Desde pequeño había pensado que la creación era una cuestión finalizada. El relato bíblico así nos lo parece mostrar. Después del trabajo de seis días del creador, el séptimo día ve que su trabajo ha sido bueno y ya se ha realizado. Esta idea estática de la creación hace años que se sabe que no es real. La tierra está en constante transformación. Los animales han ido cambiando a lo largo de los años, el perfil de las costas también se va modificando a lo largo del tiempo, el curso de los ríos cambia, etc. La creación es una labor inacabada, que está todavía en curso y que nunca acabará del todo.
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Pero Dios ya está descansando, ya no sigue recreando el universo. Para hacerlo nos ha hecho a nosotros, que somos unas criaturas especiales, que tenemos una inteligencia superior a los demás, que estamos hechas a su imagen y semejanza, que tenemos como encargo cuidar y hacer fructificar esta tierra que nos ha sido confiada. Por ello, tenemos un encargo importante, que es el de seguir ayudando a recrear la tierra, a hacerla más habitable, a que siga siendo un regalo para toda la creación, en especial para aquellos que van a seguir viviendo en ella cuando nosotros nos vayamos.
Con frecuencia, sin embargo, hablamos con ese Dios que nos ha creado pidiéndole cosas, queriendo que haga lo que nosotros deseamos, que cumpla nuestros deseos. No dejamos de ser autorreferentes cuando queremos utilizar a Dios para nuestros propios fines. Es difícil darse cuenta de que Dios lo que nos ofrece es lo contrario, que colaboremos con él en la mejora de nuestra creación, que seamos recreadores de la realidad que nos rodea, que mejoremos la sociedad y el mundo. Que es así como nos acercamos a Dios, como realmente nos hacemos más personas (y a la vez más divinos).
Nuestra naturaleza humana, que es imagen de la divina, se perfecciona y alcanza su plenitud cuando colabora con ese Dios que quiere lo mejor para todos. Cooperar con él, ponerse a su disposición, intentar mejorar y construir una creación que sea un regalo para todos, es aquello que nos perfecciona como personas, que nos lleva a alcanzar nuestra plenitud como seres humanos y que nos acerca realmente a la divinidad. Ofrecerle nuestras manos, nuestro corazón, nuestro ser, es la verdadera vocación de nuestra vida y si así lo hacemos, nos liberamos de nuestra autorreferencia para obtener esa vida plena y con sentido a la que todos aspiramos (lo sepamos o no).
Instrumentalizar a Dios
Por eso tantas personas se frustran con una fe que pretende instrumentalizar a Dios en su favor. Cuando quieren utilizarlo para sus propios fines en lugar de ponerse a su disposición para colaborar con Él, la vida comienza a ser un camino de decepciones, de vanos intentos de realizar contratos mercantilistas con un Dios que ya nos lo da y nos lo ha dado todo. Él no nos va a premiar por nada, ya lo ha hecho desde el primer día. Él solo nos ofrece la oportunidad de ayudarle, de que nos divinicemos recreando una realidad donde reine el amor, ofreciéndonos a los demás gratuitamente.
