De todos los espacios construidos por el hombre, creo que no hay ninguno tan hermoso como yo. En algunos casos fueron generaciones completas las que trabajaron para levantarme: pegando piedras, tallando esculturas, ensamblando vitrales y pintando frescos para hacerme digna ante los ojos del Señor. Cada rincón mío guarda siglos de esfuerzo, de fe y de belleza.
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Entre mis paredes resuenan demasiadas voces. Dolores y triunfos. Bautizos y funerales. Promesas, despedidas, confesiones, celebraciones y plegarias que alguna vez subieron hasta el corazón de Dios. Si escucharan con atención el eco que habita en mis naves, quizás aprenderían más de una lección sobre la condición humana.
El Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios
Sin embargo, lo más valioso no son mis columnas ni mis tesoros. Lo más precioso es aquello que guardo en mi interior: el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios, resguardados en sagrarios que muchas veces son verdaderas joyas. Todo lo demás es apenas un marco para ese misterio de amor y salvación.
Mi aroma también tiene lo suyo. Tal vez sea la historia de cada feligrés que durante siglos me atravesó. Tal vez sea el incienso, la cera derretida o el hollín de las velas que fueron dejando huellas en mi piel. Lo cierto es que esa mezcla produce una fragancia imposible de imitar, una invitación silenciosa al recogimiento y la oración.
Y qué decir de la música. Cuando tengo la fortuna de ser honrada por un gran órgano, algo en mis muros despierta. Suenan sus tubos y pareciera que el aire aprendiera a rezar. Es como si recogiera suspiros, lágrimas dispersas y alegrías secretas, para devolverlas convertidas en esperanza y paz.
Cada día estoy más sola
Pero no sé para qué me vanaglorio tanto. La verdad es que cada día estoy más sola. Me desgarra el alma ver que tantos han dejado de venir a encontrarse con mi Señor.
Ya casi nadie entra en mis entrañas y, cuando lo hacen, suelen ser viejitos que apenas alcanzan a escuchar el sermón. No tengo nada contra ellos; al contrario, son mis regalones. Son los que permanecen fieles cuando muchos otros se fueron.
Pero extraño las corridas de los niños entre mis bancas, los enamorados escondidos detrás de una columna, los coros familiares cantando a todo pulmón y las conversaciones que continuaban en la puerta después de misa.
Una iglesia cerrada es como un abrazo con llave
En algunos lugares, incluso, me cierran con candados para protegerme. Y, aunque entiendo las razones, no deja de parecerme extraño. Una iglesia cerrada es como un abrazo con llave.
Cada día conversamos de esto con el Señor. Sabemos que el mundo cambió, que existen heridas, desencantos, abusos, distancias y distracciones de toda clase. Sabemos también que muchos se fueron con razones verdaderas y dolores difíciles de nombrar, y ante los cuales solo cabe decir: perdón.
Pero también sabemos que nada de eso ha tocado el amor que Él sigue ofreciendo, silencioso y sin medida. Ese amor permanece intacto, esperando volver a encontrarlos.
Ojalá muchos vuelvan a habitar mis corredores
Ojalá muchos vuelvan a habitar mis corredores, a sentarse en mis bancas y a dejar sus preocupaciones a mis pies. Ojalá regresen antes de que termine convertida en una ruina para turistas o en una fotografía antigua colgada en una pared.
Es que los extraño a todos. A veces me da cierta envidia ver cómo se rebalsan los estadios por ver a una veintena de hombres correr detrás de una pelota. Me pregunto qué imán tendrá ella, qué promesa de pertenencia, qué alegría compartida, que tantos parecen encontrar allí con más facilidad que ante el mismo Dios.
Son raros los seres humanos; no lo sabré yo, que los he visto llorar, prometer, olvidar, volver, arrodillarse y salir de nuevo a la vida llevando dentro una luz que a veces olvidan.
Pero igual les prometo algo que me pidió el Señor: si un día regresan, abriré mis puertas de par en par. Encenderé mil velas, levantaré cánticos de amor, haré repicar mis campanas hasta el cielo y celebraremos juntos la fiesta de quien nunca los abandonó.

