La necesidad de tener razón es algo que se intensifica con el tiempo. ¡Tengo que tener razón, leñe! No hablamos de buscar la razón, me refiero a tenerla de antemano, incluso antes de haber reflexionado.
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Decía el papa Francisco que existe “una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma”.
En muchas conversaciones lo que realmente está en juego no es la verdad, sino el lugar que uno ocupa frente al otro. Tener razón es una afirmación personal y el diálogo decae. No, no, es que tengo razón…
La inseguridad interior es, quizá, lo que subyace. También razones de conveniencia, porque hay posiciones que una vez adoptadas resultan difíciles de abandonar por sus consecuencias.
La capacidad de reconocer el error exige una cierta estructura interior. Tiene que ver con la relación que uno mantiene consigo mismo. Si uno necesita tener razón para sostenerse, entonces difícilmente podrá renunciar a ella.
Respuesta indiscutible
En este contexto, aparece la progresiva delegación del pensamiento y esa tendencia a aceptar respuestas sin recorrer el camino que conduce a ellas. La inteligencia artificial, por ejemplo, plantea una cuestión interesante porque puede acostumbrarnos a no pensar. Se sirve la respuesta y se eleva a la categoría de indiscutible.
El papa León dijo al cuerpo diplomático en España que “la verdad es siempre más grande que nosotros”. Con el uso de la IA y los pensamientos preconcebidos, hemos empezado a valorar más la certeza de tener razón que la realidad, la verdad.
