y no al monólogo, a la inclusión y no a la exclusión, a la propuesta de la palabra sembradora y no a la violencia del machete cercenador. No necesitamos proteger nuestra verdad, sino solo proclamarla con valentía y respeto. Ya veremos qué tan convincentes somos, con los argumentos que compartamos, pero sobre todo con nuestro testimonio.
Pro-vocación
Y hablando de escribir. ¿Cómo anda su caligrafía? La mía pésima. Reviso mis apuntes académicos de estudiante, ajeno todavía a la cibernética y tenía una letra clarísima, diáfana. Pero a fuerza de utilizar únicamente teclados -de ordenadores, tabletas y móviles-, desde hace tiempo solo garabateo mi firma en documentos oficiales. Necesito regresar al bolígrafo, al lápiz, al colorido marcador sobre el papel, a la libreta de notas, al diario íntimo. ¿Y usted?
