José Luis Pinilla
Director del Secretariado de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española

Tengo sed… en medio del coronavirus


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Han salido a la luz los casos de la situación infrahumana de jornaleros africanos en España que se agrava por la crisis de la pandemia. Conocí de primera mano casos parecidos. Vidas exprimidas hasta el final de la cosecha. Cuando visitando asentamientos de temporeros en el mar de plástico de Almería y agobiado por el calor busqué y pedí agua, solo una fuente de agua (¡solo una y además averiada!) en muchos kilómetros a la redonda para miles de subsaharianos que malvivían atrapados en chabolas de plástico.



Y mi vergüenza recordando aquello, que ahora se agranda hasta esconderme todo lo que puedo y no solo por mi confinamiento obligado sino por decir que soy hombre y hermano, solo se disminuyó entonces un poco al comprobar gestos de solidaridad variados y alguna presencia heroica de Iglesia, pues actúan con muy pocos medios.

El colectivo de Trabajadores Africanos (CTA) dirigió hace poco una solicitud al Ministerio de Sanidad para que garantizara el acceso al agua en varios asentamientos chabolistas de la provincia de Huelva para evitar el riesgo de contagio del COVID-19. Hace tres días, en Lepe, han empezado a llegar cisternas de agua. Mejor tarde que nunca. Pero es una pobre señal y, sobre todo, cuando se sigue poniendo a las personas por debajo de las primacías económicas. Así es. Por eso los pobres se organizan y a esa solicitud le siguió la solicitud de autorización para que fueran los propios colectivos los que ejecutaran las acciones necesarias para garantizar el suministro de agua corriente y potable a los asentamientos, en los que se hacinan personas procedentes de países subsaharianos y magrebíes, principalmente.

Las palabras del relator de la ONU

Y hace un par de días, un nuevo profeta africano, un temporero, ha demandado al Gobierno de España por confinarle en una chabola sin agua ni suministros básicos durante la pandemia. En Huelva hay 49 asentamientos chabolistas sin suministro de agua donde habitan miles de trabajadores temporeros, en su mayoría subsaharianos, durante la campaña de recolección de la fresa donde las condiciones de insalubridad de los asentamientos chabolistas es un hecho conocido por todos. Y denunciado por altavoces cualificados que parece que solo son flor de un día: el pronunciado por Philip Alston, también llevado de la mano de Cáritas, relator especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos de la ONU, cuando dijo que los trabajadores que habitan los asentamientos “viven como animales” y “sus condiciones compiten con las peores que he visto en cualquier parte del mundo” . La desigualdad es tan grande, al menos, como la distancia en kilómetros y dignidad para acceder a un servicio básico como agua. Tan necesario como el aire que respiro.

Con el eco de estas noticias y en el camino de la pascua liberadora se me adelanta el ‘Tengo Sed’ de Jesús y recuerdo las enriquecedoras palabras hechas casi oración que más me han impactado en mi vida al respecto. Y que ante noticias como esta recuerdo y oro. Por ejemplo, la del P. Arrupe en sus comentarios a las Siete palabras de Cristo en la Cruz. Ahí va este recordatorio que probablemente nos haga sentirnos cerca ( ¡más cerca!) de los temporeros sin agua que encabezan mi post de hoy. Al hilo del Salmo 22: “Está seco mi paladar como una teja y y mi lengua pegada a mi garganta”.

un grupo de personas inmigrantes en Almería trabajadores del campo en el mar de plástico

Lo del P. Arrupe: “Nada más actual que esta palabra de Jesús (Tengo Sed) antes de morir. Desde la garganta seca del Señor, que se había quedado sin una gota de sangre, sale un grito áspero que sigue estremeciendo al mundo de hoy. Una sed integral que revela el cuerpo reseco de un hombre terriblemente torturado y el ansia infinita de un Dios que está misteriosamente muriendo y misteriosamente amando nuestro mundo. Ansia de paz, de justicia, de fraternidad. De todo eso que se le niega en la cruz”.

Palabras como esa y otras seis más. Y muchos silencios. Cristo, poco antes de morir. A uno le gustaría que aquello de la primera semana santa hubiera sido una ficción, una obra de teatro, en la que pudieras apagar la luz. Y en la oscuridad, desclavar el cuerpo de Cristo, si es que no me hubieran dejado calmar su sed o curar sus heridas. Me gustaría decir que todo fue mentira e irme a tomar unas copas celebrando lo brillante de la función. Aunque la dramatización de la Pasión –repetida en tanta gente de hoy– esta vez también va a terminar en aplausos. De otro tipo. Los que desde miles de ventanas proclaman la resurrección de Aquel que decía que era fuente de agua viva. Y con él la de todos sus hijos calmando, ¡por fin!, la sed.