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Jose Fernando Juan
Profesor del Colegio Amorós

Tú eres la respuesta


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Dice Rahner en sus Escritos de Teología XIV, con una forma bellísima: “Para mí y para el mundo soy una pregunta infinita”. Una expresión que recoge y se sitúa en el camino de quienes reconocen la apertura de la persona no solo a lo que hay en el mundo, sino a lo que debe haber en él. La persona es, por tanto, capaz de cuestionarlo todo cuestionándose a sí mismo y convertirse de esta manera en provocación para sí y para otros.

Cuando hablamos de significatividad, de ser llamativos y llamada para otros, ¿no es precisamente esto lo que estamos diciendo? ¿No se trata de, viviendo y hablando, despertar algo en alguien? ¿No es cierto, igualmente, que si se busca por sí mismo se cae en el teatro del espectáculo y la inautenticidad, sin nada que lo sustente detrás?

Nuestra cultura se ha vuelto hacia lo joven con fuerza, haciendo del cambio y la novedad rompedora el paradigma de todo. Parece que es mejor vivir entre preguntas, cuestionando todo, criticando todo. El modelo es el que siempre está buscando y en camino y cuesta decir algo definitivo. Lo que hoy es, puede mañana no ser. Y se escucha con complacencia un “ya veremos en qué termina”.

Por supuesto, somos pregunta. Pero más aún, respuesta. O mejor todavía, nos hacemos pregunta capaz de cuestionar en la medida en que asumimos nuestra condición y vocación de “respuesta”. Somos afirmación sobre lo que vale y no vale en el mundo, sobre lo que es primero, segundo, tercero o insignificante, sobre lo que importa o no importa. El sentido, si está ahí fuera y hay algo en el mundo, no puede ser dicho sin ser vivido en primera persona, sin que el sentido sea algo recibido y propio.

De alguna manera, no tan extraña, nuestra vida comunica si lo primero es la persona o si es el mundo; si la persona que importa es “yo” o alguien más, si por lo tanto hay otro en mi vida y la amplitud del corazón. Y conviene pararse sobre esto una y otra vez, y examinarlo. Porque todo apunta a que, sin ese momento en el que nos hacemos preguntas, nuestra respuesta va siendo progresivamente más limitada, más encerrada en nosotros mismos, más acomodada a lo que hay. Es decir, sin pararse a preguntar dejamos de ser pregunta para nada y para nadie.

Una llamada a la seriedad y la responsabilidad es precisamente recordar(se) esto sin paliativos, sin esconderse demasiado en palabras consoladoras. Kierkergaard, en tres escritos “De una mujer” que acaban de ser traducidos por Nekane Legarreta nos exhorta precisamente a ello. A hacer de una única cosa la preocupación esencial de la vida, porque entonces todas las demás caerán en la irrelevancia. Y a pensar radicalmente que el juicio del amor es el más severo, que cuando, como el cristiano dice, se hace del amor lo primordial, lo primero que se descubre es que se está amando muy poco.