No solo somos seres vivientes, sino llamados a ser seres biblientes. En nuestro mundo desgarrado entre el ruido de los gritos y el silencio del agnosticimo, hay que ser gente de Palabra, seres ‘biblientes’… seres vivientes.
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Una gran tendencia de la cultura es el creciente valor de la palabra. Para la joven poeta alemana Nea Schmidt, hay una escritura subyacente en vida y materia, que une con lo absoluto y eternal. El joven dramaturgo Julio Béjar cree que la palabra permite nombrar lo invisible, y la poeta francesa Lilas Ghandour, reciente Premio Rimbaud, experimenta que las palabras no solo informan, sino que revelan.
Sin embargo, también continúa teniendo un peso enorme en la alta cultura la cuestión del silencio, ausencia y noche de Dios. Lo recordaba la querida escritora Julia Navarro en la presentación del libro ‘Alimentados con pan de lágrimas’ (PPC), del extraordinario biblista Francesco Cocco.
Silencio
Dios nunca calla, pero solo Dios hace y es Silencio. El ser humano y el cosmos somos incapaces de Silencio: se oye el fuelle de nuestra respiración y el latido de la sangre, el roce de las órbitas de astros y átomos, la resonancia del Big Bang. Solo Dios es capaz de Silencio absoluto. Cuando presentimos Silencio absoluto, solo puede ser Dios. No es que Dios no hable en la historia, sino que nuestro ruido aún no oye su Silencio.
En una cultura tan interesada en la relación entre Palabra y Silencio, la Biblia cobra centralidad. La conversación en torno a lo bíblico no pertenece a mesas redondas, sino que sucede en nuestras vidas ordinarias, donde es decisiva la palabra oportuna. La Biblia no es una colección de libros, sino la matriz de todos los libros. La Biblia no son papeles, sino que tiene forma de vida, de cada vida.
