David Jasso
Provicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

Un año sin Francisco…


Compartir

Ha pasado un año desde que el mundo recibió la noticia que, de algún modo, todos sabíamos que llegaría… pero que nunca se está listo para escuchar. La muerte del papa Francisco no fue solo el final de un pontificado, fue el cierre de una forma de mirar, de sentir y de vivir la fe… que, sin embargo, no se ha ido.



Porque hay ausencias que no desaparecen sino que se transforman, y quizá eso es lo que estamos descubriendo un año después. Francisco no era un Papa de grandes teorías, era un hombre de gestos, de miradas y de silencios que decían más que muchos discursos. Por eso, al recordarlo, no vienen primero sus documentos, aunque fueron muchos y profundos, sino escenas: una plaza bajo la lluvia, una llamada telefónica inesperada, un abrazo a quien nadie quería tocar.

Francisco nos enseñó que la Iglesia no se entiende desde arriba, sino desde abajo, desde la vida concreta, desde las heridas, desde los márgenes. Y eso, con el paso del tiempo, se vuelve más claro, porque ahora, sin su presencia física, queda su pregunta flotando en el aire: ¿Qué hicimos, o qué estamos haciendo, con lo que nos dejó?

Tal vez el mayor riesgo no es olvidarlo, sino domesticarlo, convirtiendo su memoria en frases bonitas, en citas repetidas, en nostalgia… sin permitir que su incomodidad siga haciendo su trabajo en nosotros.

Francisco incomodaba y eso era gracia:

  • Incomodaba cuando hablaba de una Iglesia en salida, porque implicaba moverse.
  • Incomodaba cuando hablaba de los pobres, porque implicaba cambiar prioridades.
  • Incomodaba cuando hablaba de la misericordia, porque implicaba soltar juicios.
Papa Francisco y padre David Jasso

Papa Francisco y padre David Jasso. Foto: David Jasso

Un año después, su legado no se mide en homenajes, sino en decisiones. En parroquias que se abren, en comunidades que se vuelven más humanas, en pastores que huelen más a pueblo que a escritorio y también, hay que decirlo, en resistencias que siguen ahí, recordándonos que la conversión eclesial nunca es automática.

Francisco sembró una manera de ser Iglesia más evangélica, más sencilla, más cercana. Y como toda semilla, no crece de inmediato, sino con tiempo, tierra buena, cuidado… y paciencia. Quizá por eso este primer aniversario no es para cerrar una etapa, sino para profundizarla y para preguntarnos, con honestidad: ¿Dónde sigue vivo Francisco en nuestra Iglesia?, ¿Y dónde todavía no lo hemos dejado entrar?

Porque al final, más que un Papa que pasó, Francisco es un camino que sigue abierto. Y tal vez la mejor manera de recordarlo no es mirar hacia atrás… sino atrevernos a dar un paso hacia adelante.

Lo que vi esta semana

Algunas fotos del recuerdo y de mi encuentro con el papa Francisco.

La palabra que me sostiene

Quiero una Iglesia pobre, para los pobres.

En voz baja

Descansa en paz.